El juez Capito se apoderó del estrado campestre, montado sobre un altillo sombreado por membrillos silvestres; su figura rechoncha pero arreglándose para lucir atlética despide una vitalidad bucólica que infunde confianza y respeto: rostro rubicundo, oval, bien rasurado, compactado en las quijadas por prominentes maseteros; ojos refulgentes de mono pensante y oso andino alerta a la vez –el derecho azul mediterráneo y el izquierdo negro azabache-; labios carmesí, medianamente gruesos y bien dibujados bajo una nariz ñata; pelo lacio repartido entre un gris otoñal y un café de primavera, cayéndole sobre la frente ancha; en fin, todo él gracioso aunque temible, despidiendo un fresco aire de príncipe greco-romano bajo la edad de los conquistadores. El juez Capito, apoltronado en su trono, husmea con saludable animalidad el ambiente aromatizado por fanerógamas de bosque primario andino, antes de que los olores cosméticos de la humanidad lo apuren a abrir el proceso. Concurrió al punto de reunión con la confidencia que le presta su amplia experiencia internacional en juzgamientos de este tipo, pues, una vez que dicta su veredicto éste es inapelable no existiendo otras instancias superiores a su preclaro juicio. De esto están conformes las partes en litigio y voluntariamente los contrincantes se han acogido al juzgamiento del juez Capito, asimismo se someterán sin atenuantes a su incuestionable veredicto.
JUEZ CAPITO (con la dignidad que le da su rango se levanta de su trono para dar empiezo al juicio con carácter inmediato y definitivo –como es su sana costumbre, con suficiente antelación a la hora del almuerzo emitirá su dictamen-, al que se denominó, Kantoborgy versus La Masa. Su voz viril marca el compás con el alado amanecer que le presidió): Estamos encantados de estar por primer vez en vuestra patria, y muy agradecidos por haber sido invitados a juzgar en vuestro país y sobretodo gozar de estas magníficas ondulaciones serranas. Primero he respirado a gusto estos benignos aires de bosques originales, oxígeno templado de tierras altas atravesadas por la línea equinoccial. ¡Cómo disfruto de los trópicos con refrigeración propia! Aprovecho la coyuntura para hacer mis ejercicios de lengua pertinentes a los buenos días, caso contrario, más tarde, avanzando en la mañana, podría sufrir calambres dialécticos… ¡ustedes me entienden! (Aspirando el oxígeno que le es posible aspirar, abriendo su boca osuna en toda la extensión que le permiten sus quijadas dominantes, procede a estirar hacía afuera su grande lengua ecléctica; su cuerpo regordete, pero de una movilidad de contorsionista, hace flecos provocando la admiración de La Masa y su masa. Conteniendo la respiración largos segundos se mantiene en tensión dinámica, cerrando los puños y con la lengua al aire, que extendida a su máxima capacidad le llega a la altura del mentón. En una suerte de caricatura fisicoculturista viene congestionando los músculos del rostro rubicundo, igual mantiene en tensión los músculos de los brazos, espalda, pecho y vientre, y por inercia los que accionan el dedo gordo del pie. Repite tres veces el mismo ritual hasta caer fortificado sobre su trono.) ¡Por Cristo, por Cristo, chavalillos, qué bien me sientan estos estiramientos, a todo pulmón, a toda lengua! Una cosa nomás les exijo: estar ALERTA -así con mayúsculas-, pues no vuelvo a repetir mis instrucciones. Para los que no conocéis mi estilo de hablar les digo que practico un español versátil, a veces ibérico a veces latinoamericano (con la vastedad frondosa que ello implica), o si me da ganas hago una mezcla intercontinental, así que vosotros podéis acomodaros a mi lenguaje como más os plazca y que la academia se sirva cuatro higas gordas en mi nombre. Como veis calzo, visto y me comunico, a lo informal, sin que por ello me pese la lengua al momento de dirimir en lo que corresponde a mí sagrada tarea. Así que vamos iniciando el litigio por daños a su personalidad que el señor Kantoborgy, a mi derecha, le plantó a La Masa, a mi izquierda, fuera alusiones de corte político puesto que aquí no hay alas -o bancadas- ni de izquierdas ni de derechas. Vamos, jóvenes, estáis en libertad de lanzaros mutuamente los dardos de vuestra elocuencia; no está demás deciros que no toleraré en este campo alegre dicterios de burdel o de asambleístas, tampoco se permitirán testimonios parlantes de animales puros tales como chimpancés, perros, ballenas, jabalís, hipopótamos, rinocerontes, lobos, chanchos y el largo etcétera zoológico por más que sirvan para las mil y una reencarnaciones orientales. Igual no podrán intervenir seres míticos como la Yacu-Mama o los Dragones de Gea y otros que alimentan el mito y la magia de cada quien. Asimismo, peor aún, bajo ninguna circunstancia se admitirá que cosas hagan uso de la palabra, podrá ser el artilugio más querido de los hombres que intervengan a favor o en contra de La Masa o Kantoborgy, pero de ese chisme que adoran no quiero oír ni un silbido, la persona que desacate esta orden será expulsada, ipsofacto, de este campo divino. Procedan a vuestro albedrío…, os digo