El bicho arremetió dando todo de sí en el reto que podría ser mortal para el can que lo invitó a batirse, una vez que dejó de lado cualquier amague, la apuesta se transformó en un juego de vida y muerte porque así le dicta su instinto de conservación. Kantoborgy entendió también aquello cuando ya era tarde para lanzar un comando que corte la acción pastoril de Pincho, lo máximo que lograría es distraerle de su tarea, siendo que este rato lo que más necesitaba era de concentración para hacerle el quite a los filos pitones del toro de lidia que partió no a jugar sino de frente a cornear al retador, y éste puede ser ensartado de no tener la suficiente agilidad para evitarlo.
Silencio de vida y muerte se apoderó del vallejo “Lester González”; Pincho, mediante un quiebre felino… -exagerando se dirá que lo practicó a centímetros de los puñales de El bicho-, hizo que la letal arremetida del noble bruto se vaya en banda, y pase de largo sin que le roce un pelo. Kantoborgy, recuperando su confianza en las habilidades del can, no pudo reprimir la algarabía y prorrumpió en gritos de respaldo a su amigo y su faena que ahora sabía la iba a ejecutar hasta el final, acariciando la perfección, poniéndole un detente a la muerte que se habrá acomodado en el palco de Lovochancho para también disfrutar del tempranero lance.
Cuadrándose, cada vez más cerca el uno del otro, los contrincantes no se repitieron en la suerte del primer choque porque ahí ya se ganaron mutuamente el respeto que los colocó en un nivel de iguales, donde vencer daba lo mismo que ser derrotado: la gloria ya era de ambos. La lucha en corto a la que recularon aquellos dos provocó la carcajada de Lovochancho que haciéndole una seña a Kantoborgy le pronosticó un honroso empate. Vaty, sentada a un costado del súper-alfa, intuyendo que la lid entraba en sus postrimerías, y los dos luchadores habían hecho un acuerdo tácito de ¡basta!, quiso arrancar en favor de la honra que nunca persiguió, quiso porque su amo la retuvo ante sí, “quieta, manceba, que tu instante de gloria está todavía por venir”.
Albertina, en el cenit, conteniéndose sobre su célico espacio, sin haber sido detectada aún por los caminantes y los protagonistas de la faena, presenciaba lo que antes sus portentosos ojos de carroñera no habían atestiguado en estos pagos. Ella se solazaba, desde el panorama ubicuo que tiene el cóndor, con la justa entre el lobo y el toro, cuales, sin más trámites ni adioses, acabaron dándose las espaldas, y, fatigados y acezantes, fueron retornando a sus particularidades que interrumpieron para rendirle culto al peligro. Albertina, por la gracia que le da la altura privilegiada de sus soledades, fue golosa espectadora del juego mortal de la presa y predador -en este caso siendo la presa mucho más aventajada por tamaño y fuerza que el pequeño perseguidor-, lo que la llevó a llenarse de admiración por el gratuito espectáculo que le brindaron esos mamíferos que se dividieron honores por igual ante su higiénico lance. Ella es menos que un sobreviviente feliz de una faena en el coso pichinchano o de una batalla en el vallejo “Lester González”, como lo es El bicho; ella es un individuo de una especie en extinción, ha visto -con esos ojos y olfato dotados de poder para detectar mortecina a gran distancia de su puntual ubicación- que entorno al Pasochoa se genera abundante vida animal, predominando los cuadrúpedos que rara vez le heredan su carroña y los bípedos implumes que jamás le han hecho probar de su cáscara yerta, pero a sus congéneres apenas los sabría enumerar con los dedos de su garra izquierda. Y, cosa rara, a pesar de verlos tanto y a tantos de estos seres terrestres en las cercanías, sigue teniendo curiosidad por algunos de ellos que no le vienen vulgares, y este rato se ha dado un banquete visual con el extraño lance que se efectúo tan próximo a su nido en los riscos inaccesibles a los seres que no pueden desafiar a la ley de la gravedad, allá en la pared noroccidental de la caldera del extinto volcán.
