July 02, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 10194 veces. | Tell a Friend
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Lovochancho entre la muchedumbre de la Plaza Grande, pasa como un individuo grave, patea la ciudad vieja con prosa. Lester González afirma que éste se muestra como un natural de la urbe, -al contrario de Kantoborgy-, cuando serpentea por las callejas coloniales que Genaro Bustamante dice jamás va a abandonar, pues, es de la clase de ciudadanos que practican los principios fundamentales de la no-confusión, o sea se resiste a ser parte de los que confunden, en el laberinto callejero, su pasaje a la libertad interior.


Imaginando al Lovochancho montañero, le resulta una especie de pingüino tropical lovecraftiano, de cerca tan real como de lejos es ya un espejismo porque le parece inverosímil que se haya distanciado tanto de él. ¿Cómo un ser pícnico que en la ciudad no es más rápido que él, aquí es capaz de marcar una diferencia tan fácil? Por eso es que se le viene la figura de un pingüino gigante, avanzando torpemente entre las rocas de un acantilado de las islas Galápagos, pero una vez que salta al fondo marino es un rayo dentro de él y desaparece. Más de una vez anduvo en el casco histórico con Lovochancho, y, -si le piden nuevamente jurar-, juraría que se movía más rápido que aquél driblando mortales camino al café Madrilón. El curso del infierno citadino es ligero y entretenido, mientras acá se le hace tan difícil la tarea de ganar altura. Será que le está negado avanzar sin el propósito de juntar papel moneda para el elogio del paisano competitivo que le dice, con acento camaleónico: “mi hermano… mi hermano, he oído en las alturas de las torres del poder adquisitivo que a vos te está yendo muy bien”.

Quedó tan atrás de Lovochancho que si alza a ver le da grima comprobar que esto de subir es relativo a los espacios y tiempos que el hombre libre está en capacidad de crear fuera de la esclavitud del Objetivo Específico, ese que manda la manoseada realidad del goce de lo perecible, el único modelo de desarrollo personal que predica y persigue el principal de Ecuainforme S. A. Así ha venido sometiendo al espíritu debilitado del Chico Silencio, el que en horas de bacanal saca a relucir su “yo acuso”. Hay momentos de achispamiento en el que domina el sueño postergado de ser un campesino casi feliz, al calor de la compañía de una mujer hecha a su ambiente; si sacase un anuncio por el periódico, en los clasificados para los corazones solitarios, pondría uno así: “Busco campesina de cuerpo prieto, poseedora de los aromas naturales del mangle, sufrida y con imaginación”. Sin hacerlo público ha encontrado muchachas citadinas que voluntariamente se han calzado esos aires de campesina que él les solicitó, bajo estricta confidencialidad mutua. Ya, en su domicilio, la ingesta del vino Caravasar ayudó a las elegidas para hacer la noche de los placeres de mantel largo de una pasión efímera.

La mujer que colabora con su simulacro de amor es una Pastora Jiménez de ocasión, alguien que viene predispuesta a gozar con la metamorfosis del insensible mercader en un caballero de rica cosecha íntima, poético, quien le regala una noche de delicias árabes, y le participa con largueza del proyecto de vida que surge a la luz cada vez que el hombre rinde homenaje a Baco sacrificando en honor de éste una ilusión de doncella: “Uno de estos días doy el golpe y me retiro a hacer una vida de campesino campante, y pronto, Pastora Jiménez, me verás paseando con mis mastines por cañadas, prados y bosques, ya siendo un maestro de los cultivos hidropónicos. Seré un granjero autosuficiente para que de los productos de la huerta se sirva la mayor parte de mi mesa vegetariana, he de hartarme de golosinas: champiñones al ajo y de babacos en su miel, y los días de guardar sacrificaremos al pavo borracho. Tengo información inteligente de una tierra prometida, un suelo que vale lo que no rinde nunca el oro negro, humus precioso que me hará dueño de una parcela de El Dorado… ¿Por qué no voy a tener derecho a una estancia original y pasible, como la de esos subvencionados de los dioses, acaso soy menos que los favorecidos Kantoborgy y compañía?”.

Juan Arias Bermeo
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