que sé escuchar y en consecuencia de lo que conviene al esclarecimiento de mi juicio actuaré. ¿Entendieron?... Sí, qué bueno porque ya os dije que no repito así como los segundos tampoco se repiten… Entonces, procedan a echar una moneda al aire para ver quién arranca primero… ¿Estamos listos?... ¡Qué agenciosos!... A ti, La Masa, te tocó arrancar… Venga, enhorabuena, una vez que termines de hablar le cederás la palabra a tu contrario con un cortés “prosiga usted” acompañado del respectivo mimo o pasando de esto último. Lo de “prosiga usted” es un ejemplo de las buenas formas que deben imperar en este juicio, se podrán usar sucedáneos del mismo calibre y corte respetuoso para con la contraparte; también se permitirá echar mano al respectivo lenguaje corporal del “prosiga usted”, libre de palabras, en tanto no haya de por medio señas ofensivas. De hecho yo juzgaré si procede o no vuestro discurso y su carga gesticular. Pueden, como es la costumbre que he implantado ecuménicamente, expresarse parados, sentados, echados, y en cualquier otra posición que no sea indecente u obscena a mi juicio… A manera de muletilla, para todos los implicados en este fugaz proceso, les participo que la forma peripatética de exponer está permitida y me agrada. Cuando le diga, ¡basta!, al actuante, de inmediato tiene que callarse y permanecer atento, ¡alerta!, de vuelta en su lugar correspondiente a su rango, allí se conservará bajo un expectante silencio que puede estirarse a un tenue murmullo bajo la modalidad del monólogo. Si es menester un segundo, ¡basta!, si a ello me veo obligado, me reservaré el derecho de no dejar intervenir más al desobediente durante el tiempo que dure el juicio. Somos expeditos, en el caso –inusual por cierto- de verme impelido a cometer un tercer, ¡basta!, esto significará inmediata expulsión de esta sala silvestre del reincidente. El que no entendió lo dicho está fregado, ya dije que nada se repite. Punto y aparte, ¡a circular por el ruedo señores!
LA MASA (peripatética y contoneándose orgullosa, pagada de sí misma, como sólo ella sabe hacerlo por la mañanita): Hemos sido injustamente enjuiciados, no obstante aceptamos el reto cordial que nos lanzó el señor Kantoborgy. Dice haber recibido daño moral irreparable a su personalidad de nuestra parte, pero lo que hacemos es intentar ser felices tomando de los frutos del árbol de la ciencia sin tener por qué saber de cómo o cuánto tiempo le tomó a la tal ciencia producirlos… nosotros apenas nos encargamos de consumir lo que se nos ofrece a granel y punto. Prosiga usted, Kantoborgy.
KANTOBORGY (desde la sombra del árbol de chereco, sentado en posición de flor de loto sobre la mullida y seca hojarasca): Vaya, estamos en el asalto de estudiarnos mutuamente, conforme se hagan presentes con la palabra mis secuaces se irá poniendo candente el proceso. Le toca de nuevo a usted, La Masa.
LA MASA (dubitativa entre seguir andando o sentarse en una solitaria mesa al pie de una araucaria para no ser menos que su contradictor): Pero… creíamos que la iniciativa era suya, que usted iba a reclamarnos hecho un Satanás por los daños que dizque le hemos causado y resulta que está más sereno que un pavo en Semana Santa, de ahí la frase que nos legó el filósofo ultraliberal de…: “Hasta aquí vamos bien, como dijo el pavo en Semana Santa”. Prosiga usted, Kantoborgy.
KANTOBORGY (jugando con las canicas negras que sacó del aromático fruto del chereco, dirigiéndose con una venia al juez Capito): Solicito, comedido, que comparezca a este jardín el señor Lovochancho.
JUEZ CAPITO (con alegre sorpresa dibujándose por sus carnosos labios debido a que ha leído ficciones del tal Lovochancho en el ciberespacio): ¿No se trata de un animal puro?
KANTOBORGY (riendo moderado y con una dosis de humor medio venenoso): Definitivamente, no; es un animal de lo más pudrible por dentro y por fuera: un hombre concreto.
JUEZ CAPITO (grave, alzando su voz de príncipe greco-romano): Convocatoria única al señor Lovochancho. ¡Que aparezca, ipsofacto, el señor Lovochancho! Prosiga, La Masa.
LA MASA (atacada de risa, aproximándose al juez Capito): Este Kantoborgy es genial, tiene unos amigos de ciencia ficción. En todo caso, para ponernos a la altura de nuestro contradictor, pedimos que venga a auxiliarnos nuestro querido comunicador social, El Periodista.
JUEZ CAPITO (clavándole su mirada fulminante a La Masa para que se mantenga fuera del perímetro de seguridad del estrado, acaso le den ganas a ésta de traspasarlo a cuenta de un despiste): ¡Espero que no se trate de una cosa parlanchina! (Rugió con terrible semblante que hizo retroceder tres pasos largos a La Masa.)
LA MASA (sonrojándose, muy seria, haciendo picos de casi ofendida): Cómo va creer usted eso, el hombre es de lo mejorcito que tenemos en nuestro ambiente de la información constructiva, veraz y ejemplar; es nuestro comunicador social, el pan útil de cada día, ¡El Periodista!
JUEZ CAPITO (apaciguando su exabrupto, tras un calmante bufido nasal): Venga el hombre, el predicho pan útil de nuestros días. Última llamada a El Periodista. Prosiga, Kantoborgy.
