August 27, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 10140 veces. | Tell a Friend
meneame fresqui Blog Memes del.icio.us digg YahooMyWeb Spurl Simpy BlinkList Fark feedmelinks Furl Smarking co.mments blogmarks

Lester es ya una ficción descendiendo por sus propios grados de conciencia, y ellos dos también serán una ficción mutua subiendo a no se sabe dónde de sus conciencias. Barrunta Lovochancho, cerrando así, con algo abstracto, el diálogo dado bordeando la insignificante loma “Duvolosky” y pisando el vallejo que ya tiene nombre, “Lester González”.


Apenas reinician la marcha que pondrá la debida distancia entre los dos montañeros y, Pincho, irrumpe en su fatiga ascensionista con sus ladridos; éste viene cargando un afán de persecución que le trajo el viento a su olfato y solicita la venia de su amo para adelantarse cuesta arriba por el pastizal. Kantoborgy le devuelve una mueca condescendiente de haz lo que te pide tu perra gana, y, extendiendo su brazo hacia el infinito del conquistador de lo inútil, le concede el ansiado ¡voraus! que desata el impulso de persecución de los canes. Esta zona viene a ser franca para Pincho que, desde los cinco meses de edad, la ha ido guardando en su memoria olfativa; éste podría decir que por estos lares transcurrió parte de su educación básica de pastor cachorro a adolescente pastor, y parte de su posterior especialización en can rastreador de lo posible salvaje. Kantoborgy sabe que acá no hay zanjas escondidas donde el ímpetu del can concluya en un salto medio venenoso como sucedió en la zona de “Las Cajetonas”, bajo el ala nororiental del Rumiñahui.

“Sí, sí, vete ya… y llévatela contigo a la joven Vaty para que aprenda de tus dones innatos, eres un maestro de la mayéutica canina”, aulló Kantoborgy. Lovochancho igual goza con ese arranque instintivo de los cerberos; éstos, una vez metidos en los verdes y amarillos del pajonal se mimetizaron en él como lobos al acecho de una presa mayor. Mientras retorna a andar de nuevo en lo suyo, y el silencio rige en el pajonal meciéndose al son del plectro de la vertiente nororiental del Pasochoa, medita en que él podría desarrollar otra de sus obritas sin pretensiones editoriales, de algo le ha servido la dura experiencia de “La fallida…”: dar un viraje kafkiano, y volverse algo así como Un artista del nombre, y de esto -de paso- rendirle honores al relato leído, Un artista del hambre. Hasta le da ganas de hacer un esfuerzo sobrehumano y alcanzarlo a Kantoborgy para espetarle, aquí tienes, miserable sangrón, lo que va a ser mi obra pre-póstuma, tú mismo acabas de entregarme la noción de ella: Un maestro de la mayéutica canina presentándose en la feria del libro de los trogloditas. Se le ocurre que le sentaría de campanillas a dicho volumen del nunca-jamás, de doscientas páginas en blanco, una sentencia como esta, a manera de aperitivo para acceder a un banquete de murmullos bestiales:

“Así como el estilo es el hombre, el título es la novela”, Lovochancho.

