May 20, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 9125 veces. | Tell a Friend
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Inescrutables son los designios de Alá; su pensamiento hecho carne y sangre, confunden la mente de los mortales, y mas a los infieles.


Hace casi 60 años que por mandato divino fue concebida la sin par princesa Pilar; su encarnación vino acompañada de débiles ifrits, criaturas de Alá, cuya misión al contrario de lo que la razón manda, era la de quitar todo escudo protector, dejando así a la princesa sin recursos para defenderse de los demonios que bajo el cielo estrellado del sediento desierto medran por apoderase de su mente y su carne.

Los mortales que conocimos a la bella dama, renegamos de Alá por su designio tan atroz y despiadado, luego enloquecimos. Nuestra breve vida y poco entendimiento sobre las razones del dios, nos condenaron a recorrer las ruinas de la conciencia y con ello intentar llevar a dios a su ocaso. El profeta Mahoma, en su diario meditar, se preguntaba del porqué ni si quiera un genio vino a tomar cuidado de la preciosa criatura engendrada en el desierto de Arabia; ni siquiera él, el profeta de Alá, logró vislumbrar el tenebroso e ininteligible pensamiento de dios.

La princesa creció en medio de los avatares a veces terribles y crueles, que la vida entre los humanos depara. Nació fuerte como pantera, y con la voluntad inconmensurable. En su niñez aprendió de la vida más que cualquier viejo derviche, dominó con gozo el odio y miseria humanas.

Los humanos obligados por Alá el grande, a cuidar de ella cual si fueren sus padres biológicos, también fueron escogidos de manera errática, -según nuestras disquisiciones-, inclusive fue una selección maligna.
La madre de sangre árabe, de una de las tribus más sanguinarias de los vírgenes desiertos, muy bella, pero contaminada por las deficiencias genéticas causadas por el cruce entre parientes. Hermosa mujer que se dedicó a las artes mágicas, cómo no iba hacerlo, si rondaban en su territorio los vagos e inútiles ifrits, de aquellos seres feéricos de la peor casta. Al final de sus días fue bendecida por Alá, quien le envió un bello genio, el cual la colmó de gracia y presentes, para que así soportara de buen talante la corrupción de su carne. En esto vemos el premio ganado al consecuente y aplicado maltrato que brindó a su “hija”, la princesa. Premio a la obediencia.
El padre un engendro del mal humano, por cuyas venas corre sangre cristiana; sangre tibia, la cual el mismísimo “Yo soy” aborrece cuando dice “por cuanto sois tibio os vomitaré de mi boca”. Su mirada encarna la intolerancia, el odio malsano, y lo insoportable de estar encarnado. Mirarlo a los ojos podría causar la muerte, también quien lo mira enloquece tratando de matarlo. Es como una araña ponzoñosa, encerrado en su mundo de perversión, teje. Maquina cómo fastidiar a la princesa, concibe en su solitario habitáculo, donde el sol jamás ha derramado sus preciosos fotones, el como causar en la princesa los dolores más aberrantes del desprecio.

Princesa es jovial, dulce y primorosa, las taras mentales de sus padres adoptivos, no dejan huella en su ser. Ella danza como el viento, monta en Eolo y viaja por la inmensidad del cambiante mar de arena. Ella sonríe y el sol se sonroja, las estrellas palidecen ante la chispa de sus ojos ámbar. Y nosotros, los mortales, apuramos el viaje sin retorno al mundo donde los dioses sufren sus creaciones y designios; mundo que aprieta la conciencia, que deja ver más allá del bien y del mal; el nuevo universo donde ni siquiera dios puede justificarse con la ley de natura: el más apto, el más fuerte manda sobre el débil.

Leonardo Vivar



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