Arrastrado por las circunstancias de un no sé qué apetito primordial que me agarra por reflujo de mis variopintos amores platónicos, en seguidilla, agarré el gusto de irme solo con mis fantasmas a la montaña. Así lo prescribió el fallido intento de una muerte geométrica en el ápice del Sincholagua; desde que no di el paso hacia abajo, el pretendido suicidio se quedó en historia de una sima inconclusa, haciéndome más propenso al menudeo, entiéndase por mudable con los ojos abiertos. Ese paso al fondo de un amanecer radiante, en la cumbre de mi soledad, que se negó a ejecutar Chancholovo, me quitó de la autoeliminación perfecta, porque así iba a ser sino fuera por la fuerza que ejerció el instinto de lenta putrefacción, haciendo que en segundos pase de la euforia por brincar al vacío a la euforia de no haberlo hecho, “¡para contarla!”, como chillaría el gallito de la catedral y su guijarro en el zapato.
-Desde luego, quise viajar y hacer eso del rumbo fijo a las europas para sacar maestrías, o el escape a la medula del Imperio, cuando sonaba romántico hacerlo todavía, a los veinte años con lo puesto, sin plata pero hambriento de la gloria del viajero verraco: pragmatismo, eso de me las arreglé para estudiar y meterme de alfombrita de todos un poco, casi me enamoró y casi me dieron la residencia pero más tiró ser sociólogo monumental en la plaza de la Escuela Quiteña que inspector/payasito desde Puerta de Alcalá a Cibeles... Pero de que tenía que ser el invisible que soy entre muros coloniales, estaba escrito por Genaro Bustamante.
Adelaida, contigo volaba bajo, a ras de la carne y el gusto de ir acumulando fuerzas de hombre para derrocharlas en nuestro día clave, el férvido séptimo. Y se lo menté a Bustamante, más bien le recomendé, -favor léase ¡Mis vicios masculinos!-, a cambio de la novedad que me participó de que ya está circulando la crónica del Virus... Lastima, Adelaida, que nuestro velero se fue al garete, era una relación cristiana, equilibrando en lo de yo te doy el equivalente a lo que tu me des, una suerte de armonía nada perfecta en su conjunto pero ideal para desilusionados seis días y el siguiente ser pasión de dos que sin el amenguamiento de tus papeles/compromiso hubiésemos durado largo.
Esa propensión al imposible de reinar en el corazón de una dragoprincesa es lo que ahuyenta al macho Lovochancho de un compromiso que redunde en familia y propiedad, como estimaba conveniente la predicha. Lo alucinante de una dragoprincesa es que es carne y hueso en tierra, y a pesar de esa gravedad que no la despega del imán planetario, insisto en mi propuesta de fundirla con los luceros porque no se puede ser de otra manera si la mitad de uno es fiel a las matemáticas puras.
-Y no se ha ido de ¡postres!... Donde las gatas que alguna vez me llevó por la previa a cierta efeméride… ¿Qué fue lo que duplicó su generosidad aquella tardecita, doctor Lovochancho…? Sí, sí, fue celebrando las vísperas de la jornada del Tosco Ecuatorial, por esa higiénica costumbre que tiene el caballero de adelantarse a los días de unción patria. Me tomó desprevenido, más bien diría que así de agradable resultó la intempestiva fiesta del tosco ecuatorial, de repente estuve circulando en la zona rosa de la ciudad longincua que he decidido desconocer como mía fuera de estos muros coloniales. Apenas pongo pie en la modernidad rutilante y me viene un escozor funesto, que me hace retornar a mi esquina de la Empanada ipsofacto; pero ese llamado a los ¡postres!, me subyugó; sí, sí… estamos conformes, eso sirve de agravante, el no haber opuesto resistencia alguna de mi parte porque presentía qué era aquello de los ¡postres!
A Adelaida le encantó mi presentación más allá de esa timidez al desnudo, o por eso mismo de la sonrisa picara pero de soslayo. Nombre: Lovochancho; ocupación: matemático puro, aún no me atrevo a decir abiertamente lo que Kantoborgy y otros de su estatura espetan, sin mosquearse, cuando les inquieren por su estado particular. Y, usted, joven, qué hace: ¿existe también?
-Hice de mi tránsito en la Plaza Grande un martirio, -dándole la acepción de antes a lo de “mártir”, la que usted y otros vates y montañeros usan, lo de ser un testigo insobornable-, y para no caer en la tentación de mover el esqueleto en casa de la Geisha andamos pelados, apenas cargando los plásticos que identifican al ciudadano y al sociólogo en acción privada. Así no sufro la ciudad ajena, o sea todo lo que está fuera de las raíces que eché en la milla histórica, esas decenas de kilómetros de edificaciones contemporáneas que dan fe de está metrópoli tercermundista aún bajo la esperanza de lo manejable, si comparamos con las nuevas babilonias de cinco, diez, quince y más de veinte millones de parroquianos... ¿Se da cuenta lo que significaría, hipotéticamente, en términos energéticos, si cada chino, cada hindú, y, por añadidura, cada muerto de hambre de esté planeta, que sueñan con tener una casa con doscientos focos (y un árbol y un hijo y un manual de autogestión a la excelencia), en logrando ese cometido, al unísono, encendieran todas sus bombillas relajantes? Muerte por deslumbramiento general…
Lea capítulos anteriores:
Contemplación mudable I
Contemplación mudable II
Contemplación mudable III
Contemplación mudable IV

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