Pincho ha encontrado la aventura que le prometió el viento a su especializada nariz. En la parada que hicieron los bípedos para darle una definición humana al vallejo, él dejó correr a su instinto de presa a través del olfato, y el aire le trajo un reto ineluctable para un alfa-más. Allá va a enfrentar a un soberbio toro de lidia que resalta solitario en su herboso estar, la lustrosa negritud del ungulado contrasta sobre el soleado bamboleo de las briznas acariciadas por la tibieza y quietud matutinas. El bicho, a golpes de luz, va conformando su coloreado trapío ante la visión angular de los caminantes bípedos; éstos ya se deleitan con ese regio genotipo encuadrado en la forma que conquistó su libertad enfrentándose a la espada del matador. Alguien diría que lo hizo como un rinoceronte herido parándose tieso, ebrio de coraje, ante el fusil que lo remataría en el sangriento tendido. Pero, después de haber sido toreado magistralmente por su amante-enemigo, devino una tarde de indulto para el delirio de los que saben y no saben de tauromaquia. Un aficionado al arte del engaño, encaramado en la contrabarrera, trémulo de emoción, le da el testimonio de lo que vio en el coso pichinchano: ¡Es como para repetirlo sin fin, qué tarde aquella, Kantoborgy!... El bicho -ese que lo tienes ahí pastando en los confines del vallejo “Lester González”-, se cuadró a la muerte majestuoso, y la muerte también se estiró hermosa con la mirada fija en sus filos pitones. ¡Indulto, indulto…!, clamaba el respetable, ebrio de inmortalidad, y, aun el amante-enemigo, bajó un instante el estoque para regresar a ver altivamente al balcón de las autoridades de la plaza. Después de unos segundos -o como tú bien dices, pudieron haber pasado años o siglos- sonaron las trompetas del indulto, y el respetable prorrumpió en aullidos de alivio y júbilo cual si éste hubiese sido al que le perdonaron la vida…

El bicho está en pleno usufructo de su retiro, es un semental de vertiente andina que posa para el óleo de los andantes que han tenido la fortuna de descubrirlo; éste, tras haberse batido en la arena convertida en un arte de bravura que duele, después de la sangre derramada en el tercio de varas y banderillas, no cayó matado sino que se ganó el ocio incesante concedido por sus patrones. De esto que su imponente soledad está fuera del control del rebaño, cual, sin pizca de gloria va a ser deglutido por comensales omnívoros. El bicho, pasó a ser mítico merced a la necesidad de ello que tienen los ojos que lo inventan.

Vaty, que de inicio entró en galope junto a Pincho, antes de alcanzar la zona de seguridad del toro azabache, se pasmó, quedándose agazapada fuera del escenario donde se batirán aquellos dos. Ella, enfrenando su ansiedad juvenil por la fuerza que percibió en las feromonas dispersadas sobre la grama por el ungulado, resolvió ser una espectadora de lo que reventará en un duelo de iguales. El bicho, de entrada, se dispuso a dar una lección psicológica al atrevido can, no al estilo franco de su pasada gloria en el coso lleno hasta la bandera que lo indultó, pues, aquí, creyó le bastaría para rendir a su contrincante con hacer un amague de ataque bufando y escarbando el suelo con las pesuñas de sus manos. En primera instancia el can le vino fácil con su pequeñez carnívora; éste ha saltado a su encuentro desnudo, sin ayudantes ni picadores ni banderilleros, y un ¡bu! de su potente animalidad sería suficiente para ponerlo en retirada. Empero, su instinto batallador, supo avisarle que tenía entre cuernos a un lobo alfa de cuidado y no se equivocaba. Pincho, aventajado en el arte de pastorear, no es un suicida temerario, tampoco un can pusilánime, sino un predador entusiasmado por tener frente a sí a una presa de grave porte otoñal, con un rival de quilates puede y debe ejecutar una faena magistral que deje boquiabiertos a los espectadores visibles como son sus compañeros de excursión y a los invisibles como el cóndor que se ha acomodado en lo alto para observar esa extraña interacción entre mamíferos. Amén de ganarse el respeto del ungulado de fuste que se devolverá, otra vez, incólume a la pampa que lo vio nacer, primará lo genéticamente importante para el alfa dominante: la futura disposición de la núbil Vaty a dar continuidad a su estirpe pastoril. Pincho, emulando en su donaire a un ave del paraíso, corteja a la doncella mostrándole el valor y encantos inherentes a su ilustre prosapia.

Juan Arias Bermeo



tags: , , , , , , , ,

Commentarios

Ningún comentario. Desea comentar Ud?

Deje su comentario






« Prev itemNext item »