September 22, 2008 | Publicado por: kantoborgy Leído 11188 veces. | Tell a Friend
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EN BUSCA DEL EXTÁSIS (I)
Avanzo obstinadamente, soy una máquina de arrastre, pues un cordón umbilical me ata a Payik, -furibundo ser de reptiliano rostro-, y por medio de éste también me ata a la desmesurada masa corpórea de Guslam (cuyo rostro se ha tornado púrpura, por causa de la hipoxia), quien finalmente tira de mi como seguramente lo hace un agujero negro con la luz y la materia. Falta poco para posar nuestros cuerpos sobre la cúspide de la truncada pirámide cimera de la montaña Horcón; pero desde ya inicia el tormentoso proceso del arrepentimiento, la incesante búsqueda de de la soledad, siento náusea y pavor de arribar al punto final, quisiera que el proceso de ascensión jamás acabe. Lo peor de toda esta eterna disconformidad es llegar al soñado lugar de mi niñez acompañado, junto a otros seres […]


De repente Guslam advierte:

       -Shalva, acelera el paso, pues estás sobre la descomunal grieta cimera, cuyo puente aguanta, pero no debes tentar a la suerte; si continúas así de lento, al infierno iremos contigo.

       -Y tú, Payik, asegura la cuerda…

       Descarada me parece la interrupción de Guslam, si la altura no afecta mi memoria he venido arrastrando sus cuerpos desde hace horas, y todo por mi obsesión posesiva de estar sobre sitios casi vírgenes y en el menor tiempo posible. Lugares donde pocos o ningún bípedo ha posado su osamenta. Cavilo sobre el calificativo de lento que me ha endilgado Guslam; me pregunto qué epíteto se hubiese ganado Lovochancho, quien cual mula taimada, a cuatro patas se quedaba con sus jadeantes pulmones, justo en medio de los puentes de las grietas, grandes, enormes, diminutas, todas iguales para su especulativa mente.

       Un poco más y hemos arribado al punto máximo, las reacciones de Guslam y Payik, me parecen ridículas, gritan, lloran, intentan abrazarme –qué osadía-. Entonan horripilantes canciones que recuerdan a las cantinas de allá, de la ciudad centinela del Sur, ejemplo: el Estambul, en cuyos oscuros rincones se desataban las melopeas insufribles, donde también los humos de yerba seca despertaban la nimia imaginación de los estudiantes Bernardinos. Yo quiero estar solo, mejor que desaparezcan éstos como por encanto… Procedo con furia a liberarme del cordón umbilical, y pese a las reprimendas de los otros, me alejo. Camino como hipnotizado por los encantos de una hierática sacerdotisa, entonces soy preso de los influjos de las Náyades de las nieves. Así permanezco extático, por efímeros instantes que parecen eones. De pronto, el silencio se triza, hasta el color cae del cielo, se esfuman los aromas níveos, los gritos de Payik estropean mi ataraxia:

       -¡Oye, Olafito, no te alejes tanto!, ¿no querrás morir solito, verdad? El Horcón es traicionero, hay muchas grietas ocultas. Mejor será que te acerques y comas con nosotros, que hemos traído bastantes chochos con tostado y panelita con máchica…

       Guslam participa del invite que hace Payik y también a gritos opina:

       -Déjale, que como el mismo dice, somos mutantes y por eso andamos en manadas y nos comemos a todos y a todo… Pero más mutante eres vos, Shalva, ¿me oíste?... Además, seguramente, has de querer potajes ochomielistas y no comidita de los Andes, comidita chola...

       Todo acaba en descontrolada risa, y sobre lo sucedido en esta y en cualquier futura escalada, informarán al resto de miembros del CAP, (Cuerpo de Ascencionistas Pasibles) mientras se embuten de enormes barriles de cerveza, cuyos efectos los hará cumplir con la leyenda de que las anécdotas montañeras se relatan al son del moco, baba y llanto.

       Ni en estos arrabales níveos puedo disfrutar del placer que me causan las escaladas que atormentan a la funda biodegradable, tengo que aguantar la gritería, me cuesta mucho volver a entonarme con las musas de las alturas. Me alejo un poco más, cerca de la gran cornisa que es un mirador natural hacia las fauces de este terrible volcán, necesito experimentar el peligro, las probabilidades de que ésta se rompa y caiga ayudan mucho a sentir la dulce melopea que extravía mis sentidos convirtiéndome en parte del aire, es una sensación de out of body. Ya empiezo a vislumbrar mis sueños proyectándose sobre el infinito mar de nubes que bajo mis pies se agita, otra vez parece que seré premiado al unirme junto a una bella hierofántida a las fuerzas ocultas de natura. No dura mucho el efecto embriagador del éxtasis que causa el estar a estas alturas, es un estado de casi-muerte, del que poco o nada sabemos los mutantes. A mi mente viene la frase, “soy una monada bulbosa que medra obstinadamente por entre las ruinas de mi conciencia…”, que me empuja a correr hasta salirme del cuerpo; y justo cuando doy la orden a la funda biodegradable que rompa a volar, nuevamente el vozarrón de Payik penetra en mis oídos como vívidas abejas:

       -Shalvita, mutante, despierta que es hora de regresar…

       Guslam interviene aullando:

       -No pierdas el tiempo Payik, debes ir a por él, no te das cuenta que se ha echado en la nieve y no escucha nada más que sus propias locuras. Ve por él y dale fuerte con la cuerda, o mejor dale con los crampones en el hocico, ¡jajaja…! El doctor Patak ya nos advirtió que es un tipo extraño, la verdad no sé si sería capaz de empujarnos al abismo con tal de quedarse solo en estos lugares. En todo caso, Shalvita, no es mal muchacho, ya entrará en razón mi querido Payik…

       -Es probable, Guslam, que no haga nada en contra de nuestra seguridad, al menos hasta que finalmente el CAP le otorgue el certificado de trepador profesional, cosa que va a costarle mucho… ¡Jojojo!

       Pronto siento que tiran de mi arnés y empiezan a arrastrarme, abro los ojos, es Payik que me dice que es hora de marcharse. Entonces iniciamos el regreso, y al ver hacia atrás la cumbre y el lugar donde estuvimos me parece un catafalco, por vez primera creo que la cima en sí no es la meta, sino el ensoñar en su enrarecido aire, en su zona de la muerte.

       El par de fósiles compañeros, han decidido que en la cordada de regreso vaya de último, aguantando la tensión de todos. Subí halando y ahora bajaré frenando sus amorfos cuerpos, evitando en lo posible que la ley de Newton haga de las suyas en cuanto alguno de ellos resbale. Cosa que podría pasarle a cualquiera, y de no poder frenar la caída, simplemente en algún abismo, allá, más abajo, oculta está la parca esperando con su afilada guadaña.
       Bajan riendo a panza rugiente sobre la posibilidad de una caída, imaginan la bisoña reacción mía ante una resbalón inesperado, bromean hasta la inconciencia. Aquí, en estas alturas, la muerte es una caricatura, es una ficción que no toma su brutal realidad sino hasta después de ocurrido el accidente. A estas alturas, y con la clara certeza de estar a merced de la parca, el miedo no existe, la muerte es jovial, y sirve para vadear la tensión de estar en terrenos fronterizos.

Leonardo Vivar
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