
¿Por qué no gritaba, no lo llamaba? El silencio de Bárbara lo inquietaba y lo hacía encogerse como un caracol, como un perro que espera el golpe de un momento a otro. Siempre al borde del pánico, Celestino recordó al albur de aquel hallazgo cómo restauraba las monedas y los pequeños objetos de metal encontrados con cosas tan simples como alcohol y bencina. La radio resonaba entretanto cada vez más cerca y ya podía atrapar algunas palabras sueltas: al parecer se avecinaba una ola de calor procedente del norte de África. Escuchó la cifra: “40 grados, tal vez 45”, con una satisfacción incrédula cuyas razones, de momento, no podía discernir.
Tal era la cháchara de la que iba pendiente su mujer mientras avanzaba titubeante por el pasillo. Tal vez por eso había interrumpido sus gritos, había dejado de llamarle hacía rato. ¿Pero, por qué le importaba tanto el calor? A él no le importaba en absoluto: el calor, el frío, el movimiento de los astros, el paso de las estaciones, escapaban a su competencia. Todos los años, por otra parte, solía llegarles aquella ola, con terrible puntualidad, y durante unos días el aire africano hacía las jornadas, especialmente las noches, insoportables. Ahora que lo pensaba con calma, nunca había comprendido a su mujer: la había querido, temido y odiado por este orden, pero nunca había llegado a comprenderla de veras.
“Es capaz de echarme la culpa también por esto”, se dijo, alerta, mientras acariciaba la moneda extrañamente fría. No era el calor, sino la humedad, lo que aconsejaba conservarlas en el frigorífico antes de ser limpiadas con la bayeta. Una vez Celestino guardó sin darse cuenta varios sestercios recién desenterrados en un cajón y, cuando quiso acordarse de ellos, la humedad los había descascarillo, arrancando parte de la leyenda y del retrato del Emperador Claudio. Celestino lloró como hubiese llorado Bárbara si una mañana se hubiese encontrado muerto a su Tiberio, rígido y frío en el suelo de la jaula.
En ese momento se abrió la puerta y, al par que la silueta de Bárbara, irrumpió en la habitación la cháchara de la radio. Tiberio seguía mudo al otro extremo de la casa:
-Llevo llamándote una hora.
-¿Qué pasa?
Bárbara barrió la mesa con la mano libre, sin mirar, provocando un estrépito con los objetos que rodaban al suelo, y colocó en medio la radio:
-Escucha.
Simulando ignorancia, Celestino prestó atención sin apartar la vista de su mujer, que había ocupado la única silla tras arrojar al suelo dos o tres volúmenes. Daba la impresión de que quería despertar a Tiberio con aquel estrépito amortiguado por la distancia. El sol que traspasaba literalmente la cortina la hacía parpadear revistiendo su expresión de una engañosa perplejidad.
-Viene una ola de calor, concluyó, como si su marido fuese incapaz de comprender: ¿entiendes? hay que hacer algo por Tiberio.
-No será para tanto, sonrió Celestino, confiando en que sí fuera.
-¡Imbécil!, estalló ella, levantándose de sopetón
Y fue hacia él. En ese momento providencialmente, el pájaro cantó. Bárbara se detuvo, extasiada. La casa entera parecía embelesada en el canto.
Entre tanto la temperatura subía por momentos. Un vapor lechoso, como si una máquina de vapor se hubiera puesto en funcionamiento allá abajo, flotaba ya ante la ventana. Celestino estaba ahora junto a la puerta esperando instrucciones:
-Baja a comprar un ventilador, mejor dos, los más grandes que tengan, (no tenían aire acondicionado porque el ruido perturbaba a Tiberio, y porque el aire podía enfriarse demasiado para aquel); y date prisa, esto empieza a parecer una sauna; yo iré llenando mientras tanto los cubos para el hielo; hay que despejar el frigorífico para hacer hielo…
Celestino se quedó paralizado: ¡sus monedas, sus restos arqueológicos! Cambió rápidamente de postura, apoyándose en el otro pie. ¡Eso si que no! Bárbara seguía explicando, con la voz y el tono de la maestra que se dirige al alumno más torpe de la clase, del colegio:
-Mientras se hace el hielo, comprarás dos o tres barras, las más grandes que tengan. Si no tienen barras, te traes media docena de bolsas de cubitos de la gasolinera, y apresúrate antes de que se gasten, (la gasolinera estaba a media hora de allí, ¿cómo pretendía que volviese con el hielo intacto si no le daba las llaves del coche?). En su histeria, Bárbara se imaginaba ahora a todo el vecindario corriendo al surtidor a comprar, a acaparar el hielo. ¡Tengo que explicártelo todo desde el principio!, prosiguió.
