June 06, 2008 | Publicado por: kantoborgy Leído 10644 veces. | Tell a Friend
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IV
      Don Genaro Bustamante vive inspirándose en su patrimonio de humo. Entiendo que tras esos aires de jubilado prematuro, sin un centavo en la faldriquera, -“… ando pelado, la mensualidad se la paso íntegramente, cual si fuese su ángel del billete, a doña Petra, quien divide y multiplica en los quehaceres domésticos, una maga…”-, éste se solaza pateando la plaza de la Independencia y, por inercia, sus contornos monumentales, más por afirmar su libertad (concientemente nauseabunda) antes que por el encargo de ser ojos, oídos y nariz, del padre Estado.


      Así como uno asciende al paraíso de lo inmutable (y me pagan buenos honorarios por ser espacial), al sociólogo pata al suelo le llega un “salario de hambre” para ser especialmente terrenal, vigilante de la realidad en cueros, termómetro de las fuerzas vivas desfilando a la sombra de la catedral. Bustamante es un producto intransferible del casco histórico de la ciudad, no tiene parangón en su íntima vocación para prolongarse plantado entre las obras de arte colonial, se puede afirmar que los fantasmas de la Escuela Quiteña lo vieron nacer, crecer y reproducirse dentro de su seno, y lo verán morir en la tradicional esquina occidental de la Empanada, contigua a la esquina oriental del Madrilón.
      El discurso de un coloquio prosigue en ausencia de sus primeros dueños, ya no les pertenece a los que lo iniciaron luego de que éstos abandonan el cuerpo de su conversación, quedando el alma de la plática al albedrío de la memoria que dispone como un rumiante de palabras, pudiendo corregir y aumentar, encoger y estirar, o hacer eso que se da básicamente en el universo: ensancharse. Es la antípoda de un teorema que una vez lanzado desde mi cueva guangopolera, y recogido en el mundo matemático por veraz, permanece gélidamente abstracto, aquí en la Mama Cuchara o en el desierto de Gobi. De esto infiero que el sobreviviente Genaro Bustamante, -incrustado entre los fantasmas del Palacio de Carondelet y los del Cabildo Metropolitano-, sí habrá dicho con el empuje que le dio el vino austral y las viandas que atacó con fruición, “…sufro de sedentarismo gnoseológico, estática psicobiológica, ilustre Lovochancho”.
      Navegando en el sabroso menú ancho y espeso del Madrilón (también hay el largo estrecho de los días de regocijo nacional como el 24 de Mayo, todo esto bajo la programación gastronómica que dicta el largo brazo del cocinero Pompilio Dela Cruz, material que sube a las alturas pichinchanas desde su templo del conocimiento primordial del arte coquinario en la cuenca media del río Napo), supe responderle al otro, con un énfasis que se está haciendo automático en mi lenguaje, que me voy a mi montaña tropical en función de tranzar con los demonios subterráneos, a negociar espacios y límites para la coexistencia del ser racional frente a mi animalidad boyante. Contradicción viejísima que exige una receta propia para equilibrarla, en el maremagno de la oferta de atomizaciones neuróticas de los mercachifles.
      “Motivadores: emisarios del ángel del dinero… ¡Por Dios, que nos llueva platita!, usted sabe lo que venden esos sentimentaloides: bienestar a ultranza, conquistando nuestra mente con paraísos artificiales, aquí y ahora. (Antes nos ofrecían el más allá, a cristazos, como debía de ser, y así lo hicieron los primeros misioneros de la madre Iglesia Católica Romana, esos soñadores y aventureros que nos inculcaron la sabiduría de las naves quemadas. Qué delicia es quemar las naves, soy admirador de esa teoría porque en mí eso es, pero usted, usted es practicante de aquello así las haga de hereje). Decía que estos motivadores de la explotación a trochemoche nos tontifican a golpes de consumismo, -¡consumid, sentimentaloides!-. Maldita eternidad que vengo siendo asistente forzado de los cursillos que nos introduce subliminalmente su jerga endiablada; nosotros, los servidores públicos de este país babeando ante esos regios predicadores: ellos, los servidores itinerantes del ángel del dinero transnacional, nos han llevado a la cumbre de la basura, a más desperdicio más nos embarramos en las bondades del progreso escaleras abajo. ¿Usted ha leído El Virus del Sentimentalismo? ¿Sabe a dónde nos vamos con esta falta de austeridad, ¡todos!, si cada chino, si cada hindú, si cada muerto de hambre de este planeta… hacemos realidad el sueño de vida occidental?”.
      Así interroga Bustamante. Más bien dicho así se ilumina el sicólogo a la hora del café, con un par de copetines de aguardiente agustino “para que baje el puerco” y, (¡por el dios Pan!, dijimos con Chancholovo), sirviéndose el puro Toboso que, cada uno, equivale en precio a un menú ancho y espeso, no obstante “…entérese, mi conspicuo matemático, un tabaco Toboso, vale más que todas estas viandas que hemos molido alegremente; a la hora de discernir entre valor y precio, ¡servido estás Sanchito!”. El hombre del medio ambiente, en la plaza que ampara los siglos detenidos en el arte que se fraguó en el crisol de las naves quemadas, sabe dejarse invitar sin que se nos haga un nudo de culpa en el bolsillo de ambos, pues, sabemos que el principal del Madrilón lo invierte en el oxígeno que respiramos.



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Contemplación mudable I
Contemplación mudable II
Contemplación mudable III

Escritores
Juan Arias Bermeo

Blog: Leonardo S Vivar Ayora

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