KANTOBORGY: (haciendo un guiño al recién invitado a expresarse, acompañándose de un gesto pícaro de manos y boca que dicen haz tu discurso como mejor te plazca hacerlo): Le cedo la palabra al amigo Lovochancho. Prosiga, Lovochancho.
LOVOCHANCHO (vivaz, harto complacido de entrar temprano en el juicio a La Masa, y al par que El Periodista con el cual cruzaron miradas de reconocimiento mutuo pero como si ambos fuesen una lejanía a la vez. Devuelve el gesto de confianza a Kantoborgy): ¡Cómo gustéis! Jamás he sido convocado a un tribunal divino y he guardado abominable impresión de los oscuros tribunales de La Masa desde que, Joseph K., fue procesado en uno de ellos. O sea, que todo lo que suena a tugurio, a asquerosa antesala humana de una supuesta ambición divina, me da náuseas, me estremezco de sólo imaginar hacer trámites de por vida en la pestilencia de un mingitorio de momias. Hago este preámbulo para marcar la diferencia con este tribunal campuroso, montado a la intemperie herbosa y a la sombra canora del arupo que me cobija. Se podría decir que fluyen las palabras al son del azur serrano y el ser peripatético brota natural como en la tierra juvenil de los ojos atléticos. Cedo la voz a quien le corresponda…
JUEZ CAPITO (suspirando por un dulce instante de su pasado griego que acaba de visitarle): En este caso la palabra le toca al señor de la otra parte que recién se incorporó al campo judicial. ¡Hable, El Periodista!
EL PERIODISTA (hace un paneo profesional de la respetable y variopinta concurrencia, viene enfundado con un ropaje fino pero campero, resaltando en la solapa izquierda, de la chaqueta de pana beige, el hermoso botón de oro que le otorgó su gremio por los treinta años de sacrificio a su oficio de El Periodista): Gentilmente, La Masa, me extendió una invitación para que acuda a este tribunal –por cierto inimaginable, para un contumaz ciudadano que no tiene agenda para citas campestres en mitad de semana, hasta que uno se presenta aquí para cumplir con este compromiso adquirido-; y acepté su invitación porque no se puede eludir el destino manifiesto de un comunicador social, hay que confundirse con La Masa por eso de que es la voz de la carita servicial de Dios. He dejado múltiples ocupaciones en la bullente urbe para estar aquí con ustedes bajo esta sui géneris demanda. Kantoborgy versus La Masa, me sugiere un pugilato de otra época, es como si viera una cartelera de esas que se pegaban en un poste en los pueblos del viejo oeste yanqui, o como la que vi de la Arena Tomalín de Oaxaca… Esta paz vegetal me sorprende, será porque la obligación de un intelectual es asombrarse de cada dos de las tres situaciones que se le presentan, pero más es debido a que soy un animal de costumbres urbanas a rajatabla. Ayer nomás nos quedamos leyendo los periódicos de ayer mismo hasta pasada la medianoche que en buen romance significa que tomamos minutos, quizá una hora, del tiempo correspondiente al día de hoy para igualarnos en lo que debíamos haber superado ayer. Os aseguro que es una carrera fatigosa esto de ser ecuánime y, por extensión, carismático; las noticias vuelan y uno debe servirlas a la mesa fresquitas, tienen que ser consumidas ávidamente como el pan de agua del día, de lo contrario se ponen tiesas y se hacen incomibles para uno mismo –para El Periodista-, no se diga para La Masa. Las tres “íes” cotidianas por las que se sacrifica con humildad, EL Periodista, son: informar, informar, informar, hasta reventar… Hay que amar a la profesión de uno, ello conlleva mantener rituales cognoscitivos, de la mañana a la noche, que agotan nuestras fuerzas de hombre en la palestra fenomenológica. Os aseguro que nos entregamos día y noche a nuestra misión –muchas veces incomprendida por La Masa que peca de fácil ingratitud con uno medio uno se descuida en propinarles una abundante información en caliente- con el mayor anhelo de servir a la comunidad emparedada, de guiarla bajo la dura lucha en las calles por las posesiones elementales de la vida moderna, cada cual ambicionando vivir mejor, tener sus cositas y soñar con botarlas para reemplazarlas con cositas flamantes, de fábrica… Así el que vive como un miserable quiere hacerlo como un pobre digno; el que vive como un pobre quiere hacerlo como una medianía burguesa; el que vive como una medianía quiere hacerlo como un rico tecnócrata; el que vive como rico quiere hacerlo como un príncipe vago; el que vive...
JUEZ CAPITO (sereno pero firme, imponiendo su autoridad, plantando sus ojazos dirimentes de juez superior en los ojos de gavilán de El Periodista): ¡Basta!... Le toca a usted, Lovochancho. (El Periodista, no hace reclamo alguno ni de palabra ni de cuerpo, es muy disciplinado y no se ofende siendo que a voluntad accedió a someterse al inapelable orden del juez Capito. Se arrellana en el amplio sofá romano que escogió como trinchera; en posición supina, como aguardando que le sirvan un ramillete de uvas, se propone atender el juicio con suma alerta, siguiendo la advertencia del supremo magistrado. Un suspiro precede a una sonrisa y cierto murmullo de incredulidad que es receptado por La Masa que, a su vez, le remite un visaje optimista, con los pulgares contenidos hacia arriba, traduciéndose en un “hasta aquí vamos bien como dijo el pavo en Semana Santa”.)
