January 02, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 16839 veces. | Tell a Friend
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En este naciente día en la altiplanicie todo es de estreno para Lovochancho, quien está cometiendo su primera exploración en soledad a los altos Andes ecuatorianos.


Llegó la hora de que él levante su propia saga ascensionista, aunque sean unos episodios de media montaña a tres cuartos de montaña; así, cuando regrese de su aventura, por fin, podrá encarar al nombrado Kantoborgy, el hombre que abrió una nueva vía en la espantosa Vertiente Rupal, para espetarle: Oye tú, ya entendí lo que es conocer un animal andino en solitario, por una ruta virgen a mis flamantes ojos y con lo puesto, emulando la austeridad de tu maestro Olegario Castro.
     Naturalmente, él no vino a hacer maromas en el reino de los escaladores, colgándose de esos grados de dificultad vertical que marcarían su nivel en la otra cara del miedo: la valentía. Yo soy quien es y no me parezco a nadie. Se agarra de esa popular sentencia que invadió su tiempo de mero Sur, esa hora de rock sinfónico en cóctel con las creaciones de los trovadores Paco y Joan Manuel, cuando acudía a Guatería Manaba a servirse el sancocho levantacadáveres, alternado la sensualidad de los productos marinos con la gélida pureza del universo matemático el que se iniciaba.
     Lovochancho está moviéndose conforme a sus ambiciones ascensionistas: ver, oler y oír al calor de su fuerza bípeda, en el límite de lo manejable por sus herramientas de presión, pues, lo posible en las paredes de la estulticia, es tarea de los góticos Castro y Kantoborgy. El rumor melódico de las chorreras del Pita le trae la música del duende egoísta de la guitarra de José Miguel, allende las madrugadas nictálopes de radio Marañón, donde se desata el torrente flamenco del aristócrata de La Merced. Toma ritmo evocando la rumba intitulada, ¡oh coincidencia!, Chorreras del Pita, y esas notas gitanas dan pábulo a su propio duende egoísta.
     Ya empatando con la dilatada arista noroeste del pico Sincholagua, cavila que éste se cae a pedazos, figurándose acabará achatando su cumbre como el monte Corazón, cual asoma clavado a occidente con su noble testa pintando canas, tirado a la gradiente que baja a la costa del océano Pacífico, por cima del mar de vapor que cubre el fértil valle de Machachi. Del inevitable preámbulo de las cercas de púas encuadrando reses, antes de pisar el agreste pajonal, no faltan bovinos que se escapan a orearse monte arriba. Aquí, Pincho, le habría ahorrado estar esquivando este ganado reluctante al redil. Imagina que él, Lovochancho, da el comando en alemán que suele dar Kantoborgy a sus canes para que ejecuten la labor de pastoreo, ¡voraus! Estirando el brazo mandaría al can a cumplir con su regocijante oficio de arriero, ¡voraus!...

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Blog: Leonardo S Vivar Ayora





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