May 12, 2008 | Publicado por: kantoborgy Leído 12820 veces. | Tell a Friend
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III
       No hay horario fijo para mis diurnos mártires, esos, mis ojos, diseño de natura que tomó millones de años para hacer el festín que aprendí a cocinar ya con mis propios ingredientes. No dijo el vate de las ideas encarnadas y la flor en sí: Ojos que despiden poesía: ¡ven!


       Siendo que alzó a ver desde los ventanales (a prueba de los extraterrestres que no me visitan porque no les interesa nada de lo que hago, y a prueba de aparecidos que no los confundo con esos fugaces hologramas de otros colegas en otras dimensiones), y me prendo de una alondra, de un geranio, de un peyote, de todo lo que se alimenta el jardín y parque privado de los instantes de uno. Es como si recién nacieran a mis sentidos los matices que pillan mis orejas sintonizado el coloquio de los ruiseñores, intercalándose con aguaceros y el contundente sol de aguas de la altiplanicie, formando ese “himno a la vida” nietzscheano que se ha concentrado en el ramaje de los árboles que heredé del gentil hombre que los sembró.
       Orejas que estén atentas: escuchan el ronroneo de las cuerdas del universo. Digo yo parafraseando a cualquiera de mis congéneres que lo haya dicho antes, no vamos a crear historia por eso. “Copión, desvergonzado… asimismo has de hacer con los jamones, las mermeladas y las matemáticas que dices son tuyas…”, podría soltarme la mujer que finalmente no fue mi mujer. Lo intentamos, Adelaida, pero eso de las incompatibilidades es una realidad atroz en nosotros, las unidades de carbono, y no en las máquinas que vendes y donde todo suena imparcial.
       Mi amigo Bustamante, ojos y oídos del parque de la Independencia, (buen conversador, sociólogo activo en lo suyo pero en la desocupación industrial, pues, le faltó la especialización en Humanidades Modernas, se atrasó a los cursillos de cómo hacer amigos metiéndose harto billete, merced a los inocuos ácidos de la reprogramación neuronal triádica), me encontró ayer mientras le tomaba el pulso cancerígeno a la ciudad. Genaro Bustamante es fiel a las mesas de consumo libre de agua fresca, municipal, en el sin par café Madrilón, compartiendo los puestos con los jubilados que a la larga sí facturan, sí consumen café expreso en las mesas de mármol del solo establecimiento de la capital que no se niega a dar de beber, -“el liquido vital”-, al sediento conversador de traje raído y corbata.
       A la verdad, yo también quería toparme con el sociólogo, ya oreándome en la milla histórica, entre semana, como el turista que soy en La carita de Dios. Me resultó harto relajante platicar con el citadino empedernido porque es como el encuentro entre mundos, para qué espaciales si uno puede hacer de balde el papel de éstos. De paso que lo invité a disfrutar del menú de los miércoles del Madrilón (con su platillo estrella: Llapingachos a la hortelana), para que les dé tregua a las mesas de los jubilados y al agua municipal de vertiente andina que es la bendición de nosotros, los montañeses. Agüita de taita Cotopaxi nomás es señor…
       -¿Usted, amigo Lovochancho, se va a las altas cumbres a sacarse los demonios? –cuestionó entre jodido y chistoso el ambientalista de plazas memorables. Bustamante se intriga, igual que mi otro amigo eventual, el diurno Vampiro de la Floresta Seca (porque les place creer que “arriba no hay nada”), que subir las montañas es una suerte fútil antes que romántica. Y es así si uno va a “conquistar” picos para las instantáneas del ascensionista-librito, ese que se priva haciendo heroico resumen de ¡la expedición! en los medios, hipiando como sólo los ochomieleros de campanillas, -que no hacen la más mínima variante en las rutas de hace cincuenta años en los montes ochomiles-, saben hacerlo.
