Kantoborgy exuda copiosamente en el vórtice vaporoso de la caldera del inactivo volcán Pasochoa, imágenes lúdicas se suceden con la sensación de estar fundiéndose a un tiempo remoto. Acá vino sin sus canes por lo intrincado de este abismo verde, ellos no disfrutarían de bucear bajo esta red de túneles que ha formado el bosque primario andino, son lobos que gustan de trotar en campuroso pajonal.
Aquí está refocilándose en soledad. Se comunicó con Lovochancho para invitarlo a que disfrute del buceo arbóreo, aquél se excusó aludiendo no sé qué asunto del perineo que tenía pendiente con su Adelaida Matute; no le dijo exactamente eso, pero este rato le da por suponer tal cosa y levantar interpretaciones de índole hormonal del otro. Lo cierto es que sospecha que el tal se está reservando para una expedición lovochancheana a lo ignoto; sea lo que sea, algo fuerte viene cocinándose en la sustancia gris del matemático guangopolero. Por otro lado, a Lester González, no lo llamó por que éste debe tomar la iniciativa de ir a la montaña y comunicarse con el cuartel del gótico para seguir practicando su vitalismo descendente ya que decidió no subir y encontró lo suyo bajando. Y Lester ha entendido tal disposición a cabalidad, o lo mueve su voluntad de airease en la montaña o nada fuera de su personalidad lo impulsará a hacerlo. ¿Cuánto ha crecido Lester González en estos miércoles? ¡Inmedible, inmedible, cholito! Le ha sorprendido, no su capacidad de sufrir hacía arriba porque continúa subiendo en ascensor a sus oficinas del edificio Ecuainforme S. A., sino que éste puede todavía perderse en un arroyo de páramo y disfrutar como un niño de él. Así este recuperado Lester, con la debida antelación, como ya es su uso tratándose de las salidas de engorde de los miércoles, se conectó enviando un alegre mensaje –por duplicado- a su correo electrónico, avisándole que lamentaba no poder unirse a la próxima excursión debido a un compromiso ineludible.
¿Qué, se nos casa el soltero más codiciado del mundillo tecnolátrico equinoccial?... No, el ejecutivo se fue a un viaje de placer playero a una isla privada del caribe, partió a por esas soledades de arena blanca y cocoteros, a una biosfera que predispone para el amor salvaje, ¿con su Nefertiti? Sí pues, a falta de una Galadriel se ha inventado una Nefertiti; aprovechado nos vino el muchachito… Bueno hubiese sido que haga una expedición de a uno, a lo largo de la felicidad interna bruta de Bután, para tenerle envidia; pero esos trotes medio venenosos en la arena blanca de Sodoma y Gomorra, son un pasaje a la indigestión del cuerpo que no le entallaría nada a él, Kantoborgy, que se halla a las puertas de su peregrinación a las ruinas de Galadriel. En todo caso esto es calibrar lúbricamente las palabras del ejecutivo de Ecuainforme S. A., éste lo que dijo es que se iba al azur caribe a realizar unos postergados “ejercicios espirituales”, y a hacer eso mismo debió haberse ido allá. La tergiversación de lo que significa para una alma mística el cometer ejercicios espirituales, viene de la época del colegio bernardino, fue el Aqueronte quien se dio a usar lo de “ejercicios espirituales” para referirse a una cita con una bacante o con cualquier suerte de goce carnal, siendo un adelantado en la conquista de lo erógeno. Los otros cinco (Kantoborgy, Lovochancho, Lester González, M. Puertas y el jabalí Muñoz), del grupo de los seis, acogieron tal acepción morbosa de “ejercicios espirituales” para entablar una especie de competencia interna en inventar acciones libidinosas, a ver si le hacían calor en ello al Aqueronte, siendo el jabalí Muñoz el más vivo para fabular atlética sexualidad y, el más torpe, resultaba Lester González que no se apuraba por imaginar obscenidades.
El Aqueronte se cuajaba de risa ante el intento de los adolescentes bernardinos por igualar su talante de “macho endemoniado”, pues, él era el único de éstos que había entrado en mujer desde los catorce años; su imaginación lúbrica se desarrolló a partir de que “la señora bonita de la Tebaida” lo zarandeó temprano, y esto lo inicio en el arte de seducir con sus ojazos de demonio y remitirse a la frase que tanto le iba de don Juan Tenorio, ¡qué largo me lo fiáis…! De ello que, el joven sátiro de Loxa, se exoneró de atender el triste habitáculo de una meretriz de burdel económico, tal cual lo hicieron los otros cinco cogiendo turnos para descocarse, aunque sea a la fuerza como sucedió con Lester que se sacrificó en aras de la socialización de la entrepierna. “Ustedes, ¡muchachos!, lo que son es cabareteros, nada saben de arte erótico con mujeres, mujeres crujientes…”, se jactaba el Aqueronte ufanándose de su suerte en la carnalidad que entonces confundía con el amor de carne y hueso.