LOVOCHANCHO (comprendiendo una seña urgente de Kantoborgy se pone de pie para hablar y se vuelve a sentar en su mecedora de mimbre): Mejor le paso la palabra a Kantoborgy.
KANTOBORGY (risueño por aún no se sabe qué): En el afán de hacer más atractivo este juicio e inyectarle vitalismo solicito, comedido, se convoque al señor Aqueronte.
JUEZ CAPITO (divertido): ¡A lugar!, hágase palabra presente el señor Aqueronte.
AQUERONTE (saluda al juez Capito con grácil venia quitándose su sombrero de paja-toquilla de ala ancha, y, ahuyentando la pereza con raudo estiramiento de brazos cruzados por cima de su mollera, procede a desgonzarse a placer en segundos que el juez Capito grabó para su memoria del arte de desperezarse sin tapujos): Qué ricos cuyes que me salieron de este cuerpo errante… Abandoné mis trabajos de trovador –me agradó ser un animal de carpa en pueblos recónditos del Mediterráneo-, con el fin de dedicarle todo el tiempo que sea necesario a la causa callada, interior, de Kantoborgy versus La Masa... Ya te enfoqué, no te molestes en levantarte a saludarme con la efusión que te caracteriza, pronto te voy a ceder la palabra, mi querido El Periodista. (Vestido de impecable cazador de perdices ariscas -repleto de bolsillos de pies a cabeza-, acomodándose el sombrero en la testa, da unas zancadas enormes entre los metros libres de obstáculos a través del corredor designado para intervenir peripatéticamente. Agitando sus manazas para doblar cuellos de los que se lo quedan viendo con ojos de demonio, habla alto pero como para su capote.) Estupendo este tribunal de a uno, bajo la sombra de árboles salvajes y pajaritos cantantes que no son comestibles, asimismo rodeado de guaycundos y bosques repletos de presas y depredadores. Imagino, Kantoborgy, que acabado el asunto en ciernes nos relajaremos montando un pequeño bacanal céltico, con los vinos y las campesinas que nos proporcione el todavía triple-ingeniero LG, y los manjares sibaritas que nos done Lovochancho... ¡Prosiga, El Periodista!
EL PERIODISTA (dando un ágil salto se separa del canapé, agradecido por los ejercicios que de ordinario practica su cuerpo al alba, en el parque Metropolitano; merced a esos tres cuartos de hora de esparcimiento, que le ahorra gimnasio y psicólogo, hoy puede darse al “siempre listos” del que fuera muchacho explorador. El arte de respirar bien le permite mantener la ecuanimidad que debe reinar en su dura profesión, y este es un momento de alerta máxima que su instinto de conservación no esquiva aunque todo aparezca tan pacífico y bello en su alrededor): Decíamos que nuestra pasión por la verdad palpitante -sí señores de La Masa y respetables personalidades que oponen resistencia a los fines de ésta, dignos secuaces de Kantoborgy- nos enorgullece, siendo nuestro alimento para brindar eso que reconozco se ha degenerado, la información nuestra de cada día. Así como ser lo que somos es un tráfago constante también nos halaga la certeza del deber cumplido. Hay que amar a la profesión de uno como a uno mismo, les repito a mis queridos feligreses. A veces nos premia la sonrisa de la bella dama que nos reconoce con la discreción propia de una seguidora de nuestros avatares, aquella que viene envuelta con el aroma de pastelillos portugueses, sumados al buqué del té tailandés y el cafeto arábigo y las aguas aromáticas nacionales que ofrece el café decimonónico Barnabas. A propósito -sin ánimo de lanzar una cuña sino más bien animados por nuestra pasión de informar-, el café Barnabas, es un establecimiento de comidas y bebidas muy respetable, algo barroco por la necesidad de formar un rincón pacato dentro de la fastuosidad siglo XXI que reina en las instalaciones del centro comercial “Lazarillo de Vilcabamba”, donde El Periodista, goloso como es, goza de la atención personalizada de doña Fátima, mujer recia, entrada en estambres rosados, encantadora y de una cultura excita que nos hace abrigar esperanza en la poesía... (El Periodista suspira hondo, y, ladeando graciosamente la cabeza, de voz y con sus dedos meñique e índice de la mano derecha, le pide al juez Capito permiso para acercarse al estrado portando tres libros en su mano izquierda. Recibiendo el beneplácito del magistrado que le devuelve con sus amigables manos una seña de ven nomás sin miedos.)
JUEZ CAPITO (inquiere en voz baja): ¿Diga usted?
EL PERIODISTA (algo azorado frente al juez Capito que de improviso se le agigantó, deja salir un hilo de voz concentrándose en la misión divulgadora que lo llevó al estrado): Le agradezco mucho su condescendencia, juez Capito, es mi deseo que tenga usted la amabilidad de recibirme una copia de mi último volumen de poesía en corto, intitulada: “Sin pretensiones”. Asimismo, solicito me autorice a obsequiar respectivamente una copia, en aras de la hermandad entre contrarios, a Kantoborgy y a La Masa.
