


Atravesando un prado con ralos árboles diminutos pero de formas hercúleas, asemejándose a un paisaje liliputiense, se fue disipando la bruma mientras al norte, y tirando al abismo verde de la amazonía, se iba esbozando un diorama volcánico de quilates: aquí mismo, atravesando el valle de Limpiopungo y las dunas de Krizofilax, afloran los picos del encarnado Sincholagua y la oblonga calavera del nevado Antizana; y clavado al norte se perfila el filudo Cotacachi; y, en plena línea equinoccial, sobresaliendo de la panza de la madre Tierra, aparece el iracundo Cayambe. Haciendo un alto a sus correrías en terreno irregular, procede a saludar formalmente, a la usanza de los caballeros góticos, a los gigantes en formación desordenada, ensayando una suerte de oda telepática a cada uno de esos autosuficientes solitarios, en tanto la mirada sulfúrica del cíclope Cotopaxi se abría paso entre un cúmulo de nubes para quemarle las espaldas. Cuando regresó a ver atrás contactó con el monstruoso ojo del volcán arropado, indispuesto para las visitas. -Fíjate feroz Panda, aquí estamos de rumba en el soleado jardín del Dragón Rojo, que ya nos enseñó sus humeantes cuernos; y, a segundos -dando zancadas de Gulliver-, está el cíclope enfurruñado que no quiere recibir a nadie en su seno -manifestó ante los contrastes de la serranía en una mañana que reparte microclimas a placer, y añade-: Si alguien quiere cellisca, viento y desolación, dirígase en manada parlante al volcán del frente; si desea un banquete de aromas vegetales, sonidos de riachuelo, paisajes de valles recónditos, y en el fondo palpar la piel rugosa de un animal mitológico, ocúpese de lo suyo fuera del rango sensorial de Kantoborgy.

Previamente a enfrentarse al objetivo en las barbas del sonriente dragón que resguarda el tesoro de su milenario linaje, se embriaga en un florecimiento de apiñados sotoles de bulbos propios para fabricar apergaminado aguardiente. De ahí en adelante ya no podrá desconcentrarse en la pared que hace la diferencia de una salida de engorde, pues, él vino a practicar escalada libre en roca, al máximo nivel. -Ese de si caes estás con suerte muerto, o si quedas malherido con el hálito de cordura sobrante podrás ingerir el calmante definitivo; y así, ustedes, muchachos, a cazar conejos sin el detente mental de mi bípedo ¡ausss...! quitándoles el gusto de pasar sangre viva por sus fauces, y sabrán aparearse con los lobitos de páramo para formar una nueva generación de híbridos que le darán la bienvenida a Lovochancho, quien reconocerá los negros y fuegos del pelaje de los ancestros teutones de la señora Panda y de usted señor Danus... -divagó separándose de los vistosos tallos de sotoles en flor.

Arriba, ya topándose con la quijada granular del dragón, ajeno a preámbulos sentimentales, inició la escalada: todos sus sentidos trabajan verticalmente, no regresó a ver más al delicioso valle ni a los canes que saben hasta donde llegar con el superalfa, ellos se dedican a montar su territorio de seguridad esparciendo a discreción sus feromonas. Llegó a su mundo vertical sólo con las herramientas de subir naturales: la fuerza sustentadora de sus pies y el poder de precisión de sus manos, sus dedos se prenden a la roca como el tacto dactilar de un músico a la guitarra o al piano: poder si funcionan, espanto si se apagan. Aquí empata con el duende de la guitarra flamenca del maestro José Miguel, cuando en las ondas de radio Marañón envía sus creaciones al espacio sideral, en una sonda que viaja sin retorno a los confines del universo.


El Túnel
Fifí
Lovochancho en el Sincholagua (6)
Lovochancho en el Sincholagua (5)
Lovochancho en el Sincholagua (4)
Lovochancho en el Sincholagua (3)
Lovochancho en el Sincholagua (2)
Lovochancho en el Sincholagua (1)
Albertina
Entre la Sensualidad de Gea.
Arriba del Letrero que reza "Bosque Encantado"
Del Incandescente Guagua al adusto Rucu.
Montañas y Canes.
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Aventura en los Himalayas VII
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Aventura en los Himalayas III
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Aventura en los Himalayas I
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