Está tan cerca del bufido de los mastodontes de metal que ruedan desaforados por la vía panamericana, y tan lejos de su hedor industrial. Se ha propuesto vagar por el medio de la mancha de bosque primario andino que trepa hasta la dentada cumbre de la montaña que sirve bien a su día de esparcimiento. Esta escapada a su rigurosa preparación para emprender en su próxima tarea de porte infernal, himaláyico, le sienta a su salud, es como someterse a una sesión de baño turco para eliminar toxinas. Sobre los picos ecuatoriales ha venido haciendo progresiones, cargando el peso de su obsesión hacia arriba se sometió al duro trajín que le impone ser libre para la acción que implica peligro mortal. El doctor M. Puertas, como es su irrenunciable costumbre, quiso otra vez ayudarle con un programa científico de entrenamiento para rendir al máximo en la zona de la muerte. Asimismo, el escalador, de nuevo, le agradeció sus buenas intenciones y se negó a recibir ese favor como viene siendo su inveterada norma cuando alguien quiere meterse en la espontaneidad de su oficio; se excusó con el ex compañero bernardino a su manera: “Mejor, amigo Puertas, hazme un plan para rendir al mínimo en las alturas; si rindo al máximo no llego a donde quiero llegar, es decir, a la vía que sólo yo debo abrirla sin que haya huella alguna de otro bípedo ascensionista”.
M. Puertas se embarnece con el montañero y toma nota mental de lo que éste le brinda de sus hazañas, aunque sean migajas verbales. Ya hecho a la idea de que jamás va a ser el médico deportólogo de Kantoborgy, se ha llenado de fama interpretando sus tráfagos en los montes Himalayas, lo que desembocó en la obra que le ha dado satisfacciones personales, ganancias morales y monetarias, La psicología de Kantoborgy en la zona de la muerte. M. Puertas, reconoce que su libro cumbre “cada vez es más una ficción psicológica, menos científica y más vitalista, menos deportóloga y más existencialista… Es una obra viva que corrijo, aumento o disminuyo, como me plazca”. El doctor Puertas no es perezoso en esto, le fascina la idea de poder modificar a su albedrío La psicología de K…, puesto que cada vez que se entrevista con éste le provee de una información extraordinaria, deforme y oscura como en los sueños de ojos abiertos de un artista. Por eso el deportólogo le suele decir al gótico, “eres una mina de diamante en bruto”, y que si no fuese su amigo, y si no pudiera figurar de boca para afuera, ante la opinión pública, como su médico de cabecera -porque así lo deja pasar Kantoborgy, sin pedirle un billete a cambio de lo que le entrega con sus relatos parciales de lo que arriba experimentó-, le pagaría por escucharle en su próspero consultorio. Eso sólo le comenta al mago de los Himalayas a manera de chiste, pues si éste le cobrase por contarle de un tirón sus expediciones, se vendría abajo la leyenda invalorable de Kantoborgy; una vez que la saga del montañero tuviese precio perdería su poder original.
M. Puertas tiene que contentarse con recibir chispazos de las vivencias del escalador, pero le bastan esas ráfagas de sensaciones que le llegan vírgenes a la mente del ascensionista en reposo, son como instantáneas recién salidas del horno; el vino noble y añejo que brinda el deportólogo lo quitan de la aversión de rebuscar en lo hecho dando pie a la recreación natural. No sería Kantoborgy si su espontaneidad hacia arriba se transformaría en verborrea a sueldo hacía abajo; éste no admite ser como un soufflé que habiendo estado a punto de boca, rebosante de salud, se desinfla perdiendo toda su delicadeza y voluptuosidad, quedando chato e inapetente como un volcán activo que se redujo a una loma inerte.