JUEZ CAPITO (arrellanándose con una mueca de muy agradecido colega recoge el poemario “Sin pretensiones”, y, a su vez, deseoso de repartir lo suyo, literariamente hablando, saca de abajo del sillón una pila de libros tamaño bolsillo superior de camisa guayabera): Justo es que ante vuestra encomiable actitud yo os retorne algo de la misma catadura, aquí tenéis mi última obrita que llama, “Juez sin fronteras”. Su corte literario es caballeresco, ¡imagínate vos esa ocurrencia mía ya caminando en el siglo XXI!... Pero dejémonos de falsas modestias, mi obrita es para lectura exclusiva de sujetos ansiosos de formación trascendental. A diferencia vuestra no cometo poesía en corto sino que intento una prosa de mediano aliento a tres cuartos de aliento parafraseando a lo que suele decir de su ambición de montaña el mentado Lovochancho… ¿vos captáis lo que hablo, o no? Asimismo, siguiendo vuestro ejemplo, quiero hacer entrega pública y equitativa de las unidades restantes entre Kantoborgy y sus secuaces y La Masa y su masa. Mas, tengo una cuestión ineludible, ¿por acá, La Masa, lee?
EL PERIODISTA (modulando la voz, gratamente sorprendido por el intercambio cultural que se está suscitando por su afán de divulgar el poemario “Sin pretensiones”): Lamento informarle que ésta, La Masa, que usted tiene por delante no lee por sí misma, es decir no se lee a sí misma, por eso hay que obligarla a leer lo que otros sí leen por ellos mismos y por ende se leen a sí mismos… Entiéndame, no podemos exigirle a La Masa que haga una lectura aristocrática, hay que excusar sus limitaciones, a veces creo que en ella puede tener más futuro la lectura dinámica o robótica cuando le coloquen un chip, sí señor… De lo otro, eso de “¿vos captáis lo que habló, o no?”, asimilo que usted se refiere a la prosa cervantina, poética pero al fin prosa, o sea una casi poesía kilométrica… Congratulaciones, juez Capito, magnifica su elección de estilo y técnica, debe de ser algo muy laborioso, lo voy a leer, sí señor... ¿Qué le parece si procedemos a llamar a los otros dos implicados en este minuto de hermanamiento a través de las letras?
JUEZ CAPITO (dubitativo, sopesando el libro de El Periodista en la mano diestra y su libro en la mano siniestra, resuelve): Sabe qué, ilustre colega plumífero, mejor me decidí a obsequiarle una copia nomás a La Masa y su masa, el resto de libros se los voy a donar a Kantoborgy y sus secuaces. No me entalla lo de obligar a nadie a leer, cada cual tiene que cultivar las parcelas del alma por vocación y no por apariencia.
EL PERIODISTA (suspira resignado, se muestra solidario con el juez Capito): Es una pena que tengamos que vender los frutos del alma para que a uno lo reconozcan por obligación; pero, ¿qué hacer?, somos gente educada para valorar nuestro trabajo en base a los réditos sonantes que obtenemos de ello...
JUEZ CAPITO (sardónico, poniéndose de pie, rugiendo como sólo él sabe hacerlo): ¿Réditos? ¿Desde cuándo los afanes del corazón se miden en réditos? ¡Venid a mí Kantoborgy y La Masa! (Allegados los contendientes al estrado, El Periodista, facilita su poesía “Sin pretensiones” a La Masa -con un guiño que le advierte: harás el intento de leer por ti misma, ¡so badulaque!-; asimismo, le proporciona una copia a Kantoborgy –esta vez acompañándose de una reverencia que se traduce en será un privilegio que usted me lea-. El juez Capito, distraído, sin palabras, le entrega un ejemplar de “Juez sin fronteras” a La Masa y su masa, ésta promete con zalamería que le va a dedicar algo así como diez años de lectura al libro entre manos. Por el contrario, el magistrado, hace una ceremoniosa entrega-recepción de una pila de libros a Kantoborgy para que los distribuya a sus secuaces.)
JUEZ CAPITO (reacomodándose en su trono, satisfecho tras el paréntesis literario, aúlla contento): A ver… ¿A quién le toca?
AQUERONTE (echado en la hamaca que escogió para hojear “Juez sin fronteras” mientras se sirve una pera): ¡A mí me toca! Estábamos intentando desarrollar un tú a tú con El Periodista cuando al susodicho se le ocurrió introducir esto del intercambio y repartición de libros, y todos salimos ganando… No obstante, mejor le cedo la palabra a Kantoborgy, porque este instante me apetece más ojear tu libro y terminar de comer esta fruta que me hizo llegar, muy gentil, La Masa.
KANTOBORGY (reubicado en un montículo, al pie del ramaje artrítico del árbol de papel, tendido sobre la yerba, apoyando su espalda al tronco rojizo, igual se haya revisando el poemario “Sin pretensiones” de El Periodista): En este punto creo nos vendría oportuno escuchar lo que tiene que decirnos el ciudadano Lester González, aquí presente pero sin voz aún porque no ha sido convocado. Estoy seguro que su testimonio dará luces al proceso, solicito se le dé espacio y tiempo en este campo judicial al triple-ingeniero, Lester González.
JUEZ CAPITO (Aprobando con un cabeceo): Pero primero le devolvemos la acción a La Masa, ¡hable La Masa!
