Kantoborgy, por no sé qué gracia hacia su inveterado amigo M. Puertas, se comidió a hacerle caso en su perorata de los refuerzos, e hizo un alto en sus proyectos sobre las paredes de la estulticia para irse a distraer en algo más ordinario, que apeste a muchedumbre, a saber: trasladarse al monte Cho-Oyu en temporada alta. Grosso modo, navega en el discurso alegre que le soltó El científico, ya libre de la jerga de los refuerzos, relajándose con el vino que despabila su otra lengua, la de largo empuje del existente.
“Escucha, soy consejero médico de una joven ya hoy con bagaje ochomilero; además de su dotación física, viene azas experimentada en la altitud que puede tomar el alma. ¡No me vayas a pedir su nombre o dónde contactarla porque guardo su perfil bajo el candado de mi voto hipocrático! Ya sé que te importa un higo su ficha común, por eso de voy a dar de ella una pincelada de su corazón abierto. Digamos que la ayudo con mis conocimientos y aptitudes para la deportología, que cobraron fama y autoridad merced a que se propagó en el ámbito científico que soy tu galeno de cabecera y, en el mundillo literario, que soy una especie de biógrafo de tus hazañas en los confines de la conciencia. Échale nomás vinito al gaznate del sediento, éste es de lo mejor, marca Caravasar, del que se sirve Omar Khayyam en los crepúsculos y auroras de su viaje a ninguna parte. El caso es que la bella principiante de los montes Himalaya, de regreso de su fatiga ascensionista, me participó que llegó a poco más de los ochomil metros de altura del chinito –atendiendo a su altímetro-; había sido un día impecable, que culminaba una especie de semana santa por las bondades climatológicas para los fines de la cordada a la que se unió. Eolo, se había ido de vacaciones, y el sol y la mansedumbre brillaban en lo que, según me has manifestado, podría ser la antesala del infierno mediante una avalancha o una tormenta de verano en esas alturas inimaginables para un M. Puertas. Qué puedo argüir, es cierto, me he convertido en un aprovechado excursionista de los grandes cañones; pero supe beneficiarme de la coyuntura de tener en mi consultorio a un andinista sin parangón en este ombligo del mundo… Sí, perdón por el lapso, vendrías a ser el segundo sin parangón después de tu querido maestro Olegario Castro. De no contar con el acicate de tus retos mortales no hubiera realizado ese esfuerzo hacia la percepción, la que me fue esquiva por estar embotado de afanes materialistas a lo triple-ingeniero, -¡carajo, a ese Lester sí tienes que llevártelo a los altos Andes a que despeje la mollera; aquí abajo es un muerto viviente el muchachito!-. ¿Buena cepa la del Caravasar, no? Decía que me vino de sopetón la voluntad de conectar con tu apuesta por el riesgo sin amortiguadores, y esa nueva voluntad desembocó en un hallazgo para mí mismo, siendo el tesoro que sobrepasa la utilidad: mi libro, nuestro libro reciclable. …Escucha, el caso es que esta musa de porte himaláyico es de tu escuela porque, a pesar de tener prácticamente asegurada la cumbre para entrar en los anales de la historia del ascensionismo ecuatoriano como la primera mujer nacional en sumar un monte ochomil dentro de una cordada internacional exclusivamente femenina, ella se emperró en no consumar su triunfo negándose a posar en el ápice del chinito; y lo hizo con premeditación, para tener el placer de espetarle a cualquier trepador de oficio: sí, muchachito, no coroné el niño turquesa porque no me dio la gana y así puedo ser diferente a la cordada de gentes que a base de estimulantes, medio sonámbulas y bien oxigenadas, fungen de extraordinarias siendo ordinarias; me separé el momento preciso, cuando la fuerza ascendente no me faltaba…, y cuajándome de risa. Curiosa historia la de esta mujer integralmente hermosa, cómo para enamorarse platónicamente de su rebeldía; con una chica así no hay para qué bajarse de sus ojos, ellos encierran el misterio femenino. ¿Me hago entender? Vete tú a saber si te la pillas a esa semidiosa, tu semejante en el deporte filosófico que practicas, y de paso te aclimatas donde el chinito, y te haces la idea que sólo vas a caminar y a caminar, y que la altitud te llame como las feromonas de una loba en estro tiran de la nariz a tu cancerbero Pincho. Cuájate de la risa, ¡ésta es la terapia de los refuerzos con una copa de vino Caravasar adentro!, la misma que te prescribo para relajar tus nervios de orangután ascendiendo por la escalera del cielo. Te lo firma el amigo de banca y pizarrón bernardinos, como cuando éramos gallada con el Aqueronte y el humilde Lovochancho, antes que éste último de verdad se haga matemático-montañista y yo consejero del corazón”.
Juan Arias Bermeo
lovochancho.com
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