       …Así mismo fue Marianita querida, ¡nos entrenamos para sufrir las del criminal Caín!... Duro es este negocio que tenemos con las alturas del señor Trueno Flamígero. No obstante, sabía este humilde expedicionario que con la desinteresada ayuda de ciento treinta cargadores locales, un helicóptero de las Naciones Unidas, toneladas de vituallas deliciosas de los cuatro puntos cardinales y equipos de punta para escalar provenientes de los tigres asiáticos, que nos hacen ver pintones en sus hogares, ¡como meros astronautas!, lo iba a lograr… Hip, hip, hip… No saben cuánto los extrañe a todos sin distinción de color (más o menos blanqueados es igual si nos auspician líquidamente con sus bendiciones) y origen metálico. Ámalos como a ti mismo te amas calentito en el campo base, me dijo que les diga el señor de los desniveles brutales, Trueno Flamígero, apenas hice la cumbre con otros veinticuatro alumbrados colegas ochomieleros… Hip, hip, hip.
       -Eso de los demonios me suena a comandos de las fuerzas especiales de selva… ¡alerta demonio, enemigo a las once y a las quince! -repliqué de buen talante, inspirándome en la vitrina de las calaveras de piraña cosechadas en la hostería de bosque tropical, húmedo y lluvioso, que adorna el ala pudiente del café Madrilón.
       -No quiero ofenderlo, es que usted… sí, usted, amigo Lovochancho, toda una eminencia de los números transfinitos, exquisito gastrónomo, -¡virgen de los intrépidos!-, ¿qué hace castigándose en lo agreste indomable?, aunque según me ha dicho no llega al arriba feroz de los pioneros nacionales del estoicismo vertical como son los Castros y los Kantoborgys...
       -No pues, esos dos sí son unos…, morochamente hablando, en su capacidad de sufrimiento escalador en la intemperie geológica, unos abominables hombres de las nieves. ¡Vaya bestias de la altitud virginal en solitario! Ellos dos son la versión ecuatorial de los descendientes mentales del rinoceronte psicológico, Jurek Kukuczka; y del filósofo de la zona de la muerte, R. Messner.
       -Pero al Rucu Pichincha si se ha ido unas cuantas veces… -acotó divertido Bustamante, intentando imaginar lo que sin la mínima experiencia ascensionista le es prácticamente inimaginable-. Remojando el gaznate con el vino suspira viéndose atacar su fuente de humeantes llapingachos.
       -Sí, he hollado su ápice… ¿serán unas veinte veces?, y por la kilométrica y escondida vertiente de “la Boa”, inolvidable... Yo soy un caminante a lo “Lovochancho”, -ríase nomás Bustamante-, de media a tres cuartos de montaña tropical.
       -Digamos que lo envidio, ilustre Lovochancho, –repicó nostálgico-. Alguna vez quise ascender como se dice “por mí mismo” al Rucu; empero, la ilusión de creer poder hacerlo con el mínimo esfuerzo me mató antes de llegar al páramo, al poético pajonal del caminante. Sí, con el teleférico llegué a donde nunca antes había llegado en la montaña que me vio nacer, pero si antes me desanimé porque creí que la cosa consistía en echar para delante con la sola fuerza de mi ímpetu pasajero, está vez fue peor, como para no repetir la cosa: me dio la náusea de lo gratuito…
       -Por favor, Bustamante, ataque con fe primordial a los Llapingachos a la hortelana.
       -Muy amable, camarada Lovochancho… –dijo ufano, y, alzando la copa, añadió recitando-:

       Soy carne de perro callejero,
       a falta de una especialización pecuniaria,
       sueño con servirme el vino con llapingachos
               /del Madrilón.
       Sembrado a mi parcela de hidrocarburo;
       la ciudad de humo,
       es la plaza que me tiene preso
       en mis especulaciones sociológicas.



Lea capítulos anteriores:
Contemplación mudable I
Contemplación mudable II

Escritores
Juan Arias Bermeo

Blog: Leonardo S Vivar Ayora



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