LA MASA (se desayuna picando de una fundita de mote con chochos. Con la mano que tiene libre hace el mimo de convidar de sus cositas finas al juez Capito pero éste se niega con otras señas cordiales de gracias ahora no puedo, estoy ocupado en mis santas obligaciones; más tarde, quizás): Hasta aquí vamos bien como dijo el pavo en Semana Santa... No sé qué más decir en contra de Kantoborgy o en mi defensa porque me da la sensación de que soy culpable de algo que no me acuerdo… Mejor le pido, juez Capito, permiso para que se active la voz popular del ufólogo Duvolosky, el pobre se muere de ganas de intervenir en esta historia que no le pide favor a sus cuentos de extraterrestres.
JUEZ CAPITO (curioso por escuchar a ese estrellado personaje): Concedido. Entonces, empecemos por lo primero: ¡hágase voz e intervenga el triple-ingeniero, Lester González!
LESTER GONZÁLEZ (erecto, posición de firmes, masticando sus palabras): No sé todavía bien por dónde está yendo el asunto, sólo sé que fui invitado por Kantoborgy a estos predios de la justicia universal del juez Capito. Kantoborgy me participó, en lo principal, “…acude sin falta para que ejerzas tu derecho a formar tu personalidad a tu albedrío, tal como lo garantiza la constitución de la república”. Y, bueno, aquí estoy, intuyendo va a resultar algo sabroso de todo esto, haciendo uso de los miércoles que desde hace unos meses los dedico a asenderear por los parajes montañosos, a manera de una terapia regenerativa de mis sentidos: ver mejor, oír mejor, oler mejor, etcétera, y, aunque esto parezca la fábula del lobo glotón, de lo que se trata es de habilitar al campesino que llevo adentro… ¡Caramba!, cuánto me hubiese agradado -habría experimentado cosa similar a la felicidad- que en vez de haber sido llamado como “el triple-ingeniero Lester González”, me hubieran convocado como “el campesino de la terra petra Lester González”. Ya que estamos dentro del ámbito de la percepción -ese país al que fui conducido por el gótico con el fin de que haga mi propia montaña, así sea sin salirme jeme de los chaquiñanes y carreteras de verano-, se me antoja que si esta situación se habría dado antes de iniciar mi curación en los páramos, estuviera con ustedes en calidad de invitado de La Masa y no de Kantoborgy. Qué diferencia estar en esta orilla kantoborgiana, este segundo soy capaz de discernir la desigualdad porque aún soy un cuerpo flotando en el vaivén de enjambre. Ya entendí sobre la marcha cómo funcionan las cosas aquí, así que tengo el agrado de nombrar al sujeto que me sucederá en la palabra: hágame el favor de manifestarse, profesor Duvolosky.
DUVOLOSKY (dichoso de estar parado en medio de Kantoborgy y La Masa, devuelve la gentileza a Lester González mediante el saludo marcial característico de los miembros de la Asociación de Ufólogos Equinocciales, AUE por sus siglas en español): Gracias mil por activarme juez Capito, están ustedes en lo correcto, me emociona ser parte de esta hora histórica. Es un privilegio para mí ser coprotagonista del evento, Kantoborgy versus La Masa. Compartir con estos colosos que resisten a los encantos de La Masa, así hoy me haya tocado estar en la orilla opuesta a éstos, me trae mucha ilusión, y hasta abrigo la esperanza de que, igual, por fin se me abran las puertas del domo de El Panecillo, ese arcano que se me ha cerrado a machote por la mala voluntad que me tiene su dueño. Persistiré, y que me oiga bien desde este foro Olegario Castro, es una gracia que he venido buscando con fervor por el hecho mismo de que se me ha cerrado la entrada como a K. le negaban el acceso al Castillo. Se lo he dicho a Olegario Castro -a través del intercomunicador de las ondas de radio Marañón y por ende esto está en el conocimiento de los oyentes lechuceros-, no me resigno a que me ladeen de esa manera cuando mayor es mi sospecha de que algo supraterrenal se cuece en los cuartos del gótico de El Panecillo. Tú sabes perfectamente a lo que me refiero, ¿o no? (Saluda a la distancia con Kantoborgy, quien se ríe embozadamente y le devuelve una seña amistosa de que deje de ser tan jodido profesor. Luego se dirige sonreído al juez Capito): ¿Me permite que le ceda la palabra a Kantoborgy?
JUEZ CAPITO (amable): Cómo no, profesor, adelante, adelante…
DUVOLOSKY (complacido por entenderse tan rápido con el juez Capito): Prosigue, amigo Kantoborgy.
KANTOBORGY (elevando los brazos al cielo, como si hubiese estado aguardando que se le presente la oportunidad): En todo caso, profesor, ya que lo trajiste a colación, creo llegó el instante de pedir el concurso de Olegario Castro, quien me dijo antes de venir acá que preferiría mantenerse en un estado de espectador, lo que se dice aguaitando nomás… Favor, que se convoque al señor Olegario Castro.
JUEZ CAPITO (animoso con el cariz que va tomando el proceso): Encantado, pero que primero diga la contraparte si tiene a su vez a otro testigo que llamar. ¡Pronúnciese, La Masa!
LA MASA (para endulzar la fundita de mote que se acabó de servir, ya hincó los dientes en un confite de guayaba; hace mención de convidar a los contrarios de su gollería y así ganar tiempo para deglutir lo que tiene en la boca): Como dijo el pavo en Semana Santa, hasta aquí vamos bien… Se me ocurre que podría llamar a Adelaida, ¿puedo activar a Adelaida Matute?
