January 25, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 21080 veces. | Tell a Friend
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Kantoborgy hace progresiones en la ceja sur oriental que conduce a la base de piedra del bonachón gigante aún adormilado en el vaporoso amanecer; lo siguen a galope Pincho y Panda, siendo que cada vez que pica pendiente arriba, aprovechándose que ellos están distraídos con las fragancias a conejo, resuelven que el superalfa quiere jugar a ser presa huyendo a propósito, y alcanzándole le llenan de lengüetazos disputándose sus palmadas. -Con éstos es inútil ponerse serio -repicó protegiendo su rostro de la salvaje amistad lobuna-. Le viene refrescante el divertimento con los cuadrúpedos luego de haber pasado tres noches de campamento en su tienda de altura Wilbur, sobre la cota de los cinco mil metros, en el abrupto nevado Cayambe, donde practicó ascensiones velocistas a la cumbre, a día consecutivo, en función de su itinerario para acceder al súmmum de la fuerza psicofisiológica que requiere para su tarea en la zona de la muerte, escalando allende los siete mil metros de altitud himaláyica.


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     Atendiendo la prohibición de ingresar perros, mimetizado con la aurora, se deslizó furtivamente al Parque Nacional Cotopaxi. Los canes, habiendo abundancia de conejos, no se han desayunado todavía con tales vegetarianos, al menos no lo han hecho ante su rango visual; aunque, a minutos de haber iniciado la caminata, Pincho, atrapó uno en sus narices; sin embargo, por reflejo de los concursos de adiestramiento en que ha participado, apenas le dio una orden de soltar la presa, ¡ausss...!, y éste automáticamente la liberó de sus potentes maseteros, lo hizo antes de haber dado el sacudón mortal en su traquea, dejándole en sus manos el albur del inerme conejo que se le escapaba el corazón por los ojos. -Panda no hubiera reprimido su instinto de triturar por el capricho del superalfa, me lo devolvía muerto para que me lo coma o se lo ceda a ella por falta de apetito -observó despistando a los canes, enviándoles a buscar un palo en la dirección contraria donde liberó al roedor.

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     Atravesando un prado con ralos árboles diminutos pero de formas hercúleas, asemejándose a un paisaje liliputiense, se fue disipando la bruma mientras al norte, y tirando al abismo verde de la amazonía, se iba esbozando un diorama volcánico de quilates: aquí mismo, atravesando el valle de Limpiopungo y las dunas de Krizofilax, afloran los picos del encarnado Sincholagua y la oblonga calavera del nevado Antizana; y clavado al norte se perfila el filudo Cotacachi; y, en plena línea equinoccial, sobresaliendo de la panza de la madre Tierra, aparece el iracundo Cayambe. Haciendo un alto a sus correrías en terreno irregular, procede a saludar formalmente, a la usanza de los caballeros góticos, a los gigantes en formación desordenada, ensayando una suerte de oda telepática a cada uno de esos autosuficientes solitarios, en tanto la mirada sulfúrica del cíclope Cotopaxi se abría paso entre un cúmulo de nubes para quemarle las espaldas. Cuando regresó a ver atrás contactó con el monstruoso ojo del volcán arropado, indispuesto para las visitas. -Fíjate feroz Panda, aquí estamos de rumba en el soleado jardín del Dragón Rojo, que ya nos enseñó sus humeantes cuernos; y, a segundos -dando zancadas de Gulliver-, está el cíclope enfurruñado que no quiere recibir a nadie en su seno -manifestó ante los contrastes de la serranía en una mañana que reparte microclimas a placer, y añade-: Si alguien quiere cellisca, viento y desolación, dirígase en manada parlante al volcán del frente; si desea un banquete de aromas vegetales, sonidos de riachuelo, paisajes de valles recónditos, y en el fondo palpar la piel rugosa de un animal mitológico, ocúpese de lo suyo fuera del rango sensorial de Kantoborgy.

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     Previamente a enfrentarse al objetivo en las barbas del sonriente dragón que resguarda el tesoro de su milenario linaje, se embriaga en un florecimiento de apiñados sotoles de bulbos propios para fabricar apergaminado aguardiente. De ahí en adelante ya no podrá desconcentrarse en la pared que hace la diferencia de una salida de engorde, pues, él vino a practicar escalada libre en roca, al máximo nivel. -Ese de si caes estás con suerte muerto, o si quedas malherido con el hálito de cordura sobrante podrás ingerir el calmante definitivo; y así, ustedes, muchachos, a cazar conejos sin el detente mental de mi bípedo ¡ausss...! quitándoles el gusto de pasar sangre viva por sus fauces, y sabrán aparearse con los lobitos de páramo para formar una nueva generación de híbridos que le darán la bienvenida a Lovochancho, quien reconocerá los negros y fuegos del pelaje de los ancestros teutones de la señora Panda y de usted señor Danus... -divagó separándose de los vistosos tallos de sotoles en flor.

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     Arriba, ya topándose con la quijada granular del dragón, ajeno a preámbulos sentimentales, inició la escalada: todos sus sentidos trabajan verticalmente, no regresó a ver más al delicioso valle ni a los canes que saben hasta donde llegar con el superalfa, ellos se dedican a montar su territorio de seguridad esparciendo a discreción sus feromonas. Llegó a su mundo vertical sólo con las herramientas de subir naturales: la fuerza sustentadora de sus pies y el poder de precisión de sus manos, sus dedos se prenden a la roca como el tacto dactilar de un músico a la guitarra o al piano: poder si funcionan, espanto si se apagan. Aquí empata con el duende de la guitarra flamenca del maestro José Miguel, cuando en las ondas de radio Marañón envía sus creaciones al espacio sideral, en una sonda que viaja sin retorno a los confines del universo.

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