June 01, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 12504 veces. | Tell a Friend
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Finalmente asoma el Aqueronte al lugar de reunión, llega enfundado en su chompa de cuero estilo Sherpa Outdoor pantalones de Indiana Jones, posa su mirada esférica en nosotros, con ella nos abraza, casi nos hace lagrimear, acto seguido dice:


-Caramba, que puntuales. Pero no seamos tan ariscos saludemos.-
Mira en derredor como buscando al enemigo invisible, y continua:

-Primo, te quiero mostrar esta pistola, es una Beretta de nueve milímetros, la he cargado con balas de punta cortada, es del putas, bacansísima. Si quieren les consigo una, tengo un pana…...-

Ante el estado hipnótico de los asistentes, corto la viada de la febril verborrea del Aqueronte recordándole que vamos a acercarnos al pie de roca del Rucu Pichincha para intentar su cumbre escalando por la arista del mono. El Aqueronte interrumpe con una risa grave y un:

–Tranquilo hombre, no te aceleres-

Hace una mueca que solo a su rostro le está permitido, entre risa, pelando las muelotas, y reproche. Luego propone:

- Descansemos un poco-

Todos en coro le decimos que ni hemos empezado, a si que nada de descansos, a lo que el Aqueronte inicia el proceso de conquista lastimera con esa mirada que causa llanto, moco, baba y el deseo de embriagarse con ansia loca. Duro fue hacer caso omiso a su invite:

-Hermano toma esta mandarinita-.

Atacamos la pendiente bajo las sombras de la primera parte del bosque de eucaliptos.

Aqueronte nos sigue a paso bonachón, como que camina por la vereda tropical de su Guayaquil, lomito con el rabillo del ojo, y veo que su rostro se transforma con los recuerdos que le vienen a la mente, su cara asoma entre circunspecta y demente, entonces inicia el cuento de al parecer su única aventura en las Lagunas del Compadre del bosque húmedo nublado del Parque Podocarpus, allá en la provincia de Loja.
De cuando en vez pide reducir el paso, nos dice que consideremos que viene armado hasta los dientes, porque se considera el llamado a defendernos en caso de que asome el Monstruo de los Andes, o el desdentado del Pichincha; todos lo miramos estupefactos, su chaqueta de cuero está llena de cuchillos y pistolas.

Recordé que cierto día fuimos con el Aqueronte a correr al parque metropolitano y terminé ayudándolo a cortar las patas de los mirlos asesinados, apoyándolas en un tronco de eucalipto. Pájaros que había abaleado con su diabólica puntería. Luego fuimos a casa del Vampiro para que nos haga un aguado de mirlo.

Los ojos del Aqueronte casi se anegaban en llanto mientras relataba su aventura en las Lagunas del Compadre, su historia era más ilusión que realidad. Según contaría mas tarde Lovochancho, ese paseíto del Aqueronte causó “la ira de dios” Yo recorrí esos páramos de cabo a rabo, en compañía de amigos del colegio Bernardo Valdivieso, a quienes a punta de engaño lograba convencer para escaparnos de casa por tres o cuatro días, luego de los cuales famélicos pero con el alma rebosante de naturaleza mágica, asomábamos en nuestras casas, en mi caso mi padre en lugar de gruñir optaba por sobarme las ateridas piernas con el incomparable menjurje de aguardiente alcanforado –olorosa planta de ruda, aguardiente reposado Agustino, y alcanfor-, nada de píldoras de simpatina, o inyecciones de diamox como los ochomieleros himalayistas.

Cada cual a su ritmo devoraba la pendiente, por mi parte de a poco fui alejándome del resto; tras de mí parecía venir Lovochancho, escapando seguramente de la empalagosa verborrea cantarina que entretenía a Bollón Roscón y el Aqueronte. Cada uno tomó su ritmo, Yo iba decidido a abandonar al resto, no hay nada más sano en las montañas que ir solo, mascullando la infelicidad metafísica mientras fuerzo al cuerpo. Finalmente el sol empieza a colarse por entre las copas de los ahora pocos árboles, el pajonal inicia aquí su camino, y es también el inicio del Sendero de la Boa. Concentrado en la marcha casi no tomé en cuenta que terminado la tercera parte de bosque se encuentra un claro de bosque, el mismo bauticé tiempo ha, con el nombre del Remanso de la Empanada, con él fue que descubrimos esta maravillosa ruta, justamente en ese Remanso tuvo el atrevimiento de invitarme a comer pan con queso y mermelada, al tiempo que proponía desistir del intento de abrir ruta hacia el pie de roca del Rucu. Bollón Roscón y Yo en uno de los intentos de abrir la ruta cruzamos el Remando para tomar a mano izquierda, lo cual nos llevó a una chorrera pantanosa y oscura por la cual forzamos el camino hacia el alto pajonal que termina en los inicios del Sendero de la Boa. Ahora sé que cruzando el Remanso de la Empanada se debe tomar a derecha.

