
Pincho se fue a galope contra el campuroso collado debajo de la chata cumbre menor de la vertiente norte del monte Pasochoa. Allá va a enfrentar a un soberbio toro de lidia que resalta en el herboso paisaje de tierras altas, el cual, a golpe de vista de los bípedos visitantes, por su inobjetable trapío, debió haberse librado de morir en la arena y, encontrándose en usufructo de su ocio incesante -ganado con su sangre derramada en el tercio de varas y banderillas-, se ha quedado fuera de la vulgaridad del rebaño que pasta en los campos cercados de nombrada hacienda.
El magnífico semental azabache, dueño de una hermosura indomable reverberando en los verdiamarillos del pajonal, arremete contra el can al estilo de su pasada gloria en la plaza que lo indultó. Pincho, ya sabio en el arte del engaño, alegre de tener un rival de grave porte otoñal, ejecuta una faena magistral que deja boquiabiertos a Kantoborgy y a Lovochancho, amén de ganarse el respeto del ungulado de casta que finalmente se devuelve, otra vez, a la pampa que lo vio nacer, sin probar la espada del matador. Aunque, para el can alfa, primará lo genéticamente importante: la futura disposición de la núbil Vaty a dar continuidad a su estirpe pastorera.

Más arriba, sin haber sido detectada por los caminantes, desde el panorama ubicuo que tiene el majestuoso cóndor, planea Albertina. Ella, golosamente, desde su estatura privilegiada, fue espectadora del juego entre la presa y el depredador, llenándose de admiración por el gratuito espectáculo que le brindaron esos mamíferos que se dividieron honores por igual en su higiénico lance.
Albertina, retrospectivamente mirando en su memoria entre nubes, recuerda el instante que trabó contacto visual con Kantoborgy, cuando ella fue aprendiza de cóndor volador; entonces, ellos dos, salidos de la bruma que despedía el bosque primario andino, se toparon intempestivamente en lo alto de una roca expuesta al vacío, en un escalón apartado de la ruta corriente a la cumbre máxima. Aquella mañana, Kantoborgy, venía descendiendo morosamente por el musgoso techo de la Montaña de Barro, luego de una apacible noche de vivaque al amparo de caótico árbol de Polylepis; él había decidido bajar temprano, apenas le calentó el sol ecuatorial, para no apoltronarse en la vista opiácea del retazo de bosque primigenio cubriendo la vertiente oeste del extinto volcán. Kantoborgy divagaba en su Galadrina, enredado en esos perfumes arbóreos, inocente de su inmediato futuro: el nacimiento de una amistad de altitud entre bípedos en peligro de extinción, encontrándose con el ave que prestó su imagen al escudo patrio, símbolo que puede esfumarse antes que se apaguen sus ojos de hominino.
Albertina los sigue imperceptiblemente con su portentosa vista, mientras Kantoborgy hace la nivelada travesía entre el pie de la precumbre gorda a la base del pico cimero, de cerca lo sigue Pincho que se desatendió de sus cofrades, pues, merced a su cabal demostración de tauromaquia, está embebido en los mimos que le prodiga la joven Vaty. Y, cerrando el grupo, distante en su monólogo, transitando en esa remota zona de su duende egoísta, viene Lovochancho. Albertina los tiene entre ojos, está particularmente curiosa por el can dominante, y bajando de las alturas posa su impotente sombra en tierra, volando rasante sobre las testa lobuna de Pincho, iniciando su propio juego con los caminantes. Pincho se fue tras la sombra sin alzar a ver, mientras Vaty instintivamente se dirigió hacia el superalfa para advertirle que algo desconocido los perseguía desde arriba. -¡Albertina está aquí! -aulló, Kantoborgy, señalando con el índice el vuelo a occidente que emprendió la carroñera, avisando del agradable suceso a Lovochancho-. En tanto se empezaron a reunir nubes a oriente, cargadas de líquido amazónico, preparándose para el chubasco postmeridiano que hará de la montaña un piso saponáceo.

Albertina, en usufructo de la atención que suscitó en los visitantes, se dedicó a repasar sobre el grupo concentrado para saludarla silenciosamente, desde el afelpado piso en la roca cimera del Pasochoa. Pincho aceptó que no podía luchar contra una sombra que se diluía en el viento, y plegó a la contemplación en manada, mientras Albertina dio rienda a su familiaridad con Kantoborgy, haciendo patente su confianza en el hominino que reconoció apenas lo enfocó temprano, cuando la mañana cerúlea regalaba el espejismo de una jornada seca. -Resultó sustanciosa la salida de engorde -musitó aliviado Kantoborgy, y, dando un hasta luego a su contemporánea sobreviviente, siendo que el agua-hielo que se les venía encima no daría tiempo para organizar una amigable retirada, se echó cuesta abajo en desbandada: a cual deberá entenderse con su empapado retorno a la calidez del rocinante ruso.
Juan Arias Bermeo
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