Anticipándose a la aurora se deslizó por las estribaciones menores del Dragón Rojo, quien, acorde a la saga que lo identifica con su propio signo ante los animales andinos que lo circundan, fue un ser de porte mítico que se creía llamado a rivalizar en poder y gloria con su pariente Aleph Dark, pero a la postre devino en un sujeto sin ambiciones terrenales, de esto que prefirió petrificarse y no sufrir las instalaciones fantásticas de los imagólogos.
Dragón Rojo, cuando le llegó la hora de actuar y ser un líder heroico, renunció al sufrimiento que implica vivir luchando y asumió esa pose fotogénica que lo camufló entre las montañas del nudo de Tiopullo, buscando la inmortalidad de lo bello mineral, escogiendo ser una naturaleza inactiva antes que oponerse a la decadencia de los dragones de Gea. Esta suerte derivó del recogimiento de Aleph Dark en la Antártida, donde éste se refugió a rumiar su dolor por la desaparición física de su amadísima consorte, Pangis. Ese doloroso mutis del líder de los guardianes de Gea, trajo el desmadre de sus subordinados, los que fueron absorbidos por las bambalinas que les ofrecieron los bípedos de la era del éxito y la excelencia apostados en cada esquina de las oportunidades.
Los canes no admiran el perfil crestado del dragón que se resignó a petrificarse antes que ceder a la tentación de fundirse con la insaciable masa de los homininos. Pincho husmea en la abundancia de conejos que presume por las señales químicas que le llegan a su olfato desde los aromáticos matorrales de la ceja montañosa; no se ha desayunado todavía con uno de esos vegetarianos, y no lo hará –dado el caso de atrapar uno de ellos- ante el rango visual del súper-alfa; alguna vez atrapó un roedor en las narices de éste, es decir, de eso se convenció a sí mismo, suponiendo que estaba siendo vigilado por el súper-alfa aunque en realidad no haya sido así y el otro andaba distraído en sus especulaciones de hombre. Lo cierto es que no mató al conejo en el acto como era de esperar por su rango canino, sus potentes maseteros lo sostuvieron sin hacerle daño y no sobrevino el sacudón mortal contra la tráquea palpitante del ser capturado. Pincho, como si hubiese sido entrenado para ser un can de cobro en vez del perro pastor que de hecho es, depositó la presa sobre las manos del atónito hombre que de repente tenía el poder de resolver el albur del inerme conejo al que se le escapaba el corazón por los ojos.
Panda sí rastrea, en la esfera leñosa bajo la cresta del Dragón Rojo, con el apetito feroz que le ha despertado el aroma a roedor; ese sabroso perfume que despide la presa ceba el deseo de morder su carne crocante. Si Panda hubiese cazado el conejo que Pincho puso en manos del amo -quien decidió devolverlo intacto a la montaña-, no habría reprimido su instinto de tragárselo escabulléndose por el pajonal; cuando atrapa uno lo engulle sin pedir permiso a nadie. Ella sí gusta de saciar su gana de un vegetariano salvaje; no se inhibe de paladear carne fresca cuando tiene ocasión de hacerlo sobre la marcha, atendiendo el llamado atávico del carnívoro que está lejos de rendir tributo a un capricho, al fin devora lo que le tocaría equilibrar en caso de ser parte de la evolución natural de las especies.
Kantoborgy barrunta que la próxima vez que Pincho le ceda un conejo no podrá soltarlo disimuladamente bajo el pajonal, tendrá que hacer honor al privilegio que se le concede por su máximo rango en la manada, y fagocitarlo sin más trámites, so pena de impulsar una rebelión canina que busque removerlo como el súper-alfa; un jefe de manada que se precie no debe desperdiciar un banquete como el que le brindó la naturaleza. Empero, carece de la dentadura y quijadas potentes de un chacal, y no le nacerá hacerlo por su calidad de amante de todas las formas de vida silvestre que se manifiesta sobre la piel de Gea, así que habrá que tener una coartada para no ser débil ante los canes. Apreciaba la carne de conejo de criadero dentro del menú de la cocina caliente del café Madrilón, dígase el conejo a la belga le viene sustancioso, harto macerado con cerveza y las finas hierbas que ha recomendado el gastrónomo Pompilio Dela Cruz. Se le ocurre que en caso de repetirse la situación engorrosa que propició Pincho, se acogerá a su capacidad de ensimismamiento y no se inmiscuirá en lo que debe resolver el propio cazador; dejará que el can haga uso de sus facultades ancestrales, y si éste atrapa un roedor que le aproveche el desayuno campero.
