Tiempo ha que he deseado viajar a un distante planeta, o a una simple roca, una de esas gúgolplex de rocas que caen frenéticamente en sus erráticas o elípticas órbitas alrededor de la nada.
El impedimento siempre fue la limitación impuesta a los objetos por aquella elegante teoría, ahora muy antigua, de la Relatividad Restringida. Se requería demasiada energía para acelerar a un pedazo de materia como lo es mi funda orgánica. Porque mientras más aceleraban a mi cuerpo, éste más peso ganaba, tal como dictan los cálculos del Dr. Hans A E Koch. Hasta convertirse en una imposibilidad práctica el acelerar mi materia al 90% de la velocidad de la luz. Mi masa tendería al infinito y lo mismo la energía necesaria para mantener su aceleración.
Ahora todo ha cambiado, los fundamentos teóricos de la física siguen siendo los mismos, pero la tecnología en su evolución permite viajar tan rápido como la luz. Se aprovecha las teorías de Don Magueijo, sobre la variabilidad de la velocidad de la luz en condiciones especiales de la lámina espacio-temporal. No viaja el cuerpo material, viaja la información, a la velocidad de la luz, sin violar la teoría relativista. Cosas de la mecánica cuántica.
Pesadamente, pero con una decisión inquebrantable, ingreso al impoluto laboratorio de Algoritmización Bípeda, los enormes escáneres harán una réplica exacta del dialéctico algoritmo arquitecto, que puede construir y reconstruir un YO u su carcasa.
El mapa de instrucciones matemáticas que dictan sin error, el cómo y qué tipo de quarks, deberán usarse para construir en el planeta destino, a los electrones, neutrones, protones es decir a los átomos que me conformarán, para hacerme sentir, ver, oler, escuchar, manteniendo mis recuerdos de ahora, en planeta que he decidido visitar.
Hago esfuerzos por evitar escuchar la verborrea macilenta del psicólogo del laboratorio de Algoritmización Bípeda, quien siendo humano, parece un programa derivado de los Sistemas Expertos, esos que no son más que silicio programado para comportarse como un psicólogo humano , siendo una simple máquina que combina todas la teorías existentes sobre psicología.
El maledeto doctorcito, me pide tranquilidad, me dice – Usted será el mismo, cuando llegue a su destino, todos sus recuerdos son parte del algoritmo, no perderá nada, se lleva consigo hasta las caries y esas úlceras causadas por su mal carácter, inclusive eso también se manifestará allá-. -Me pregunto -¿y qué pasa con mis miedos, mi conciencia, también viajarán, son parte del algoritmo?-.
La teoría de la Algoritmización Bípeda, sostiene que los humanos somos computadores , cuyo hardware es actualmente infinitamente superior a cualquiera de silicio, por eso puede albergar la mente, es decir el software de los seres orgánicos; pero que pronto los ordenadores cuánticos serán capaces de albergar el algoritmo de un humano. Esto significa que la conciencia, semántica, la intencionalidad innatas de un bípedo, por generación espontánea surgirán, sea cual fuere el tipo de materia, orgánica o inorgánica, que constituya al cuerpo, es decir al hardware.
No me atrevo a preguntarle nada al psicólogo, porque aunque los tiempos han cambiado, la ciencia y la tecnología han crecido exponencialmente, el humano sigue igual, y estos mediquillos del cerecate, continúan creyendo que uno tiene líos tanto si acude al médico, como si no lo hace. Son como las taras religiosas.
Mientras el pulpo robótico embadurna mi funda orgánica con esos inodoros e incoloros geles, mientras me inyectan sospechosos líquidos, con el objeto de que no falle la escaneada, sigo rumiando mi infelicidad metafísica, sigo mascullando mis dudas existenciales. El doctorcito habla de lo –feliz- que seré montado sobre nuevas partículas, sobre nuevas moléculas, sobre nuevas células. Como si fuera fácil olvidar las palabras que como glíglicos grabados permanecen en mi mente, y espero también sean tele-transportadas a mi nuevo destino, me refiero a las frases de aquel venerable Físico y Literato el Dr. Ernesto Sabato:
“Al incorporarse un extraño animal sobre sus dos patas traseras, abandona para siempre la felicidad del reino animal, para inaugurar la infelicidad metafísica” y
“La razón no sirve para la existencia, tan solo sirve para demostrar teoremas o fabricar aparatos, el alma del ser humano, está para otras cosas”
Infelicidad metafísica, que según la teoría de la Algoritmización Bípeda, se crea espontáneamente, sobre cualquier máquina capaz de albergar y ejecutar mi algoritmo, mi mapa constituyente.
Los creadores de estas teorías, dicen que no somos más que robots orgánicos, que somos simplemente seres más complejos que la garrapata, cuya algoritmo tiene solamente dos funciones básicas: comer y reproducirse, las mismas que se disparan con dos feromonas, que si usted derrama en un circulo el olor que activa el switch de la reproducción, esta maquinita animada, llamada garrapata, morirá recorriendo el odorífero lugar geométrico, sin enterarce de que era un engaño. Estos creadores de engendros, no han podido emular lo más básico de un bípedo, su locomoción. Sus robots siguen siendo torpes, ninguno ha podido trepar velozmente una simple escalera, y ni en sueños escalarían la línea mágina de la montaña Chogori. Pero ya se consideran dioses. Lo máximo que ya mismo logran es el Ascendedor, traje que permitirá a los vagos trepar los himalayas, ollar con su nauseabunda instancia corpórea la última región platónica del planeta tierra. Región que antaño fuera mancillada por ordas de bípedos noveleros, hasta convertirla en el cagadero más alto de la tierra.
Han terminado de embarrarme, y me han embriagado con sus inyecciones, me dicen que estoy listo para entrar en la luminosa cámara del escaner; el único que mantiene el ceño fruncido, demostración de que tiene sus dudas, es el psicólogo. Entiendo su preocupación, porque ante tanto sermón, solo atiné a decirle – No sé quien llegará al planeta de destino-
El proceso de escaneo es sencillamente alucinante, la instancia cerébrica al ser bombardeada por chorros de fotónes sincronizados, causa que la mente imagine cosas y seres indescriptibles. Me pregunto si esas imágenes fueron también capturadas en mi algoritmo resultante. Creo que algo así debío sucederle al creador del terror cósmico, para quien un vuelo con LSD era simple imaginación de garrapata.
Estoy listo para el viaje, no habrá ningún Enoc Wallace que me reciba en una campestre estación de tránsito, no tendré que tomar la estructura física de un cangrejo, pulpo o garrapata, para disfrutar de las maravillas del planeta Orcón que visitaré. No sufriré el trauma de Gregor Samsa. Aunque según los creadores de la Algoritmización Bípeda, sobre cualqueir estructura que pueda ejecutar mi algoritmo, espontáneamente seré y tendré mi YO.
La teletransportación va a iniciarce, mi algorítmo ha sido encriptado para la trasnmisión, pero a mi cuerpo orgánico le asiste una duda de última instancia, el algoritmo matemático obtenido, es decir la información útil para reconstruirme, información que es parte intrínseca de la materia que es energía congelada, y que está ligada a la materia a nivel cuántico, ya no tiene conocimiento y por tanto memoria, de lo sucedido despues del escaneo, estos razonamientos ya no estarán con mi YO, cuando pasee por las playas doradas del planeta Orcón. Es otro el que disfrutará del viaje, y tendrá experiencias mentales y corpóreas, puesto que me he librado del último proceso a ejecutarce en la Algoritmización Humana: escapé a la volatización de mi YO original.
Leonardo Vivar
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