October 05, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 15713 veces. | Tell a Friend
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      La calle Recogidas estaba llena de gente aquel día, el primero de las rebajas.
      Rosa cruzó, como siempre, desde el Hotel Victoria. Atravesó el vestíbulo de los Multicines Recogidas, donde se detuvo un minuto para echar un vistazo a los escaparates, y enfiló hacia Zara.


      Como era imposible entrar, siguió calle abajo, hacia el Camino de Ronda, por la acera flanqueada de perfumerías, boutiques, bisuterías, zapaterías, y tiendas de regalos. Las motos le cerraban el paso hacia la calzada. Aquí y allá flotaban las vaharadas de las tiendas de comida rápida. Ante cada escaparate había al menos cinco o seis personas estorbando. Por fin, a la altura de Patricia, selecta y desierta como siempre, torció hacia la Plaza de Gracia. No había recorrido veinte pasos cuando una amiga:
      -¡Rosa!, la llamó.
      Tras observarse largamente (qué flaca, qué pálida, qué desmejorada), se despidieron. Cayó en la cuenta que era ya cerca de la una. Restos de adornos navideños flotaban entre las fachadas.
      En Los Guerrilleros se probó, al fin, unos zapatos y unas botas para la lluvia. Animada, comenzó su periplo de tiendas. Subió hasta la Plaza de La Trinidad, que no le gustaba cruzar por los borrachos, y porque los perros le daban miedo desde que era niña. Echó un vistazo al escaparate de la Librería Flash, de allí torció hacia Mesones, y volvió a desembocar en Recogidas.
      Esta vez fue hacia Alhóndiga, Traductores. Se sintió indispuesta. Se sentó en la placita próxima a Artes y Oficios. No había desayunado. Abrió el bolso, tras desenredar los dijes. Sólo dos caladas, dijo dirigiéndose a su barriga, sonriendo. El sol entibiaba los bancos y los cuatro naranjos escuálidos, encanijados, algo más altos que las papeleras.
      En Premamá se entretuvo otra media hora. En plenas rebajas, ningún establecimiento del centro cerraba a mediodía ni siquiera entre semana. Una dependienta jovencísima se le acercó.
      Tras comprobar que le quedaba bien un pichi graciosísimo, vaquero, sacó las tarjetas. Todas habían sido anuladas hacía días. Podía pagar en efectivo, ya estaba contando los billetes de veinte y cincuenta euros, cuando las manos empezaron a temblarle.
      “No es nada”. La dependienta había desaparecido entre los carritos y los probadores.
      Aquello le ocurría sólo con los billetes. Ocupó una mesita en Bocatas y pidió un café. Era como intentar romper con un ladrillo la luna de un escaparate. A primeros de enero habían retirado dos mil euros del Banco, y desde entonces los llevaba encima. ¡En plena semana de Reyes había sido incapaz de gastar más de diez euros que tintineaban en el fondo del monedero, entre las llaves! En cuanto abría el bolso para pagar, las manos empezaban a temblarle como hacía un rato, como si empuñara una pistola.
      Al principio se armaba de valor, entraba en las tiendas. Se sentía indispuesta, prometía volver, desaparecía entre la gente. Dudaba. Poco a poco fue limitándose a mirar desde la puerta, a devorar el escaparate desde la calle, impotente, excluida, desterrada.
      Los dependientes la ignoraban. Sus amigas la trataban con exagerada solicitud. Sólo Eusebio parecía feliz y la llamaba mi ratita y mi ama de llaves. Pero su caso no era tan extraño, como el de esos mendigos que son encontrados muertos en su casa con una fortuna escondida entre la basura. Si tenía una niña tal vez se curara algún día, saldrían a comprar juntas, pero si era niño…
      Una mano se posó en su hombro. Eusebio le murmuró algo. Al poco, paseaban como dos novios por el Parque García Lorca, entre los puestos de libros y chucherías, felices y sin hablar.

Carlos Almira Picazo
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