Enfocando a los dos bípedos implumes -que hace rato reiniciaron su andar allá abajo y se hallan haciendo la travesía de la cumbre gorda a la roca cimera-, los revisa detenidamente a ver si reconoce en su humanidad algo familiar, tal vez un chispazo de su primera juventud. Ella desciende con candidez, sin preocuparse por colocarse a tiro de escopeta de la raza que diezmó a su especie, pues, no tiene memoria de que el bípedo risible fue causante del holocausto del cóndor andino. Se deja caer y como un fuelle repasa rasante la testa de Kantoborgy, quien, sorprendido por ese grato viento que lo rebasó, alza a ver para encontrarse con la silueta de su vieja amiga, y, descubriéndose la gorra, la saluda con una sobria reverencia, fuera gritos y aspavientos, esperanzado en que Albertina lo ha identificado tras una larga temporada sin haberla visitado sobre lo alto de la Montaña de Barro.
Albertina es visitada por el instante que trabó el primer golpe visual con Kantoborgy, cuando ella recién aprendía a volar y era una adolescente desgarbada, un ave gigante dando saltos sobre el risco, tomando voluntad y confianza para embarcarse sobre una corriente de aire caliente, y volar por fin por cima de los altos picos. Entonces se hallaba inerme al filo de la pared noroccidental de la caldera del Pasochoa, toda envuelta por la niebla mañanera que nacía del sudor del lecho boscoso al pie de un abismo de ochocientos metros verticales; ella abría y cerraba sus alas, aguardando que una ráfaga de aire caliente la eleve por los cielos en un santiamén, liberándola del terror atávico de caer como una piedra. Kantoborgy hizo contacto visual con ella justo en el momento más conflictivo de un ave virgen: volar o no volar. Éste venía descendiendo con su campamento empaquetado en la mochila, y, ambos bípedos, salidos de la espesa nube, hicieron contacto en el escalón rocoso que ella escogió ese día para coger valor y lanzarse a una corriente aérea e ir a planear sobre los nevados ecuatoriales.
A Kantoborgy también lo visita el instante del hallazgo de Albertina, le viene renovado en el sabor que tiene la intempestiva aparición de ese ángel andino. Aquel amanecer el otro, el montañista de ayer, descendía morosamente por el musgoso techo del Pasochoa, luego de una apacible noche de vivaque al amparo y sombra de un reumático árbol de Polylepis. Había decidido bajar temprano, levantó campamento con el sol ecuatorial naciendo puntualmente a oriente, con ello quería evitar apoltronarse en la vista opiácea del retazo de bosque primigenio cubriendo la vertiente occidental, esos verdores entrelazándose con los vapores de las náyades le extraviaban en el ensueño de su ausente Galadriel, enredándolo en sus perfumes de bosque oscuro, haciendo que lo posea la sensación de estar hecho para volar y de ello le ataque el deseo de precipitarse en las fauces del abismo verde antes de que lo cubra totalmente un ascendente mar de nubes. Así pronto se vio encerrado por el canto de ruiseñores y el vapor de su inmediato futuro: el que dio lugar a una amistad de altitud, -“entre bípedos en peligro de extinción”, diría Olegario Castro que igual trabó regia relación con Albertina en otro espacio y tiempo, el suyo-, encontrándose con el ave en ciernes. Ella estaba luchando por sacudirse del miedo a caer, desplegaba sus alas tiernas aún para ser el símbolo patrio.
-Aquí estamos Albertina, ya eres el solitario cóndor volador que presta su imagen al escudo nacional. Nos hemos reconocido antes de que se esfume tu hermosura alada y que se apaguen estos ojos de hominino que te ven -aulló Kantoborgy, relajando los músculos faciales y moviendo sus brazos en aspas mientras ella se fue a dar la vuelta a la cumbre gorda.
-Con que esta bella señora es Albertina… -exclamó Lovochancho alborozado, nuevamente dando alcance al gótico, propinándole palmadas a Pincho, cual, a su vez, hizo un alto al galante coloquio corporal que estaba sosteniendo con la núbil Vaty.
Juan Arias
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