Algo más que sufrir la montaña lo trajo acá, está no negando ni afirmando, sino investigándose a sí mismo. Parecido a lo que el ufólogo Duvolosky pregona infatigablemente en los medios a su disposición, cuando juzga pertinente hacerlo por inercia de su oficio de caza-alienígenas.
Así, Duvolosky, sale al aire periódicamente desde los cuartos de las ondas carismáticas de “La voz de Culincho Sutil” porque a radio Marañón aún no le invitan a pisar sus regias instalaciones de el domo de El Panecillo -sólo un puñado de aristócratas tiene acceso a ellas-, aunque allí le queda la palabra y es bienvenido a intervenir con ella, vía telefónica.
Duvolosky, con su “No lo niegue ni lo afirme, investíguelo”, se ha puesto a buen recaudo de sus contradictores y, principalmente, se ha distanciado de los fanáticos de la secta Espaciales de cualquier tipo –por sus siglas en español, ECT-, quienes son feroces e intransigentes con los que dudan o no creen en la vida inteligente allende el planeta Tierra. Los del ECT lanzan sus asertos como irrefutables, constituyéndose en una especie de ala dura del fenómeno alienígena. De esto que las buenas intenciones del ufólogo Duvolosky, se veían empañadas por las declaraciones furibundas de esos energúmenos que en un principio fueron cofundadores de su propia secta, Vida extraterrestre -VE, por sus siglas en castellano- y para librarse de ellos adoptó como eslogan de su pensamiento el mentado, No lo niegue ni lo afirme, investíguelo.
Fue providencial el estribillo que inventó Duvolosky, le evitó mantener discusiones estériles que no hacían otra cosa que revirarle el hígado e indisponerlo con los medios “serios” porque cada vez que había un foro sobre el espinado tema de los alienígenas se armaba un griterío espantoso, y no faltaban conatos entre los panelistas de irse a los puñetes tal cual lo hacen en el programa de mayor sintonía nacional, Esto es en directo: la vida misma. Hasta Culincho Sutil, a través de su espacio carismático al culto oyente de media clase hasta tres cuartos de clase, le dijo que así -“con un profesor Duvolosky apasionado pero ecuánime”- le daba mucho más gusto invitarlo a su lugar, y hacer ese gran llamado a la investigación sin afirmar ni negar el fenómeno en ciernes.
Es posible -amigos radioescuchas, mi querido profesor Duvolosky- que uno vea lo que no es, o sí es, dependiendo del grado de exacerbación de nuestros sentidos. Las ilusiones ópticas abundan; a uno también le puede ocurrir un chasco a cualquier hora. Conozco de una situación que abonó la anécdota de este servidor que tiene lustros de imparcialidad y objetividad noticiosa en el dial. Sucedió que iba yo semitrotando (es decir combinando el trote normal con tramos de seudoandarín) sobre el tapiz verde y húmedo de un fantasmagórico amanecer en el Parque Metropolitano; deambulaba todo concentrado para lograr el ansiado ritmo respiratorio… De repente, ante mis narices -antes de entrar a una suerte de recodo del solitario senderito-, se proyectó, mejor dicho juré ver nítidamente, durante largos segundos, a una enorme pantera azabache (me convencí que más o menos fue a dos o tres metros de distancia lo que enfoqué a dicho depredador). Una vez que este magnífico y temible felino -tras lanzarme una mirada feroz de no devoro tu magro cuerpo este instante porque ya desayuné un cervatillo no sé dónde- se hundió en la maleza circundante, sin dejar más rastro que un tufo asqueroso, a bestia salvaje, que se impregnó en mi piel hasta después de salir del parque e ir corriendo a hacer la respectiva denuncia a las autoridades del departamento municipal de Protección a la vida silvestre urbana. También, por separado, acudí a la fundación sin fines de lucro, Mito o Realidad, y dos de sus mejores agentes fueron delegados para dilucidar el caso. Abreviando, pasó el tiempo y cotejamos el resultado de los informes de ambas instituciones, las dos coincidieron en sus asertos: ¡Había sido un espejismo! Lo que este servidor de ustedes observó no fue ante sus narices si no a una distancia de treinta o más metros, y en realidad se topó con un gato negro de ciudad y no el jaguar de sus pesadillas. En cuanto al “tufo a bestia salvaje” que se apoderó de mi olfato, ¿qué cree, usted, profesor Duvolosky?: se trataba de mis propios efluvios animales.
Juan Arias bermeo
Fuente
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