¿Lo has entendido? Habrá que mover algunos muebles, ajustar las ventanas. ¡Dios mío, esto es un horno!
La radio pasaba los anuncios. Tiberio se había vuelto a callar. Bárbara auscultaba ansiosa el aire tomado por los spots radiofónicos.
Al ver que su marido seguía allí, estalló:
-¡Vete!
-Las monedas, titubeó Celestino, con asombrosa osadía.
-¿Qué monedas?
De repente comprendió:
-¡Las tiras a la basura! Amplió esta frase con un gesto inequívoco: ¡Y todo esto también, a la basura, en cuanto vengas!
Celestino el catoblepas movió los labios sin producir ningún sonido. Asperjó saliva, tragó aire y comenzó para sí una larga explicación de por qué no había que sacar las monedas ni la figurita de la diosa Astarté, en bronce, que por lo demás, ocupaban un rincón insignificante del frigorífico. En su aturullada imaginación, Bárbara lo escuchaba, y él se iba abriendo paso con sus argumentos contundentes, en un tono pedagógico, hasta ella, y al final hasta se emocionaba y le daba la razón. Casualmente una de las monedas que guardaba en el frigorífico era un ejemplar rarísimo, muy valioso, pertenecía al período del Emperador Claudio, y además de conservar casi intacta su efigie (el calor la descascarillaría en una hora), mostraba en el reverso una alusión a la reciente conquista de Britania. En cuanto a la estatuilla en bronce de la diosa fenicia Astarté, de ascendientes hititas, a la que sólo le faltaba un brazo y un trozo del pie derecho, también era un ejemplar único, especialmente raro fuera de Creta y del Mediterráneo oriental. Celestino movía rápidamente los labios asperjando saliva sin cesar, mudos, pero como si realmente hablara tocado por el don de la persuasión, hasta el punto de esbozar dos o tres gestos graciosos, elocuentes. Por suerte para él su mujer no estaba pendiente de lo que hacía en ese momento: la radio volvía a dar sus machaconas recomendaciones contra la ola de calor, y Tiberio callaba. ¿Por qué callaba?
Sin mirar a su marido, lo apartó de la puerta justo cuando éste empezaba a explicarle, sin pronunciar una palabra, el efecto devastador del calor sobre los objetos antiguos, sobre todo cuando han estado varios siglos sepultados bajo la tierra húmeda. ¡Tiberio,
Tiberio, Tiberio!, repetía.
Al final del pasillo de pronto se volvió:
-¿A qué esperas?
Celestino el catoblepas parpadeó como si la interpelación no fuera con él. A esa distancia en la penumbra, y con aquella ropa oscura, su mujer parecía una cucaracha. Cucarachas y ratones también eran nefastos, enemigos para los objetos antiguos.
Interrumpiendo sus pensamientos salió a la calle.
El día irrumpía con flama insoportable. Ya en las escaleras notó la bocanada de calor que parecía subir de sótanos, de cloacas, de todos los recovecos nauseabundos y subterráneos de la ciudad. Todas las puertas estaban cerradas, selladas como parapetos inútiles, hostiles. En cada descansillo una ventana desencajada con el cristal borroso, roto, parecía anticipar el infierno.
El infierno no, pero un horno aéreo, invisible, lo recibió en la calleja ante el portal. El enlosado ardía ya, y cuando Celestino hubo de cruzar la calle le pareció que el asfalto se derretía bajo sus pies. Un olor pegajoso e indefinible flotaba en el aire irrespirable.