Distante quedó el ralo bosque de árboles diminutos y de formas hercúleas, asemejándose a un paisaje liliputiense. El vaporoso amanecer se ha disipando y no hay rastro de las lenguas de fuego que lanzó Oriente incendiando la cuenca amazónica, su fulgor se diluyó en el azur eléctrico que ahora sirve de fondo de las altas cumbres. Sus ojos van configurando una pintura de lejanías volcánicas; allá, en las faldas del Sincholagua, distingue algo de las dunas de Krizofilax Equinoccial cargándose de los intensos verdes-pardos que le brinda el rocío. La oblonga calavera del volcán nevado Antisana le saluda enviándole instantáneas de los campamentos que ha montado en su campurosa cumbre. Clavado al norte se perfila el filudo Cotacachi, viringo, ya despojado de sus últimos glaciales. Trepado sobre la línea equinoccial, sobresaliendo del pupo de la Pacha Mana, aparece el volcán Cayambe, asoma límpido, irreconocible con la sonrisa primaveral que le negó hace poco enfundado en el traje del general Invierno Tropical.
¡Hola, hola, taita Cayambe, gracias mil por haberme alojado en tus amplias habitaciones!... Desde aquí Kantoborgy te saluda a la usanza de los caballeros góticos.
Ensaya una suerte de oda telepática a cada uno de esos autosuficientes solitarios, en tanto la mirada sulfúrica del Cíclope se abrió paso entre un cúmulo de nubes para quemarle las espaldas. Cuando regresó a ver atrás contactó con el monstruoso ojo del volcán haciéndole un guiño cómplice, recordándole que se aproxima, “a pasos de Gulliver enamorado”, la cita con las ruinas de Galadriel, su señora, a la que debe y quiere encomendarse antes de partir a lo que podría ser su definitivo reto escalador, en la muralla sur de La Diosa Madre de la Abundancia.
¡Oh!, augusto Cíclope, estamos muy pendientes de nuestras abluciones espirituales en tu seno, allí estaremos arribando con la puntualidad que exige el futuro empeñado al Annapurna. Para eso está adquiriendo el sigilo de un leopardo de las nieves, y no ser detectado por los agentes de enlace nativos que registran los movimientos de los himalayistas, y, tal como lo hizo en el Cayambe, si sale ileso de ahí, también se retirará sin que humano alguno se haya percatado de su expedición.
Para entonces -¡cuán cercano está ese entonces!-, qué portento biomimético le tendrá preparado el Ente Racional, debe de ser algo que lo equipare al solitario devenir del leopardo de las nieves, algo que se asemeje a la doble y única piel… ¿Será que el Ente Racional está trabajando secretamente -¡vaya novedad!-, con sus secuaces de la biociencia, en hacer realidad su más caro sueño: estrenar la doble y única piel de Kantoborgy?...
Desde la aparición del Ente Racional -y sus intangibles secuaces- ha venido inmerso en una sucesión de fenómenos, pues, las invenciones que le han sido entregadas por esa eminencia que nunca ha visto, ni verá, de cuerpo presente, parecen frutos de su propia creación de hombre sumergido en los misterios de Gea. El equipo y víveres encapsulados que le es remitido -como si se tratase de un entrenamiento para una expedición a Encélado, la luna de Saturno que potencialmente ofrecería el menú de la vida- son confeccionados al son de sus ambiciones góticas, las que lo rescatan de un porvenir humano reducido a fuegos fatuos. Los portentos que el profesor Duvolosky reivindica para sí de seres alienígenas, él, Kantoborgy, los ha conseguido en tierra y mediante terrícolas como el Ente Racional y su equipo de la biociencia. Deduce que lo que ante sí se está negando el bonachón ufólogo es la capacidad de asombro inmanente a un vividor, si éste pudiera relacionar que el milagro de una biosfera prístina se encierra en el hecho de que no ha sido levantada por el ser humano, no buscaría en ello la utilidad que el individuo positivista urge a costa de la perdición de su alma, tomaría conciencia de que tiene un mundo que puede descubrirlo como si fuese él, Duvolosky, un alienígena maravillado, un espacial animado con lo que empieza a manifestarse al despertar de sus sentidos en tierra.
Atisba en las líneas poligonales del soleado Dragón Rojo, quien le enseña los cuernos azabaches contrastando con su rostro sanguíneo, marmoleado, esculpido en la edad que escogió para ser un bello paisaje y con ello evadir la lucha por la perfección evolutiva de su especie. Atendiendo a la saga que se transmite a través de las ondas largas de radio Marañón, Dragón Rojo, se inhibió de cuidar los pensiles de Gea bajo la disculpa de que los preservaría en su intimidad de piedra, cerrando los ojos a la degradación de “los cinco grandes” que apenas se vieron dispensados de la disciplina de Aleph Dark se entregaron al festín de los imagólogos, practicando la más vil de las utilidades, convirtiéndose así en meros engranajes de la comparsa del éxito y la excelencia. Viendo desde esa perspectiva la cosa, parece que Dragón Rojo hizo lo que le convenía en la coyuntura de ayer, siendo que si él no se sentía capaz de enfrenar a “los cinco grandes fonomímicos” –como los menta Olegario Castro- hubiese caído también en la estupidación, podría decirse que su debilidad lo salvó de ser parte de los noticieros de la carroña.
