El cerebro de Kantoborgy empieza a reordenar la red neuronal, hacen falta más conexiones para procesar y decodificar las señales de todos los nuevos transductores sensoriales de su cuerpo, el sonido y la luz que provienen del mundo exterior a su funda orgánica, ahora se constituyen en avalanchas de información, que pese a estar muy amortiguadas sus ondas portadoras por el efecto Doppler, son decodificadas y enviadas al cerebro mediante señales fotoquímicas por las escamas tipo hipercubo.
De repente siente ardor en sus ojos, la masa etérea termina de entrar y ha tomado la forma de un feroz dragón en su interior. Despierta, por el atronador llamado de su padre, éste ha llegado como siempre haciendo estallar el aire con su voz. Fox calla, al fin retorna a la cordura, se sienta y espera la orden del padre de Kantoborgy, quien únicamente llama a su crío para que baje del árbol, que ese no es sitio para dormir, le increpa que no es ningún mono para andar colgado en las ramas. Kantoborgy finalmente despierta con la extraña sensación de que ha hecho de las suyas revoloteando por toda la Cuadra, persiguiendo a dioses y demonios.
Despierta también el niño dragón de su profundo dormitar sobre los amplios lomos de la barca tortuga, y como sucediera hace ya muchos días al despertar luego de el extraño suceso sobre la copa del árbol de capulí, otra vez se desconoce. Se extraña de no ver el campo de luz rodeando su cuerpo, los colores ámbar y cian que emanaban sus escamas híper cúbicas no están. Lucio, el pacazo duerme, Kantoborgy lo mira y se asombra, siente los horrores antediluvianos en los sueños del reptil, las imágenes y sonidos de aquellas remotas épocas retumban en su red neuronal, toma las escenas como si fuesen nubes de colores y las lanza sobre el espejo de la laguna lágrima, se espanta al ver que en realidad son las tres niñas de sus ojos que en forma de un astroide giratoria están proyectando a manera de película los recuerdos mentales, los sueños de Lucio, de manera nítida se proyecta sobre el tapiz de las aguas en calma. Tiembla Kantoborgy al mirar su reflejo sobre la laguna lágrima, sus orejas vibran casi imperceptiblemente, de ellas emergen las ondas de audio de un mundo pretérito, roncos gemidos de una Gea naciente, atronadores voces de los flujos de electrones presionados por un inconmensurable voltaje que los hace correr y chocar para producir la luz que divide la oscuridad. El espejo de agua tiembla en su tentativa por retener los flujos de energía que provienen de Kantoborgy.
Fugaz tiempo de ensoñar. Las transformaciones del niño dragón doblan el espacio-tiempo, se dilatan las horas en su nuevo mundo, tras las puertas acechan extrañas criaturas, ahora en el mundo del bípedo cae la noche, Kantoborgy está en el centro del bosque de la Cuadra, oye el llamado de su padre, éste como siempre busca a su crío por todos los recovecos, sabe lo travieso que es, lo acompaña el señor de los gatos Melkor De Esargoth. A lo lejos se escucha los ladridos de Fox, cumple penitencia, está coartada su libertad por la osadía de dar buena cuenta del avezado ganso, quien otrora cuando el can era apenas un mozo de tres meses, castigo a picotazo y aletazo, por plantar su lobezna mirada sobre las princesas de su harén.
Leonardo Vivar A
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