Kantoborgy no numera las aristas y lomos agrestes de los animales andinos, ni las paredes que atacó en los nevados, esa roca y hielo que se prestaron para enfocarse en su quién sabe último viaje a la zona de la muerte. Todo este entrenamiento intuitivo es para obtener la fuerza muscular, y sobre todo mental, a la hora de la verdad última, a propósito de la conjunción materia y espíritu que requiere su proyecto libérrimo en los desniveles de la locura. Más allá de que el equipo que le proporciona el Ente Racional lo impele a servirse de posibilidades psicofisiológicas que el profesor Duvolosky las catalogaría como circunstancias de un ser que vive un orden alienígena, el gótico sólo está escogiendo de lo posible en este mundo, en el único mundo a su alcance y objeto de su albedrío.
Toc, toc… ¿Quién eres?... ¡Soy yo!... Adelante, muchachito, ponte cómodo, sírvete tú mismo de mi mundo que gira en el eje de mi predeterminación, aquí estoy sudando este bosque nutrido por el canto de arrendajos y el abrazo de retorcidos pantzas. ¿Calorcito, no? Sí, place está vaporosa calidez. Estamos buceando en los recovecos de musgo; somos un gasterópodo al compás del himno de la alegría de los góticos, ésta es la versión del minuto de tragaluz que nos concedemos. En radical soledad, obviando a la masa humana que corre impertérrita en la red vial de los que no se desvían de su destino panamericano; presta atención, aquellos, merced a su sentido del deber-pasatiempo no se distraen como los buscadores del árbol de la ciencia, para qué si la tecnología rueda con éstos de la mañana a la noche. Piii, piiii, piiiii…, se saludan entre sí los engranajes, se distinguen por doquier que se traslade la vulgaridad en dos pies. La masa hace fila en el bazar de las novedades minúsculas, respira con deleite el aire saturado de la igualdad automática, y se canta a sí misma dentro de los templos para ejercer su propia adoración: Somos masa penetrante, nadie nos contiene, mientras seamos útiles, Dios mediante…
Lindo sería plantarle un juicio a La Masa, con mayúsculas. ¿Y cómo funcionaría eso? Buena cuestión, por eso de que los animales puros no se preguntan siendo esto una prerrogativa del hombre viendo, oliendo, oyendo, etcétera…, parecido a lo que andamos haciendo en esta mañana de relajamiento que nos recomendó Olegario Castro. Hay que darle sudor palpitante al individuo para que se haga pensamiento constante, y permanezca alerta, en tensión creativa. Hay que mantener saludable distancia con lo grosero a cuenta de las montañas, apartarse de La Masa que se apoltrona en el tren-bala y no sufre los segundos que respira andando porque se ha convencido de que eso no es moverse, y le es normal ir hecho bala sin poder disfrutar del mundo pausado de la animalidad. Imagina este anuncio de estreno, “Kantoborgy versus La Masa”, pegado en el cartel del teatro Sólo para locos divinos o en la cartelera del otro teatro que llena los sentidos del marmota, Elogio a la estulticia creativa.
¡Oh respirar, oh sobredosis de oxígeno, dentro del túnel de este benjamín de los volcanes apagados! Es como deambular en un vasto sudorífero donde eliminas toxinas y te nutres de aire epifito, esto, siguiendo la recomendación de su maestro de la altitud, quien logró combinar el horror vacui de la milla histórica de la capital con la fascinación boyante de la nave futurista anclada en El Panecillo. “Debes inflarte de los aires selváticos de Gea para que mañana puedas resistir el abrazo constrictor del nocturno Annapurna. Llénate de esos perfumes que emanan de las intimidades de la tierra húmeda, son indispensables para tolerar el dolor de tus mortales limitaciones. Y que después de bajarte del fenómeno puedas relatarnos pasajes vivos de tu viaje, como invitado de luces en las ondas largas de Marañón, y proclames con el acento del gurú del reino del séptimo nivel: Yo, de esas paredes ciclópeas, de esos filos demenciales, no me olvidaré porque se asoman de improviso...”. Así habla el daltónico Olegario Castro.
