September 17, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 8024 veces. | Tell a Friend
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Albertina se esfumó del gran angular de los montañeros, mas ella los vigila desde su invisibilidad con sus privilegiados ojos. Los caminantes avanzan sobre la nivelada travesía entre el pie de la cumbre gorda a la base del pico cimero, lo hacen con morosidad, Kantoborgy ha tomado el paso de Lovochancho en aras de permanecer alerta al retorno del cóndor.


Pincho, sin ranclarse del grupo, se desatendió de sus cofrades, pues, merced a su cabal demostración de tauromaquia, viene embelesado con los mimos que le prodiga Vaty.
Lovochancho asume que esta es una de esas ralas ocasiones en las que como invitado a una “salida de engorde”, promovida por Kantoborgy, no anda distante de aquél aunque ambos continúen sobre sus respectivos monólogos ascendentes. La aparición de Albertina hizo que el movimiento del grupo humano-canino se ralentice, como si todos estuviesen a expensas de que ella -que los tiene entre ojos para hacer su juego- proceda a interactuar con ellos otra vez.

Albertina, después de haber identificado a Kantoborgy y el lapso que dejó para observar al grupo desde su rincón aéreo, ahora tiene particular curiosidad por el can dominante. Ya descendiendo de las alturas, posa su impotente sombra en tierra, volando rasante sobre la testa lobuna de Pincho, iniciando su propia apuesta con el cuadrúpedo torero. Pincho se abalanzó sobre la sombra del cóndor sin alzar a ver, entretanto Vaty se dirigió hacia el súper alfa para advertirle que algo descomunal los persigue por arriba.

-¡Qué bandida es Albertina! –exclamó Kantoborgy metiéndose en una soberbia carcajada, siguiendo con el índice el vuelo rasante de aquella y luego señalando a Pincho tras la sombra de la carroñera.

-¿Qué me dices, resultó sustanciosa esta mañana de engorde, o no? –inquirió festivo Lovochancho.

-Ya ves, valió la pena madrugar…, y vos que me regateabas la hora de partir con eso de que eres ave diurna y no ave nocturna y de que si Adelaida te cae sobre el lecho vas a estar flojo de piernas y tullido de espíritu… ¿Qué sé yo de todas esas mañas de matemático que cargas dentro de tu caletre? –replicó divertido Kantoborgy, devolviendo la cuestión al otro.

-¡Por Gea…, mira vos lo que se perdió nuestro ejecutivo de Ecuainforme S.A.! –acotó Lovochancho observando al cóndor subirse a una corriente de aire caliente.

-Vos no te aflijas, que Lester nació para descender… -repicó Kantoborgy.

-Al menos estará explayándose con sus soñadas haciendas, rememorando lo perdido en La Era, la que fue un amplio vergel y refugio de pájaros y caminantes románticos; La Era que él la proclamaba orgulloso como su versión de la “selva negra”, ¿te acuerdas? –repuso Lovochancho.

-Lo que le debe importar a Lester es que sendero abajo, por donde señala el derrotero ese cartel que reza, con mayúsculas, ¡NO BOTEN BASURA, MALDITOS!, se encuentre a sí mismo… Es probable que lo volvamos a topar al ingeniero envuelto por nubes cargadas de líquido amazónico, podría ser bajo esas que se están reuniendo a oriente, preparándose para el chubasco postmeridiano que hará de toda esta montaña un mundo saponáceo. Sabes, con esto de Albertina, me has contagiado tu vocación chancholovesca y sólo tengo ganas de tumbarme sobre este colchón de espigas. Mientras la mañana siga siendo una invitación a tenderse a la sombra desplegada por las alas del cóndor volador, me resigno a que me contamines con tu relajamiento; así como Sancho acabó pareciéndose a don Quijote y éste a Sancho, aquí y ahora me voy a apoltronar como lo haces tú cuando te viene en gana hacerlo, dándole un puntapié al gótico le haré ascos -“al estilo lovochancheano”- a la cumbre del Pasochoa. Hasta Pincho acaba de aceptar que no podía luchar contra una sombra que se diluye con el viento, y ya se une al recogimiento de la manada, antes de que la tempestad nos quite de la gracia de una mañana seca junto a Albertina. Sí, devino sustanciosa esta escapada de engorde… –concluyó aliviado Kantoborgy, y, siendo que el agua-hielo tardará lo suficiente en arribar, les dará tiempo para hacer una apacible retirada. Entretanto procede a echarse sobre la hamaca de paja colgada a los postes que dona la calidez del viento, a cual deberá entenderse con su ocio ante el vaivén de Albertina.

Juan Arias B



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