Lester González desciende por el silencioso chaquiñán que le recomendó el gótico; ha entrado en una mancha de bosque primario andino que se encuadra dentro “del embrujo de los miércoles”, donde prosigue su soliloquio con la melodía de vertientes volcánicas bajando a dar de beber a los sedientos valles.
Por su mente continúa titilando el aviso con el mandato, ¡NO BOTEN BASURA, MALDITOS!; como si el letrero se hubiese multiplicado para que él advierta en sus letras fosforescentes la diferencia entre distraerse por un sendero silvestre, libre de desperdicios sintéticos, y lo que es andar por las calles, avenidas y rutas, cuales despiden de sus cunetas los colores y aromas de los derivados de hidrocarburo.
Desde que se decidió a unirse, a su manera, a estos viajes exentos del apremio del tiempo, sumándose a ellos la presencia de la Nefertiti que no lo desampara tras las sesiones del profesor Rabibuchi, percibe que las puertas a la finca que lo restituya a su destino campestre se le están abriendo por gravedad. Algo divino se habrá perdido por no haber ido tras los montañeros y sus canes; pero igual algo propio está ganando con su porfía de hacer lo que él puede hacer sin la aprensión de quemarse por intentar ser el ascensionista que nunca fue, ni quiso ser después de la espantosa expedición comandada por el Aqueronte a las lagunas de El Compadre. Aunque reconoce que esa desventura adolescente fue providencial para reivindicar el olvido ante la memoria maquinal que lo había encadenado al mundo insensible. De esto ya le empezó a dar cuenta a Lovochancho, quien traducirá sus confidencias a su lenguaje literario para levantar el relato que enviará al ciberespacio. “Nada es exacto dentro de las palabras que encierran sensaciones y sueños, y de lo que tú me vayas pasando no voy hacer perioverborreismo sino algo superior, una ficción que perdure. ¿Qué te parece, Lester?”, le había dicho Lovochancho cuando le propuso que desembuche su historia de El Compadre. Le gustó esa apuesta de recrear los sucesos de aquel campamento fallido, a manera de una ficción que rescatará, “en serio”, más que la anécdota de lo ahí acaecido hace tantos años, las consecuencias posteriores a la desbandada que provocó la ira de Dios.
A la verdad, Lovochancho, no sé si lo que te participe para que hagas una ficción a tu albedrío y sin que tenga derecho a reclamos posteriores de mi parte, serán digresiones motivadas por la esencia de lo que sucedió en El Compadre, o quizás el resumen del sueño recurrente que tengo de aquella experiencia formidable; en todo caso, lo único cierto, es que lo hago por mera catarsis. No somos los de la secundaria Bernardina, aunque ustedes dos sigan siendo adolescentes, pues no paran de aprehender y de crecer mientras los otros: nosotros, yo, el Aqueronte, etcétera, fuimos obedientes, nos rendimos a la comodidad castradora de los lujos entre los muros abigarrados de una ciudad insaciable en su urbanismo a costa de los verdes prados. Como dijo el poeta de los faiques: De un plumazo el asfalto borró los bosques de mi niñez. Tú eras otro, pero el Lovochancho de ahora se parece al otro y con el añadido de que es más sabio. Yo también fui otro; fui una suerte de niño-buda en la escuela de los Hermanitos Cristianos, el Chico Silencio de la memoria portentosa que después denosté y apoqué a propósito, porque semejante inteligencia me mataba el escaso pensamiento que desarrollaba. El ser memorioso aniquila lo que alimenta la imaginación: las cualidades sensitivas. Desperté de mi impasibilidad a partir de la paliza que nos propinó el Aqueronte a los implicados en… Nunca tientes la fuerza animal que es capaz de desarrollar ese sujeto cuando es presa de la ira de Dios; el hombre era una especie de Heracles herido en su dignidad. Primerito se lo agarró de los tobillos al pobre jabalí Muñoz, tal como si fuese un muñeco de trapo (figúrate, nosotros que pregonábamos que el jabalí era el único muchacho bernardino que podía hacerle calor al Aqueronte en una pelea callejera), y dando con éste al aire vueltas sobre sí mismo, impulsándose cual discóbolo de la Antigüedad, lo mandó a nadar por mitad del venero, a cuyo pie habíamos acampado para entablar una comunión con la divinidad lacustre. Y ésa fue la intención primaria del Aqueronte mediante la ingesta de hongos de la zona. A eso nos invitó con ese poder de convocatoria irresistible que