En cuanto sacara sus monedas y sus figurillas de bronce recién desenterradas del frigorífico, aquel calor las descascarillaría como terrones de azúcar. En ese momento pasaba una mujer con aspecto de loca, enlutada, bajo un paraguas negro a modo de parasol, y Celestino volvió e pensar en su mujer y en las cucarachas que todos los veranos invadían su casa desde las cañerías. Sin hilación, un pensamiento le llevó a otro y a otro, relacionó el calor con los desagües, con el mundo subterráneo de las alcantarillas; y éste con el Infierno (el Hades); y éste con la noche; y de nuevo con el color negro de la ropa de su mujer y con las cucarachas y el veneno que utilizaban para exterminarlas. Se secó el sudor con un pañuelo de color sospechoso, y cruzó la calle.
Un gato saltó ante él haciéndole sonreír por primera vez aquella mañana. Y trayéndole bruscamente a la memoria a su enemigo. Celestino se detuvo entonces, antes aún de haber alcanzado el extremo de la calzada, y, volviéndose hacia la ventana hipotética de Tiberio, le envió todo el calor de la calle con un gesto elocuente semejante a un abrazo, sin dejar de sonreír, con un destello malévolo en los ojos. El gato se escabulló bajo sus pies. De una pobre hilera de naranjos se derramaba como un canto fúnebre un alboroto de gorriones.
Sus monedas y sus figurillas estaban perdidas. Tal vez Bárbara quisiera aprovechar también el despacho y convertirlo en una habitación de invierno para Tiberio. Era la pieza más soleada de la casa, bien ventilada, abierta sobre un trocito de calle insinuado aquí y allá de verdor. La habitación que ocupaba ahora en cambio, fresca y oscura, daba a un patio resonante e impregnado por el olor de las cocinas y la humedad de las macetas. Tal vez en ese mismo momento, mientras él cruzaba la calle y entraba en la ferretería, su mujer ya estuviera apilando sus libros y sus cosas y metiéndolos en bolsas para tirarlos esa misma noche a la basura. Él ocuparía el vestíbulo junto al cuarto de baño. Celestino apretó los puños hasta que los nudillos, orlados de rojo, se le pusieron blancos. También apretó los dientes, empujó con brusquedad, con una fuerza desproporcionada, la ligera puerta acristalada, haciéndola vibrar y volverse a los clientes que abarrotaban en ese momento la tienda, y entró. Ya le parecía escuchar, en medio de la polvareda, el grito impotente de auxilio de sus libros y sus antigüedades indefensos, conforme eran amontonados. En su rabia, también creyó oír el canto de Tiberio, gozoso, trémulo, hasta que se percató de que el dependiente le preguntaba por tercera o cuarta vez qué deseaba. La gente había dejado de mirarle.
-Necesito un ventilador grande o dos pequeños, respondió tranquilamente.
El joven le mostró uno moderno, que se diferenciaba básicamente de los convencionales en que no hacía ruido. Luego, le explicó, estaban los de aspa panameña, pero no se los recomendaba: además de ser armatostes, apenas si movían el aire, y hacían un ruido infernal.
-Pero si lo que usted quiere es un ventilador que refrigere, sonrió, no lo hay.
-¿Y este?
-Para una habitación pequeña hace demasiado ruido y para una grande no sirve.
El dueño, al oír la conversación, se acercó:
-Vete al almacén a por esto, dijo, y volviéndose a Celestino: este de aquí.
Lo compró. La caja apenas le dejaba ver la calle que parecía a punto de disolverse en un vapor caliginoso. El sudor le impedía ver. No se le ocurrió tocar al timbre, una vez lo había hecho, dejó el bulto en el descansillo y buscó las llaves. Cuando entró se llevó una agradable sorpresa: Bárbara no estaba. Había una nota:
“Ve a por el hielo”.
En dos zancadas cruzó el pasillo. En la densa penumbra de la última habitación, la que daba al patio, distinguió a Tiberio inmóvil, en el suelo de la jaula. La zarandeó y volvió a salir a toda prisa. En el corredor, disimulada tras una cortina, había una ventana que daba a la sofocante escalera. La abrió sin descorrer la cortina y se dirigió al frigorífico. En efecto, Bárbara lo había vaciado.
En ese momento le pareció oír el ascensor que subía. Corrió al vestíbulo, salió sin entretenerse en desembalar el ventilador, y en un santiamén estuvo de nuevo en la calle.
