
Pincho vive en su olfato la cercanía de ganado vacuno, da acrobáticos saltos señalando con su trompa las estribaciones menores de la soleada ala norte del cóndor de piedra, el cerro Rumiñahui. Jadeando ladea su lobuna cabeza de macho alfa, estirando el cuello infiere ansiosa mirada al pajonal en lontananza, esos profundos ojos almendrados se encienden en su instinto de juntar al rebaño en un reducto que él domine. Emitiendo vigorosos ladridos se unen a la convocatoria a pastorear las hembras Panda, Kochi, Vaty y Dina; bajo la égida del líder Pincho se disponen a partir, en la confianza que da la manada, en pos de reunir al disperso ganado.
-¡Sigue! -aulló Kantoborgy extendiendo su brazo izquierdo en dirección a la mancha bovina-. La orden del superalfa dispara el instinto de presa de los canes que se precipitan en el reverdeciente páramo. Kantoborgy fascina con la salvaje expansión de los pastores, no se cansa de verlos recuperar su instinto de presa; morigerando su marcha se para a disfrutar de ese galope emancipador, ya pierden en la ola dorada, entretanto la costumbre le ofrece el caramelo de eucalipto para abrir su olfato bípedo al encanto volcánico de las tierras altas. -¡Carajo, me están empezando a gustar estas salidas de agache! -dijo con voz rasgada Kantoborgy, veterano recolector de presas verticales, escalador, en solitario, de indómitos diedros de roca y hielo.
Intempestivamente, la manada perruna parece sosegar su eufórica carrera contra la mansedumbre bovina... Algo perturba el sonoro trajinar de los pastores agrupando a las presas, no revienta la imagen del lobo arriero. Kantoborgy emite su agudo silbido para reanimar el ímpetu del líder Pincho, la respuesta en la soleada llanura viene con el mugido rumiante del rebaño. La quieta actitud de los lobos urbanos lo alertan, están como olfateando la invisible pared que impide su avance, atónitos ante la infelicidad de no cuajar su instinto de presa. Kantoborgy avanza hacia la manada, y, paulatinamente, va entendiendo que se interpone una zanja en el lucimiento de los canes. La hembra dominante, Panda, viene a su encuentro gimiendo de impotencia, tras ella vienen las otras tres hembras, el alfa Pincho desapareció a golpe de vista en el pajonal. Kantoborgy, alcanzando la abrupta quebrada, se percata de la profundidad que hizo añicos la voluntad de los pastores: seis metros abajo, un arroyo serpentea entre filos rocosos. Fugazmente, Kantoborgy, creyó ver la figura inerte de su amigo, despatarrado en las piedras del riachuelo. Kantoborgy desciende al abismo, rastreando el mortal silencio de Pincho; cargando la pesada mochila, la puerca ochomil, la que regresó de su ascenso invernal y en solitario a la vertiente del Rupal, en una salida de franco engorde espiritual, como dijo ante la mirada pasible de su maestro en Filosofía Vertical: Olegario Castro.
Kantoborgy, trémulo, llama al amigo en desgracia: -¡Pinchooooo...! -retumba en la bruñida pampa-. Y, enseguida, Pincho, saliendo de su propio asombro, reacciona devolviendo sendos gemidos al superalfa. -¡Carajo, conque ahí estás moviendo la cola, zoquete! -replicó enfiestado Kantoborgy-. Pincho, desde el acolchado banco de arena que, al otro extremo del abismo, amortiguó su caída luego de su portentoso salto, prorrumpió en ladridos. -¿Serán cinco metros? -dijo Kantoborgy palmoteando al amigo de la sonrisa salvaje, quien dejó que los mágicos instrumentos, sacados de la gorda mochila, lo pongan de regreso a trotar hacia las laberínticas dunas al pie de la cara este del cerro Sincholagua. Dando la espalda a la fallida exhibición de pastoreo, la manada desistió de galopar, haciendo lo que los lobos ejecutan magistralmente, flotar en el mundo de los instintos.
Lovochancho en el Sincholagua (4)
Lovochancho en el Sincholagua (3)
Lovochancho en el Sincholagua (2)
Lovochancho en el Sincholagua (1)
Albertina
Entre la Sensualidad de Gea.
Arriba del Letrero que reza "Bosque Encantado"
Del Incandescente Guagua al adusto Rucu.
Montañas y Canes.




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