En este túnel no se trata de ganar altura, sino de deslizarse a semejanza de los gasterópodos, y hacer una variante de gimnasia china entre la intrincada red de caprichosos árboles de Polylepis. Sí que es un bosque para enredarse con las humedades de la intimidad de Gea, y dejar que los fluidos de su matriz me carguen de savia. Cierto, aquí, Lovochancho, no dudaría en extraviar la razón del matemático y volcarse en la sensualidad de la gran hembra. Va abriéndose paso a ninguna parte entre la luz sedante que se filtra por las claraboyas del bosque, embebido en los matices encarnados de serpenteantes brazos de papel que se entrelazan para afirmarse con un piso deleznable, arcilloso. Ya quiere darle un rumbo de vértigo a su excursión de engorde, por esa necesidad de exponerse en diedros al borde del máximo grado de dificultad escaladora, donde sólo tiene sentidos e inteligencia para resolver el problema inmediato que tiene entre manos y pies. Los dedos de sus manos son herramientas de precisión fundamentales para sufrir a tope la posibilidad que lo impele a un espacio y tiempo gélido, criminal: el riesgo de caer que implica su apuesta escaladora. Empero, toda esa inhospitalidad mortal, es lo que no vino a suscitar bajo esta bonancible jornada de túnel vegetal. Su propuesta es relajarse haciendo la horizontal de la caldera volcánica hirviendo en individuos vegetales, sebáceos, plagados de vida aérea. ¡Oh savia del abismo verde! Apenas reconoce de vista a la mayoría de plantas que se suceden en la fragante selva, carece del lenguaje botánico, no sabe los nombres griegos de las orquídeas como Tomás Vanbeberen, pero le basta admirarlas con detenimiento, hoy se da el tiempo para identificarlas a su antojo. A una tal -que parece gotear sangre fresca- le acaba de dar el nombre que se le antoja le calza por su belleza: Electra.
Si Lovochancho lo pillara avanzando en la espesura a esta velocidad de gasterópodo enamorado, se quedaría pasmado del gusto observando su actitud contemplativa. Sí, sólo sé que tengo al frente una palma de cera, y atrás quedó el árbol del ahorcado del cual cuelgan bromeliáceas sobre un lecho musgoso. Mil metros más arriba se halla el peñón de la infancia, niñez y adolescencia, de Albertina. La última vez que ascendió por esa ruta sagrada se empacó a la usanza de Lovochancho y no quiso hollar la cumbre, encantándose con el vaivén alado de una Albertina experta en aprovechar las corrientes de aire cálidas para ascender y planear con el mínimo esfuerzo, fue un espectáculo digno de los dioses de la altitud. Aquella sobria Albertina, dominando los cielos del Pasochoa, ya no era la joven de tiempo nublado que halló inerme al filo del barranco, decidida a botarse al vacío si él traspasaba el círculo de seguridad que había impuesto, cuando daba saltitos desplegando sus alas a ver si el viento la ponía a volar sobre el abismo verde.
Cavila que apenas puede avanzar por la espesura que esboza el claroscuro de una selva en apariencia inconmensurable, y eso que lo que tiene alrededor apenas suman unas cuantas hectáreas de bosque primario andino frente al megatransecto ejecutado por Michael Fay, el hombre que realizó una travesía de dos mil kilómetros por el abismo verde del África Central, hasta dar con los hipopótamos que surfeaban en las playas de Gabón. Tal vez le apetecería experimentar con algo así en el futuro, cuando se baje de los riscos y tenga ganas de ser un megatransecto en suelo tropical amazónico. Para el cambio a una travesía de largo aliento en el mundo horizontal de la Amazonía, deberá ocurrirle algo parecido a lo que lo impulsó a ascender las catedrales góticas de Gea, tener una imperiosa necesidad de vivir el bosque tropical, húmedo y lluvioso. Cada vez “el equipo”, que le entrega el Ente Racional, se ajusta más a lo biomimético, y las limitaciones que tiene en la intemperie criminal de la altitud se achican no sólo por ese envión sino porque su mente también lo quiere así; es decir, no sabe ya dónde está la frontera entre lo que da “el equipo” que provee su mecenas y lo que da la voluntad creadora del vividor. Para convertirse en megatransecto tiene que sobrevivir a lo que podría ser su última tarea dentro de los montes Himalayas, montañas aún románticas para los que no buscan en su seno la bambalina que refulge, esos trofeos para alimentar el culto de las masas hacia los ciudadanos ejemplares a golpe de efectos especiales: el octavo grado de la vanidad trepadora. Tal vez, mañana, también se le antoje saciarse de horizontes índigos haciendo la travesía de la Antártida, y llegar al colmo de la nada, el no-deseo helado que conquistaron privilegiados caminantes de ese continente virgen. Entretanto echa a volar su Yo-creo por estos perfumados parajes para desconectarse con el futuro.
Juan Arias Bermeo
ref:lovochancho.com
tags: Abismo+verde,, De+montañas+hombres+canes,, Juan+Arias+Bermeo,, Literatura+inédita













