May 24, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 9481 veces. | Tell a Friend
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Es un sátiro sometido al encantamiento de musas de páramo, escucha el canto que emerge del humedal: multitud de sapos negros enamoran a las gencianas engalanándose de violeta y rojo-cinabrio. Fluye en las emanaciones de Yurac-cocha; como en la fábula “El fakir y la hurí”, no se rebela a ese amparo superior. Su instinto montañero no le conduce junto a la manada de pastores que ya debe haber recuperado a la flemática Dina. Bendita sea la comunión de esos lobos domesticados y el hombre que los agrupa; asume que ellos andarán por la zona limítrofe con el empinado arenal que asciende a la plataforma de la pirámide. Figura que están unos escalones arriba de él, sobre la laguna más próxima a las quijadas del Ogro.


Las murallas del Quilindaña, cerrando la gradiente del valle artesiforme, no se presentan como un obstáculo a vencer; llegar a la base de la roca cimera del animal andino ya no es un objetivo, las colinas del lugar devinieron en formaciones que lo transportan sobre los efluvios de las náyades que ahora sí podrá dar fe existen, “están ahí para mí y de nuevo estarán para mí mañana”. Al revés de la saga que Olegario Castro soltó para que la recoja, a través de las ondas radiales de Marañón, “quien tuviese a bien hacerlo aquí, allá o acullá”, lo suyo es de índole egoísta. Si atendiera el discernimiento del profesor Duvolosky, tendría que afirmar que las ninfas del Ogro transmiten una indefinible armonía que se confunde con la promesa de sembrar un nuevo mundo bajo el signo extraterrestre.

No le agobia eso de llegar a un punto de reunión pactado al ojo con Kantoborgy; el mismo gótico le recalcó resignando cualquier idea de trepar por las paredes del Ogro, “esta es una salida de engorde y algo más”. De hecho, el “algo más”, está siendo el plato fuerte de Lovochancho, éste hizo su hallazgo y probablemente el señor Kantoborgy habrá hecho lo propio. Si esto fuese de corrido, podrían ensayar a transformarse en dos maestros del hambre que, separados uno del otro por un muro de neblina, cuelguen boca abajo de sendos anzuelos que han sido incrustados en su piel desnuda, y, cada quien, haría de su situación de dolor una fuente de sensualidad próxima a la levitación.

La salida de hoy pudo darse al monte Corazón y adelantar ese retorno que le tiene prometido a éste. Sólo tenía que convencer a Kantoborgy para ir allá por razones de cercanía y consecuentemente evitar madrugar tanto como requirió la excursión al Ogro. Lovochancho no hizo mención de cambiar el rumbo de los acontecimientos que lo tiene moldeando este presente, si hubiese seguido la senda más a la mano que le dictaba la razón habría desordenado el futuro, habría matado la ilusión de materializar su proyecto purgatorio. No sucumbió a la tentación de hacer cendales a su futuro ascensionista; todavía le aguarda su propia ascensión al Corazón, desde las estribaciones menores de éste. Debe hacerlo en solitario y con todo el campamento sobre sus lomos de danta, la cuestión es si será capaz de pernoctar bajo y sobre su testa ferruginosa.

Años que no ha vuelto por los jardines de Bollón Roscón; puede que se dé el milagro y el calvo miserable se digne a invitarlo al interior de su cueva a una degustación gastronómica. “¿Qué me dices…, vos que te jactas de haberle visto haciendo aguas fuera de su gruta?”, le había dicho jocoso, rodando en la panamericana, a Kantoborgy. Entonces, ambos festejaron la ocurrencia, explotando por su lado la imagen psicodélica que se han formado de Bollón Roscón, y, negando al unísono con la cabeza, se convencieron de que el predicho jamás los iba a convidar ni a una empanada de viento, de hacerlo acabaría con el aura de egoísta que lo ha hecho célebre en la leyenda que dispensa Olegario Castro desde el domo de El Panecillo.

Kantoborgy pegó un agudo silbido de agruparse que sólo escuchan e interpretan sus canes. Lovochancho no se enteró de la convocatoria que hizo el súper-alfa a la manada, ésta quedó fuera de su rango visual y auditivo; él discurre entre elevaciones enhiestas, animado con la tumescente manifestación de la feminidad de Yurac-cocha, a la deriva en sus aromas peregrinos. Las náyades le insuflan energía ascensionista, la voracidad del sátiro se enfrenó ante la gracia que le remite la hermosura de lo femenino. “Hete aquí, Lovochancho, surfeando sobre el clímax de la voluptuosidad que te obsequió el Ogro”.

Ya se encuentra forjando argumentos para cuando doña Percepción dialogue con el señor Intelecto, el rato que éste se acomode en su escritorio bifronte dispuesto a saciarse de lo gélido inmutable. ¿Qué tal le quedaría una introducción así?:

PERSEPCIÓN.- Oye tú, estrellado amigo, viste qué macho es para Lovochancho perderse en lo femenino salvaje, aspirando el perfume de la doncella que de lejos no promete más que frigidez. Aunque con tus ojos enajenados se ven desabridas las montañas, lo cierto es que, estando dentro de los jardines que dejaron los fenómenos geomorfológicos, eso aparentemente inerte cobra vida exuberante… Sino me crees, te presto otra vez los sentidos de Lovochancho para que reflexiones con ello.

INTELECTO.- ¡Corchetes…! Qué me importan a mí las minucias que brotan de los volcanes monógenos y de la fenomenología tectónica; peor, todavía, lo que dizque una ondina seduce al sátiro tal en la cuenca hidrográfica del Ogro. La poesía para los alucinados; la vulcanología para los vulcanólogos; la glaciología para los glaciólogos… ¿Qué más da sentir la naturaleza “en su estado puro” si todo, al concluir este sueño terrestre, se reduce a vacío absoluto?

PERSEPCIÓN.- Lo que te repugna es el tráfago físico y mental que da el producir intangibles de altitud; no admites que vía dos patas se fabrique el oxigeno de tu alma y espíritu. Entonces, ante el pánico que tienes a sufrir, huyes de la realidad encarnada y te aferras al imposible del nihilista.

INTELECTO.- Haz el favor de amainar tu impulso sentimental, pues, ¡oh! amiga de lo posible y amante del ningún lugar, me sostengo en lo mío: ¿Para qué alguien querría ir a dar a las barbas del Ogro; si ahí sólo medra el reino de lo tempestuoso, la nada?

PERSEPCIÓN.- Donde no hay nada para el común mortal ocupado en sus frivolidades positivas, para el aristócrata deviene en lo complejo que le alimenta y redime; y, viceversa, en ese balcón que el teleférico posa a multitud de ojos para que puedan robarse gratuitamente el simulacro del alma de un cuadro andino, el aristócrata, no pone un pie porque no ha sido criado para contemplar generalmente, éste jamás verá como un número.

Juan Arias Bermeo
lovochancho.com



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