Aún no habían puesto los contenedores en el portal, así que Bárbara no había tenido tiempo de tirar sus monedas a la basura. Tal vez pudiera rescatarlas aún. Con este pensamiento desesperado y a la vez esperanzado, se alejó a toda prisa.
Cruzó la calle en dirección a la gasolinera. Iba sonriéndose al pensar en el aire sofocante que en ese momento estaría entrando desde la escalera en su casa. Al ver su rostro reflejado en un escaparate, se detuvo asustado. La luz radiante, cegadora, de la calle reverberaba con fuerza en el cristal rebotando contra el interior oscuro de la tienda transmutado en fondo de espejo.
Celestino, el catoblepas, estuvo aún un buen rato contemplándose, y estorbando el paso de la gente. Su conciencia se dispersaba por momentos, entre la gesta británica del Emperador Claudio (despreciado y vilipendiado al principio de su reinado, por contrahecho y tartamudo), y la simpatía por los gatos, cazadores implacables.
Para llegar a la gasolinera aún le quedaba un buen trecho. “¿Cómo pretende que traiga hielo a pie con este calor?”, murmuraba, y silbaba. “No importa”. Llegó al fin al punto donde había que cruzar el río Beiro, torcido y oscuro, sobre un puente bajo de ladrillo, tan estrecho que apenas cabía un coche. Celestino se detuvo en la mitad rememorando la gesta de César al cruzar el Rubicón. El agua, apenas un caño exhausto y sucio, le fascinaba. ¡Sus monedas y sus dioses se pudrían por un pájaro! Una camioneta (¿un augurio?) le pitó, y resultó que vendía hielo y que volvía en su misma dirección. Compró dos barras grandes y se acomodó junto al muchacho que sudaba y resoplaba:
-¡Suba!, le había dicho.
-Gracias.
Y sintiendo que él también cruzaba el Rubicón, se acomodó junto al joven que sudaba y resoplaba, atento a las noticias deportivas de la radio.
Consiguió así alcanzar su portal con las dos barras de hielo prácticamente intactas.
En dos zancadas se plantó ante su puerta, la abrió y metió las barras en el frigorífico que ya estaba atestado de bolsas de de hielo de diferentes tamaños y hechuras. No sin antes comprobar con satisfacción que la ventana del descansillo seguía abierta, disimulada por la cortina.
La casa dormía sofocada, aplastada por el calor. “¿Eres tú? ¡Trae el hielo!” Celestino el catoblepas comprendió que no era el momento de hablar de sus monedas. Y en un instante, como si fuera algo que hubiera planeado durante largo tiempo, incluso años, comprendió lo que tenía que hacer.
El ventilador giraba produciendo más ruido y estrépito que aire ante la jaula de Tiberio. De espaldas a la puerta (no se volvió cuando él entró cargado de bolsas de cubitos), Bárbara colocaba el hielo entre el armatoste y la jaula, que había descolgado de su pie dorado. Pero otra corriente de aire sofocante y asesina se colaba desde la ventana abierta, disimulada por la cortinilla del pasillo. Al ver que el pajarraco seguía mudo, en el suelo de la jaula, lo traicionó una sonrisa.
-¡No, las barras, las barras!
Celestino volvió sobre sus pasos, con calma. Acomodó las bolsas de hielo en la nevera y sacó la primera barra, dura y maciza, del congelador. A un lado, junto al fregadero atorado de desperdicios, resudaba y olía a comida desalojada. El recuerdo de las monedas volvía a él una y otra vez.
Entre tanto, Bárbara ya hablaba, ya canturreaba, tan cerca de Tiberio como podía. Tampoco esta vez se volvió al oírlo. Sin mirarlo, colocó la primera barra ya pegajosa ante la jaula. Llevaba así más de una hora, arrodillada ante el jaulón absurdo.
Con la segunda barra de hielo Celestino el catoblepas le descargó un golpe certero en la base justa del cráneo. Bárbara apenas tuvo tiempo de gritar. Se desplomó con los brazos extendidos hacia la jaula, donde ya empezaba a llegar un charquito que pronto se teñiría de rojo.
Celestino se acomodó en el suelo, a esperar.
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