“Si alguien quiere servirse del menú devastación espiritual y desolación terrenal, favor diríjase a las muchedumbres parlantes de la posmodernidad”, rezaría un aviso en la biblioteca virtual del mañana. ¿Cuál mañana? El mañana que consagre el amanecer de los jardines volcánicos; el que haya dado viada a los aromas de bosques añejos y a los sonidos de riachuelo conduciéndose al río-mar; el de una aurora de cañadas recónditas haciendo el festín de conejos y lobos, y en el fondo de ese cuadro asir la piel rugosa del animal que se petrificó en aras de no contaminarse como los predichos dragones. El mañana de los santuarios del planeta donde penderá un consejo fundamental que no se podrá pasar por alto: Caminante, ocúpate de lo tuyo fuera del rango sensorial de un otro visitante.
Dragón Rojo luce soberbio, se muestra satisfecho, como si guardase en las entrañas de su mole maciza el tesoro de su linaje millonario; los ojos llameantes del reptil se embriagan con el florecimiento del valle a sus pies, ven donde las espinudas bromelias terrestres del género Puya, las achupallas, retozan. Kantoborgy siente placer a través de su piel conectándose con la roca cimera que se fue calentado con el sol ecuatorial, la cara oriental del animal andino se nutre con las vitaminas que la llenan de rubor matinal. Ya inicia el primer largo de escalada libre, la que vino a ejecutar sin más peso que el de su cuerpo y con las únicas herramientas que porta para su ejercicio andinista: sus pies y manos evolucionadas. En adelante no podrá desconcentrarse en la pared que hace la diferencia de una salida de engorde con el ascendente Lovochancho y el descendente Lester González.
Él vino a hacer contacto aéreo con el rubicundo Dragón de piedra, no acudió a éste con pretensiones de practicar hazañas, sin embargo es una roca que se presta para que el escalador brinde su máximo nivel en el mundo vertical. Podría decir que la cosa se le presenta fácil, la piel del monstruo está seca y prensil, el aire está tibio y no corre viento, pero igual lo sencillo trae consigo un riesgo mortal, sus únicos seguros son los que ancla su mente en la pared que le ofrece sus presas. Si cae, con la suerte a favor del hombre que no sucumbió ante lo útil, perecerá en el acto; si queda malherido, con el hálito de cordura sobrante en el pensador, podrá ingerir el calmante definitivo que porta en el diminuto bolsillo de su calentador, junto a las cápsulas del buen beber y yantar… ¿Qué sorpresa le deparará el menú gastronómico del día? ¿Acaso se despachará con un conejo a la belga?
Los canes se entregaron a los pequeños placeres de la nariz, rastrean bajo el designio de Diana Cazadora. Mientras el extrañó súper-alfa ya trepa por el muro olvidándose de la manada, pues, para éste, lo inaccesible de la montaña se convierte en su apuesta por lo primordial. Durante el lapso que el hombre terrestre deja de serlo para encarnar al hombre aéreo, ellos, los canis familiaris también pueden abandonar la domesticación para ser canis lupus devueltos a su hábitat. Tal vez, al recuperar el gusto de pasar sangre fresca de roedor por sus fauces, imaginen que van a formar una nueva especie salvaje, lobos de pelaje negro matizado con manchas de fuego en la máscara y cuello leonado. Y en las faldas del Dragón Rojo vendrían a residir unos canes híbridos que con el correr de los años le darían la bienvenida a Lovochancho, quien reconocería el fenotipo de Panda y Pincho en sus retoños rústicos.
Arriba, topándose con la nariz sulfurosa del Dragón Rojo, el escalador sabe que no hay opción a descolgarse; su mente y sus sentidos trabajan verticalmente, el problema tiene una solución y es hacia el cielo abierto, hasta dar con los cuernos del fenómeno y luego encontrar un descenso ecuánime al valle por el filo norte. No regresó a ver más al florido rellano donde reposa la idea de un almuerzo apetitoso tras haber hecho lo suficiente para estar hambriento. Tampoco volvió sus ojos al valle en el que los canes se zambulleron para esparcir a discreción sus feromonas. Su inmediato futuro es la cumbre, y a éste viene determinándolo en el presente con la fuerza sustentadora de sus pies y el agarre preciso de sus manos; sus dedos son la sensibilidad que se funde a la roca haciendo que de ella brote música, así como un genio de la guitarra se compenetra en ella al hacer contacto dactilar con sus turgentes cuerdas. Aquí empata con el duende de la guitarra flamenca del maestro José Miguel, cuando en las ondas de radio Marañón envía sus creaciones al espacio sideral, viajando a la ingravidez de los confines del universo.
Juan Arias Bermeo
ref: lovochancho.com
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