tenía, “a comulgar con el espíritu de las lagunas encantadas”. Ustedes dos no aceptaron acogiéndose a esa máxima de “más de dos se convierten en multitud ingrata a la montaña”, y no se equivocaban, ¡malditos!..., de esto que ni pagado voy a andar detrás de ustedes como el fatídico tercero. El Aqueronte vociferaba, “soy la ira de Dios sobre estos páramos que ustedes vienen a vejar con sus porquerías, fuera de aquí soquetes”. Coincidimos con el resto de borregos apaleados, que por nuestra bulliciosa intromisión, el espíritu de las lagunas nos expulsó. Palabras, más o menos, sentimos ese repudio por nuestra irreverencia hacia la Pacha Mama. El mancillado jabalí Muñoz jamás se resignó a verse tan débil ante el Aqueronte, se dedicó como un poseso al físico-culturismo y, al par que se graduaba de abogado-mercachifle, compitió en… ¿Sí sabías, no?... El caso es que acabó radicándose en Cuenca, allí se hizo más morlaco que los propios morlacos de alcurnia; si lo ves no lo vas a reconocer, no se quita el saco cruzado, dos veces extra-largo para poder insuflar su pecho al máximo de capacidad; apenas exageraría al afirmar que pasó de ser jabalí a ser rinoceronte. Del concurso de halterofilia podemos decir que salió bien librado, le fue mucho mejor que con su enfrentamiento con la ira de Dios, resultó medalla de plata por la categoría peso pesado, compitió con posibilidades de ser el Míster Cuenca de un año que no es necesario acordarse. Eso te digo, nos marcó la ira de Dios; no te puedo contar nada de los dos que desaparecieron en los Estados Unidos sin dejarnos rastro de sus tragicomedias posteriores a lo de El Compadre. Me he topado con el doctor olímpico, M. Puertas, asiduo visitante nocturno de hosterías de primera categoría para el amor pasajero, donde acude acompañado de una nena cachiporra que lo llama “papi”. Ya sabes lo que éste dice al respecto, es otro eterno agradecido de la paliza que le dio el Aqueronte: “Las lagunas del Compadre me abrieron el ceso, tras el tormento que nos infligió la ira de Dios, supe que mi vida la iba a entregar a esta mi profesión y pasatiempo cuasi científico: la medicina deportiva”. Dicen los otros que yo fui el que menos castigo recibí, no sé si lo dirán porque yo mismo les conté que el Aqueronte en lugar de caerme a trompadas y luego enviarme a tomar un baño helado, me zarandeó con una lluvia de cachetadas sobre mis los lomos dejando huella más que a mi espalda a mi alma, pues, el remezón que fui objeto inició el proceso de curación que ha ido librándome de esa satánica inteligencia, la de no-olvidar, aunque hasta la fecha sufro las secuelas de memorizar a lo imbécil. Ustedes no saben lo que he tenido que luchar para zafarme de ese “don” que hizo las delicias de los Hermanitos Cristianos. Y cómo no voy a estar agradecido con esa excursión aquerontiana si enderezó el rumbo de mi existencia; o sea, no fue parte de mi memoria insaciable, no gravé de forma inconsciente cada instantánea de aquello, falló el memorioso fotográfico, inaugurando con eso la capacidad de olvidar que me había sido esquiva como a un ordenador le es la vida salvaje. Fue un hito señero, desde esa fecha me fue posible practicar el arte del olvido y pasé a recrear, esto vino a ser una erupción plínica en el interior de un ser esclavizado por la impasibilidad. ¡Cómo me emocionó emocionarme!, el niño-buda, el chico silencio, ya era sujeto de sentimientos conmovedores cursando el último año de bachillerato; empecé a fallar en los exámenes, me hacía el gil por el prurito de verme anormal frente a esa perfección que había encarnado sin el menor esfuerzo a partir que tuve uso de razón, ¿uso de razón?, o sea desde que buceaba grabando involuntariamente ese todo sin sentido dentro del vientre de madre. Durante el sexto año de la secundaria ya disfrutaba con no robar las más altas calificaciones a los cándidos jóvenes empolladores, los que sí hacían un esfuerzo atroz para memorizar la sarta de estupideces que les atiborraban para ser mejores sobre un pálido pupitre, al son cadavérico de una habitación de treinta metros cuadrados. ¡Fantástico!, todas estas eminencias, después de doce o dieciocho años, de “efectiva educación enclaustrada”, prosiguen depositando los detritos de su progreso en las barbas del prójimo, son indiferentes a los valores de la Pacha Mama...
Juan Arias B
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