JUEZ CAPITO (levantando la voz): No hay impedimento alguno, se puede activar la predicha Adelaida Matute después de la comparecencia del señor Olegario Castro. ¡Acción!...
OLEGARIO CASTRO (poniéndose serio, sacudiendo de sí la hilaridad que le provocaba el estar de oyente en este juicio): Aquí las situaciones se resuelven espontáneamente al andar… Me gusta, es como “el hacer pared” de los que nos hemos expuesto en el filo de lo posible ascendente (ayer, cuando atendía la secundaria gabrielina, le llamábamos “al filo de lo imposible” como esos ascensionistas que todavía hoy acuden a la montaña a montar su espectáculo mediático). Ahí donde la vida y la muerte, a la vez, son tus únicas compañeras de cordada, se puede ser espontáneo; escalando la cara sur del miedo, a veces, la concentración cede al calorcillo del éxtasis... Tranquilo, profesor Duvolosky, yo me entiendo y eso es lo que vale; cualquier rato las puertas del domo de El Panecillo se le abrirán de par en par para que usted indague a sus anchas, entretanto, paciencia, paciencia… Al principio, dudé de la posibilidad de este proceso; “¿qué clase de farsa va será esto de Kantoborgy versus La Masa?”, me venía diciendo en el trayecto que hice a pata, cortando camino, desde el punto donde se quedó mi prototipo de automóvil solar para cargarse de energía. Abandoné temprano mis obligaciones noctívagas en radio Marañón, con el fin de andar bajo el claroscuro del alba y despabilarme antes de que el sol me entregue a esta realidad que la veo, la oigo y la huelo. Continúe usted, doña Adelaida Matute.
ADELAIDA (esbelta, más cadera que pechuga, cautivante en su traje apretado de domadora de matemáticos montañeses-montañeros. Ella viene esgrimiendo un chicote de macanche en la mano derecha, reinando sobre el espacio donde aún no tiene rival femenino que reclame su celo de género; con una mueca de triunfo en sus labios dadores, guiña cómplice sus ojitos de capulí, sombreados por largas pestañas, a La Masa): Ya ves, Lovochancho, que no necesito una invitación tuya para venir a este lugar en medio de la nada, como esas tales montañas que a ti te gustan cada vez más últimamente, prefiriéndolas a la seguridad que te puede brindar el formar una familia y así dejar de ser tan egoísta y preocuparte menos de hacer sólo lo que a ti te da la gana de hacer para vos solito y nada más, y cuando te insinúo que concretemos nuestra relación me sales con que no hay necesidad de firmar papeles y el chiste de “no sé si existes más allá de mi imaginación”… O sea que vos me inventas, soy una creación tuya, ¿y esto…, esto de quién es entonces? (da una vuelta por el foro exhibiendo sus cualidades de Eva ejecutiva). Prosiga usted, don Olegario Castro.
OLEGARIO CASTRO (reunido con Kantoborgy, desde la caprichosa sombra del Polylepis, enviando una galante venia a la distancia): Con su favor, doña Adelaida Matute, le traspaso el don del habla al aquí sentado Kantoborgy.
KANTOBORGY (agradecido por la comprensión que le prodiga su maestro, filósofo de la altitud): Del lado de acá hemos decidido compensar el contingente femenino que convocó La Masa, y procedemos a llamar a Jitte, la herpetóloga. ¡Dios bendiga a la mujer danesa! Solicito que se incorpore Jitte.
JUEZ CAPITO (entusiasmado): Venga la herpetóloga Jitte… ¿Vos, La Masa, deseáis invocar a alguien más?
LA MASA (iluminada): Sí, por aquí la vi a doña María Robinson intimando en los arbustos con su amante cocinero, Pompilio Dela Cruz. Pido que se active la señora María Robinson.
JUEZ CAPITO (fijando su mirada osuna en la rozagante belleza de Jitte, con picardía pero infalible en su procedimiento): Que se active doña María Robinson. Empiece usted, Jitte.
JITTE (encarnada flor boreal, vistiendo su ligero traje de coleccionista de anfibios de la amazonía virgen, portando la firme lucidez que le da residir a orillas de un pozo sagrado en la comuna Pilche): Ustedes, hombres, tan atentos con nuestras formas… Yo pasaba por radio Marañón cuando se me participó la invitación verbal que había dejado por ahí Kantoborgy para que acuda a este simpático enfrentamiento. Vivo tan alejada de los quehaceres de La Masa que me parecía inverosímil se ejecute este juicio, pero conociendo la capacidad que tiene Kantoborgy para hacer de lo posible una realidad incontrastable, no había que desperdiciar la oportunidad de dar testimonio de una situación insólita; así como me fue concedido el privilegio de atestiguar el contacto entre especies planetarias, o sea una interacción entre batracios de la cuenca media del río Napo y anfibios pensantes extraterrestres –de no se sabe dónde-; fenómeno que lo denominamos ES, Espaciales Saponáceos, por sus siglas en español, y que lo hemos divulgado a través de las ondas largas de la radio que habita en el domo de El Panecillo. Veo que el maestro José Miguel también está de invitado, ¿será que yo puedo pedir que comparezca con su verbo, y mucho mejor, que nos deleite con su música gitana? ¿A quién le toca?...
