De antuvión, un hato de reses desciende por el bosque de árboles de papel para internarse en tropel por el pajonal; más abajo el verdor de los valles resume el agua de los últimos glaciares. Y el can atrás de los rumiantes, encendido por el deber y el prurito de expulsarles del jardín bajo las cumbres, cuales se tornarán borrascosas a partir del medio día, según los pronósticos de Kantoborgy.
Pincho se frena antes del pastizal y, abandonando a los bovinos que van al descampado, regresa a recibir las palmadas del amigo Lovochancho. “Vaya honores que me concedes, don Pincho; ya que estás otra vez conmigo harás el favor de no abandonarme tan rápido, sabes que nosotros ganamos altura a paso de tortuga laúd en tierra, pero al cabo avanzamos así que sigue acompañándome un buen trecho antes de que vayas a buscar al pata de lobo de tu amo. ¿Dónde andará el maldito?, ya debe de estar haciendo la travesía de la cañada que separa a los consortes Illiniza-Tioniza”.
Bastante atrás, “botadito”, se mueve Lester González, su pachorra y desdén por hacer la cuesta hizo que lo vea harto ligero a Lovochancho, quien ya perdió adentrándose en el bosque que promete encantamientos. El próspero ejecutivo viene calzando sus flamantes botas alemanas de tracción para asenderear; “lindo par, igualitas a las chinas del matemático”, le había espetado con sorna Kantoborgy. “¿Chinas?, ¡son alemanas de cepa, carajo!, ¿no se nota?”, había replicado casi ofendido el hombre que se mueve en las colinas clase A del mundo competitivo. Se ha parado a contemplar sus botas con el mismo placer que le da ofrecer productos digitales de punta recién lanzados al mercado nacional, hasta podría decirle a otro: “Esto ya no es un lujo, mi doctor triple-X, es una necesidad para el hombre emprendedor”.
Lester, con la experiencia que ganó en la excursión al Guagua, no hizo mención de intentar ir al paso de Lovochancho, no se diga a la velocidad ofensiva de Kantoborgy quien, en la ciudad, juraría no es tan potente y ganador como el principal de Ecuainforme S.A. cuando acorrala a la presa, a la que inmoviliza por el deseo que ésta tiene de adquirir lo que él tuvo el acierto de hacerle indispensable ante sus ojos. “Así es, mi hermano… mi hermano, le proporcionamos al doctor triple-X (no al doctor M. Puertas porque a ese yerbatero le ha dado por ser un reaccionario: ha reaccionado contra su propia ciencia) una dicha similar a los cuartos de hora de felicidad que inocula a sus creyentes el maestro Rabibuchi”.
Las ralas ocasiones que ha podido observar al montañero andando en las calles de la urbe, le ha quedado la impresión que no pisa fuerte en la calzada, como si éste levitara para evitar contaminarse con una suerte que no es la suya. ¿Será que siendo su terreno natural lo irregular y escabroso, sus miembros inferiores no hallan resistencia en el pavimento y de esto que sus pies no ejercen agarre ni tracción terrena donde le es extremadamente fácil deslizarse o rodar con una fricción inapetente? Lovochancho si camina duro por el centro histórico de la capital; lo ha pillado “merodeando” en la Plaza Grande, y éste le ha dicho jocosamente que lo hace en aras de recabar información del sociólogo-psicólogo-autodidacta, Genaro Bustamante, sobre la metempsícosis dentro de la milla histórica; y de esto supone que el geómetra visitará, en promedio, unas cincuenta y seis veces al año el café Madrilón.
Las ralas veces que se ha topado con Kantoborgy marchando por las avenidas (cuando ambos parecen inmersos en un mismo trajín metropolitano y se saludan en la calzada aparentando ser dos iguales que, hablando y gesticulando, se dirigen hacia algo importante dentro de las torres del furor crematístico), éste le ha venido intemporal, lo ha visto como un viajero espacial que extravió su destino original y cayó en un planeta extemporáneo: “la esfera del humo y la estridencia”. Apenas es la segunda vez que puede mirarlo adentrarse en la montaña y ya se instaló lo paradójico. Mientras en la urbe se le figura que Kantoborgy es un ser extraño a la cotidianidad de sus habitantes aquí, en este páramo que linda con el vacío porque para un normal ciudadano no se produce nada positivo entre las nubes -donde sólo se cosecha el temible y gélido silencio de las filas cuchillas de los Andes-, éste se muestra tal como es: un animal terrestre superior. Y esa fuerza que despliega aquél, hace que el espíritu de la montaña lo reduzca a una calidad de fantoche al ejecutivo de Ecuainforme S.A.; igual apoca a ese ser adorable que es Rabibuchi. Tan desprendido, Rabibuchi, repartiendo su paz a los fieles que le retribuyen materialmente por su rango de fetiche de salón.
Juan Arias Bermeo
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