En la actualidad, los minotauros, los dragones o los cíclopes ya no asustan a nadie. O bien son considerados criaturas creadas por las fiebres del pensamiento irracional, mitológico, o simples malas interpretaciones para las que la ciencia contemporánea ha hallado explicaciones satisfactorias y comprensibles al intelecto.
La idea de lo monstruoso cambia con cada época.
Eso puede significar que en la actualidad el Diablo ya no asusta a ningún muchacho, pero que el mito del chupacabras corra con rapidez en la sociedad, del mismo modo que fotos de una cucaracha gigante o de un pez con una cara casi humana se distribuyan por Internet. La misma industria de Hollywood ha encontrado en el horror una gran veta para enriquecerse.
Pero en el México virreinal, los horrores eran tangibles y el Diablo era una realidad a la que había que erradicar, pues había encarnado en la forma de temibles dioses y sacrificios humanos entre los indígenas mesoamericanos. A este tema se abocó el doctor Eduardo Flores Clair en la conferencia El imaginario y los monstruos en la Nueva España que dictó el jueves 14 de junio en el Museo Casa de Carranza.
Durante la Edad Media, prosiguió en su relato el investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), los horrores eran ubicados por la mayoría de los escritos como venidos de Asia y África, hasta antes de que Europa supiera de la existencia del continente americano, donde pronto comenzaron a localizar a los monstruos, pues el pensamiento de Occidente ataca y persigue toda concepción ajena al cristianismo, organiza al resto del mundo, le dicta leyes, sin entender a las culturas externas. Actitud, por cierto, que prácticamente propició que se barriera con las culturas americanas.
Ya Colón en sus viajes escribe de las sirenas que halló en sus navegaciones rumbo a las Indias Occidentales. Desde entonces la historia de las monstruosidades en América es larga y prolífica: cientos de exploradores buscaron infructuosamente a las amazonas, las guerreras a caballo que se cercenaban un seno para poder tirar con el arco. Sí, en cambio, encontraron indígenas en la Patagonia de entre 2.20 y 2.30 metros de altura, lo mismo que pigmeos de cerca de un metro.
Indudablemente, señala el historiador miembro del Sistema Nacional de Investigadores, lo que más horror causó a los occidentales europeos, fueron las prácticas de sacrificios humanos. Al presenciarlas, todo se transformó y América fue vista, desde entonces, como el imperio del Diablo que había que exterminar mediante la religión.
Es por ello que la mayor cantidad de imágenes históricas sobre lo monstruoso, tras la conquista, se concentró en relacionar a los indígenas y a sus deidades con lo diabólico y lo bestial. En una iglesia de Tecamachalco y en la Casa del Deán, en Puebla, es posible mirar todavía a animales con cuerpo de mono, largos colmillos y caras de indígenas. En otro templo, ahora en Ixmiquilpan, Guerrero, se hallan pinturas con dragones de varias cabezas, dichas bestias míticas no habían sido imaginadas antes de la llegada de los españoles.
La cultura hispana en América trajo sus miedos y su religión. Además de la mentalidad de que fuera del cristianismo no existe nada y si existe, hay que exterminarlo. Esta religión no estuvo exenta de monstruosidades, como lo prueban ciertas imágenes novohispanas que representan a la divina trinidad con un rostro triple de Cristo de cuatro ojos y tres bocas, que fue prohibido por la Iglesia.
Gran parte de las imágenes y descripciones sobre lo monstruoso fuera del ámbito religioso, se encuentran en La Gazeta de México, publicada entre 1784 y 1821. Lo que más abundan son siameses, que en la época causaban admiración y significaban un reto para los médicos.
También aparecían otros prodigios como el hombre con nariz de moco de guajolote, el medio hombre de Veracruz –que recibió del rey de España una pensión de 50 pesos anuales–, una vaca sin pelo, un venado monstruoso de cabeza descomunal, el animal de Jerusalén –parecido a la arpía peruana– e incluso el primer elefante traído a estas tierras.
López Clair finalizó su charla explicando que los animales americanos también causaron extrañeza en Europa, como el ajolote que fue identificado como monstruo, cuando en realidad es una salamandra hermafrodita. Lo mismo que el gallo andino o guajolote, que en el siglo XVI fue representado en verdad como una criatura deforme por un naturalista italiano que nunca había pisado América ni visto uno. O las llamas peruanas a las que se les tomaba por cruces de camello con vaca.
Morelia, Michoacán
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