JUEZ CAPITO (elevando la voz para que se oiga bien tras los arbustos): Encantado, doña Jitte, ahora entiendo del porqué de esa frase que ya sonó en este ámbito, “Dios bendiga a la mujer danesa”… Pero, antes que comparezca el maestro José Miguel, ¡favor haga uso de la palabra, doña María Robinson!
JUEZ CAPITO (resignado): Vaya que sí tuve voluntad de escuchar a doña María Robinson, hemos aguardado su activación con suma paciencia, que conste han transcurrido segundos más del medio minuto de espera que concede mi temperamento. El llamado de Afrodita popular primó en la señora Robinson y, con las disculpas que merece el apremio del amor carnal con su amante cocinero, queda afuera de este proceso la susodicha. Nosotros continuaremos avante en aras de concluir el juzgamiento con la debida antelación a la hora del prometido almuerzo campestre. Lo siento por La Masa, pero ante la fallida aparición de doña María Robinson, convoco al artista de la guitarra flamenca, ¡hágase voz y música el maestro José Miguel!
JOSÉ MIGUEL (poniendo en movimiento el porte griego del músico, camina pausado halando de su regia barba piramidal, habla como dirigiéndose a una figura celeste): ¡Oh, bella Jitte!, así en frío me está negado explayarme con la guitarra, es menester que ponga a calentar mis engranajes para poder “improvisar” como el arte de la espontaneidad lo manda… Procedo a refugiarme bajo la sombra del trompetero rojo, allí inyectaré sangre gitana a mis dedos hasta que éstos despierten cual dinamita… Le cedo la palabra al que a bien tenga usarla.
LA MASA (apurando la cosa): Del hambre que me ha abierto este juicio, me estoy quedando sin argumentos... Prosiga usted, Kantoborgy.
KANTOBORGY (con ganas de que también la cosa concluya para gozar de un adelantado almuerzo musical): ¡Caramba!, hubiese sido fantástico verla en movimiento convencional a doña María Robinson; me han comentado que es una mujer de carácter fuerte, dominante… Ambas partes hemos sido perjudicadas por el ímpetu carnal de la pareja de los arbustos, puesto que el cocinero Pompilio Dela Cruz era uno de los nuestros y nos abandonó en función de servir a sus instintos básicos. En todo caso, constato que por ahora ya no tengo ganas de invocar a nadie más… Prosigue, tú, La Masa.
LA MASA (frotándose el estómago, con aire de victima): A mí ya me va a dar calambres de tripa, ¿no oyes cómo me crujen…? A la verdad, Kantoborgy, la fundita de mote me dejó en las mismas, tremendo madrugón que nos pegamos para no quedarle mal al juez Capito, creo que ya hemos cumplido con el compromiso moral de responder a este juicio… Qué ganas tengo de mandarme un cuy asado donde la hueca de doña Norma, y tú sabes que hay que pedirlos por lo menos con dos horas de anticipación… Mejor, Kantoborgy, repartámonos cada cual por su lado; te propongo que dejemos las cosas como están, tú aquí con tus secuaces ambientalistas y yo allá con mi masa. ¿Qué te parece?, te cedo la palabra.
KANTOBORGY (condescendiente, tornando a ver al juez Capito para que éste dirima en la cuestión): Ya ves, por mí no hay inconveniente, pero la suerte final de este proceso no está en nuestras manos, sino en el supremo magistrado que tiene un veredicto pendiente...
JUEZ CAPITO (sonreído, escuchando la creciente eufonía que viene brotando del ensayo que hace el maestro José Miguel sobre la guitarra Chiliquinga, se siente libre para imaginar que los placeres de la buena mesa al aire libre se le acercan a zancadas de Lovochancho invitándole a disfrutar de sus fiambres): Ya que se me ofrece resolver, y estoy aquí por mi albedrío de juzgar y dar mi veredicto inapelable, me uno a la coyuntura. Permítanme un minuto de reflexión, las partes en contrapunto, para hacer mi pronunciamiento con carácter irrevocable.
JUEZ CAPITO (levantándose del trono, concluido el minuto de expectante silencio, dirime con la majestad inherente a sus funciones superiores): Si fuese sólo poeta haría una oda a la constante primavera matizada de otoño que rige en este pasaje herboso de los Andes ecuatorianos. ¡Oh, aire de tierras altas, cómo me inspiráis! He aquí mi veredicto:
De manera taxativa ordeno, a La Masa, respetar la personalidad de Kantoborgy sin infringirle daño moral a su diferencia; pues, hombres como él y sus secuaces, son los que han movido al mundo y lo siguen moviendo, siendo hijo de Utopía vive en presente lo que a La Masa le es un incomprensible futuro. (La Masa, hace una venia de acatamiento ante el veredicto del juez Capito y, muerta de hambre, se apresura a reunir a su masa para que se acomoden en el bus-bala que los conducirá al almuerzo bailable que tiene en mente contratar dentro de los muros de doña Norma. Alejándose en estampía La Masa y su masa, Lovochancho, coloca el mantel largo al pie de los membrillos. Ya distribuidas las viandas y el vino sobre el mullido piso, suena la guitarra del duende flamenco llamando a los convidados a servirse del elixir.)
Juan Arias Bermeo
ref:lovochancho.com
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