El Sendero de la Boa es camino cruel y despiadado con los novatos en su trajín por los pajonales andinos, lleno de zancadillas, agujeros enormes, y gigantes plantas de paja que esconden el sendero a seguir, por estas y otras razones de índole metafísico lleva este nombre. Esta ruta es muy exigente, con buen estado físico se llega en 3 horas y 45 minutos a la base del Rucu Pichincha, la parte en la cual uno fácilmente se puede perder es en el trayecto del Sendero de la Boa hasta el cruce del Collado norte. Este camino plantea tantas alternativas engañosas como lo hace un mercachifle en pos de conseguir una venta.

Me detengo a observar el camino a seguir, tratando de escudriñar el oculto sendero, de pronto oigo lejanas voces, miro hacia la abajo, y veo que Aqueronte con sus manos en alto lanza maldiciones, creo entender que renuncia a continuar. Más tarde contaría Bollón Roscón que el Aqueronte renunció a su intento por coronar el Rucu Pichincha, y lo hizo en medio de maldiciones de singular carácter, acusando a Lovochancho de haberlo dejado a su suerte. Prefiriendo quedarse con los recuerdos de la hazaña cumplida tiempo ha en las Lagunas del Compadre. He aquí el único y último intento fallido. También contó Bollón Roscón, que lloró junto al Aqueronte antes de despedirse, casi no había podido abandonarlo pues el Aqueronte en un último intento por convencerlo que desista de tan brutal maltrato físico y mental por ir a una montaña que ni siquiera se dejaba ver, posó sus húmedos ojos repletos de tristeza y melancolía sobre el desbaratado carácter Empanadil. Esta arma terrible y de inenarrables consecuencias mentales se conoce en el mundo feérico como: Ojeada Aquerontina. De esta arma Lovochancho nos había advertido, pues él menciona que el mirar esos ojos de toro asustado provoca una gana de emborracharse que solo un barril de reposado Agustino termina por calmar.

A veces la vida me provoca beber,
Pero beber bastante
Embriagarme de alcohol con ansia loca
Para matar este dolor sangrante

Tácito Ortiz Urreola.

Inicié la marcha nuevamente, algo inquieto porque me pareció que Lovochancho había empezado a perderse como es su costumbre, no me fue posible ubicarlo. La tranquilidad me invadió al verificar que la Empanada venía muy retrasada, seguramente Buchilanga lo adelantaba en algo. Ambos seguramente darían buena cuenta de los vericuetos del Sendero de la Boa. Ya nos veremos en el pie de roca antes de empezar con la escalada por la arista del mono.

¿Qué hubiese sido, del Aqueronte llegando al pie de roca?, difícil de imaginar. Hasta ahora me pesa su intento fallido, que fue también el mío y el de Buchilanga, debimos aunque sea a punta de azote y látigo debimosencaminarlo hacia su liberación, a que inmortalice la danza Aqurontiana en la cima del Rucu Pichincha.
Si ponía su osamenta en el pie de roca de seguro que me hubiese salido el soterrado instinto de guía, ponía cuerda fija para que suba a como de lugar a la cumbre. Probablemente también, ahora que he llegado al paso de la muerte, donde espero a Buchilanga y su amigo Bollón Roscón, hubiese optado por incitarlo a que se lance al vacío, que vaya tras las parca, a fin de cuentas, la dilatación del tiempo en los accidentes de montaña no dejan lugar para el dolor. La idea de la muerte, la conducción del cuerpo y de la mente a límites sin sospecha, que es el escalar montañas, son una adicción.

Leonardo Vivar A


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