Kantoborgy tiene ante sí el fresco albur del superpáramo perlándose, bañado de verdes renaciendo con el rocío. Su gran angular se posó sobre el danzante pastizal; el aire se va entibiando y tenues vaharinas de vapor trepan por la cañada que aún preserva, como una gran sombra de cóndor dibujándose en las sinuosidades geográficas, la muestra de lo que fue el pasado esplendor del bosque primario andino.
En lo alto luce uno de los picos menores del monte Pasochoa: la diletante cumbre gorda y los barrancos azulados que en su base se adornan con llameantes sotos. Esplendido amanecer de invierno ecuatorial se materializa ante sus ojos, un océano de nubes se ha posado a ras de los valles interandinos salpicados con la viruela de la contemporaneidad, la basura que produce la sobrepoblación de la especie humana. Ondeante blancura ha sepultando la refracción del apiñamiento de edificaciones que hacen de las grandes ciudades modernas las nuevas babilonias.
Lo cierto es que está inmerso en un nivelado presente de briznas de hierba cubriendo el collado donde se asienta la loma Duvolosky, desde aquí vislumbra el inmediato futuro: la arista que conduce al pie de la roca cimera. Se acogió a la suave vía oriental hacía la dentada caldera occidental del Pasochoa, por eso de sacar a pasear a los canes y de paso alternar con Lovochancho, su viejo compañero de travesías volcánicas -ya que no lo fue nunca en las escaladas de rigor-; y, por añadidura, a esta diversión mamífera de los miércoles, se le ha unido, ¡otra vez!, Lester González, quien viene sorprendiéndole porque no tiene que haber una invitación de por medio para que éste salga con ellos al monte.
Hasta hace contadas semanas, Lester, seguía siendo el desconocido de Ecuainforme S. A., un sujeto que hacía caso omiso a la invitación sempiterna que le había hecho para “presentarte a la montaña”; y, este mismo hombre reacio a paladear los sencillos placeres, -o como dice Lovochancho “las pequeñas felicidades de la altitud”-, ahora se apunta a salir con las suficientes horas de antelación que manda el código de los góticos, así se trate de una visita aparentemente efímera a la cordillera. “Suba o baje, me incluyes en tu salida de engorde…, ya sabes: soy como reloj suizo para eso de los compromisos adquiridos con el tiempo”, le dijo Lester poniendo énfasis en lo de salida de engorde, dándole ya a ello su propia connotación jocosa. Le place que éste madrugue los miércoles para algo inédito: no hacer plata, y adquiera –como Lester mismo se lo ha manifestado-, una vivencia que no le facilita la “paz para los atareados” de Rabibuchi. Lester González, conforme va creando su personalidad sobre lo agreste, no ha plegado a los montañeros para ascender a los filos rocosos sino para hacer el simulacro de subir y luego descender a trajinar voluntariosamente por los caminos rurales, “hasta donde me dé la gana y ustedes me recojan, ¡carajo!”.
Después, desde la cumbre máxima del Pasochoa, si la climatología lo permite, podrá abarcar la figura paternal del cíclope Cotopaxi, al sur; y, tras del incandescente gigante, la pirámide parda del hermético ogro, el Quilindaña; en tanto a oriente ya se muestran fúnebres las ruinas estratovolcánicas del pico Sincholagua, a la sombra de la enorme cabeza oblonga del níveo volcán Antisana. La mañana arrancó fresca, regresando a mirar atrás se enfocan nítidamente Lovochancho y Pincho, en realidad están en un tris de alcanzarle; ha volado el matemático o él, Kantoborgy, se ha parado a contemplar junto a la joven Vaty que permanece a su costado diestro; respuesta: ambas situaciones se han dado en la Montaña de Barro (denominada así por Olegario Castro, gurú del reino del sexto al séptimo grado de dificultad vertical, en la roca y el hielo de Los Altos Andes Ecuatorianos). Tan cierto es aquello que no tiene más que hacerle al otro la cuestión obvia, entretanto Vaty y Pincho se entregan a rudo coqueteo aprovechando la ausencia de la feroz Panda, que no hubiese permitido esos avances sensuales de la doncella canina.
-¿Y, ya se nos rajó Lester?... –inquirió Kantoborgy.
-Antes de bordear la colina “Duvolosky” mostró sus espaldas de correcto ciudadano, regresé a mirar abajo por si nos seguía y lo pillé en su media vuelta al andar y ver en las regias haciendas que le cautivan –replicó Lovochancho festivo, con los ojos entretenidos en las cabriolas de los canes.
-En todo caso, te repito, es un triunfo haberlo sacado al tal de su ensimismamiento ejecutivo… -dijo Kantoborgy.
-Conformes, el solo hecho de que tome conciencia de que está vivo en mitad de las montañas es una señal de adelantamiento –acotó Lovochancho.
-Aunque tenía ganas de que llegue a este vallezuelo para poder nombrarlo, en su presencia, como “Lester González” –replicó Kantoborgy.
-Nada nos impide llamarlo “Lester González” a este feliz vallejo, de hecho procedimos así con la loma que nombramos en honor del ufólogo Duvolosky; y sabemos que éste jamás hollará el ápice de la colina que lleva ese apellido digno de los hombres que habitan en Transilvania –repuso Lovochancho.
-Bien dicho, mas, en este caso…, si vamos a darle nombre a algo concreto en estos pagos, se me viene un asunto que hemos dejado pendiente, y es que debemos hacerle justicia inmediata al Aqueronte por su fallida ascensión y ponerle su nombre al collado nororiental que se une a la última línea de la faz este del Rucu Pichincha. Es una cuestión solemne que debemos resolver aquí y ahora, ¿qué me dices?... –propuso Kantoborgy.
¡Aprobado! Buena es, mala no es, igual considero lo que acabas de proponer un acto de estricta equidad… Que a partir de esta hora temprana, el predicho collado, se lo denomine “Aqueronte”. Aunque lo correcto habría sido bautizarlo así en situ, pero dada la circunstancia y puesto que no volveré a hollar la kilométrica vía de la boa, quedemos en ello sin más trámite –afirmó Lovochancho.
-Y en cuanto al nombramiento de este vallecito… ¿qué opinas, de una vez aprovechamos la coyuntura y lo nombramos en honor al pretérito Chico Silencio? –manifestó Kantoborgy.
-Se lo merece, sí señor, el hombre ha hecho un esfuerzo para despabilarse. De acuerdo, despachemos por unanimidad, y que desde el corriente instante se llame este vallejo “Lester González”. Entonces, tenemos dos flamantes nombres para añadirlos a los que ya están colocados sobre las montañas de Gea; a la distancia del Rucu Pichincha y del ausente anclado en el mar Mediterráneo, hemos recuperado para el mentado y para el mundo el collado “Aqueronte”; por otro lado, acabamos de incorporar al Pasochoa la personalidad de Lester González –sostuvo Lovochancho.
-El Aqueronte ha sido bendito esta mañana, y, en proporcional medida de lo bello volcánico, el triple ingeniero de Ecuainforme S.A. –ratificó Kantoborgy.
-Santificados han sido en este punto herboso, bajo los cielos de Albertina, ese par de cuervos endemoniados… -concluyó Lovochancho redundando en carcajadas.
-Jojojo, jojojo…
-Jujuju, jujuju…
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